La juventud de Colombia, un país que lleva 43 años sumido en una guerra civil, sufre por todas partes los embates de la delincuencia y el conflicto armado. La mayoría de sus talentos ha emigrado a otros pagos menos peligrosos. Uno de los ellos es Juan Pablo Gnecco, quien a sus 39 años ya tiene la vida rehecha en Estados Unidos. No obstante, jamás ha perdido el amor por su Colombia natal y está decidido a hacer algo para ayudar a sus paisanos.

"La idea de la organización benéfica me vino un Día de Navidad que pasé en Colombia con mi familia", comenta Juan Pablo, fundador y vicepresidente del programa benéfico llamado Colombianitos. "Mis hijos, que se han criado en Estados Unidos, se quedaron muy afectados cuando vieron a una mujer y sus cinco hijos mendingando en unos semáforos de Bogotá. Porque ellos, desde que nacieron, nadan en la abundancia en Estados Unidos".

Cinco años después, Colombianitos trabaja en varios proyectos y hace uso de la pasión que siente Colombia por el fútbol para conseguir que los niños se libren de las garras de las bandas callejeras, de las redes de prostitución, de las organizaciones guerrilleras y de los cárteles de la droga, dentro y fuera de las escuelas. Gracias al respaldo de patrocinadores como la FIFA, los programas de Colombianitos operan ya en cinco partes diferentes de Colombia y están ayudando a unos 2,500 niños que viven en zonas peligrosas y paupérrimas.

"Nosotros no repartimos dinero", explica su Directora de Proyectos, María Elvira Garavito. "Lo que nosotros hacemos es proporcionarles entrenadores, balones y equipamiento de fútbol. Pero, para poder participar en el programa, los muchachos tienen que ir siempre a la escuela y ser buenos estudiantes".

Locos por el fútbol
El éxito de los proyectos estaba asegurado desde el principio en un país tan loco por el fútbol como Colombia. Allí nunca faltan los voluntarios dispuestos a jugar en canchas sucias y sin ninguna sombra, bajo el sol abrasador y en medio de un calor asfixiante.

Los turistas del mundo entero conocen la Cartagena declarada Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, con el casco antiguo amurallado que construyeron los españoles en el siglo XVII. Allí, los españoles comerciaban con oro y esclavos, y aventureros que surcaban los mares, como sir Francis Drake, aguardaban la salida de los barcos que regresaban a España cargados de tesoros.

Ricaurte pertenece a Cartagena, pero no forma parte del mismo mundo. La barriada carece de alcantarillado, y los niños juegan en medio de la basura y la suciedad. El índice de desempleo es elevadísimo, y las bandas pululan por las estrechas callejuelas y entre sus casuchas de madera para vender drogas a los jóvenes y reclutar muchachas para las redes de prostitución.

"Si no estuviera jugando al fútbol con los Colombianitos, podría andar metida en la prostitución como algunas de mis amigas", asegura Dina Luz Bravo con una madurez impropia de sus 14 años. El destino también le habría deparado una vida de delincuencia. Su padre murió hace mucho tiempo, y Dina vive con su madre y hermanos en la absoluta pobreza.

Los de Colombianitos han aportado estabilidad a muchas familias en un país con altísimas cotas de emigrantes y desplazados, debido al inacabable enfrentamiento armado. La violencia ha desplazado ya a más de tres millones de colombianos. Solamente Sudán registra en todo el mundo una mayor cantidad de personas que han tenido que abandonar sus hogares por las consecuencias de una guerra civil. La emigración continúa produciéndose actualmente en Colombia a un ritmo de 350 personas que se marchan de sus casas cada día.

Los Martínez son una de esas familias. Miriam Martínez está encantada de que sus dos hijos hayan accedido al programa Colombianitos y cree firmemente en que este hecho ha conseguido arraigar a su familia en Cartagena. Ya no piensa regresar a las montañas al sur de la ciudad de donde huyeron tras los combates entre las facciones beligerantes.
"El fútbol está consiguiendo que mis dos hijos vayan siempre a la escuela", asegura mientras dedica una cariñosa mirada al mayor, Luis Eduardo, de 15 años. "No hablan de otra cosa en todo el día".

Los muchachos sienten adoración por los entrenadores de fútbol que trabajan con ellos en esas canchas de tierra convertidas en lodazales cuando llueve. "El programa de Colombianitos mantiene ocupados a los muchachos en sus ratos de ocio. Además, los aleja de las drogas, que aquí son lo más corriente", asegura Margolis Ladues, de 25 años, uno de los monitores del programa.

No es simplemente un juego
Pero en el proyecto hay mucho más que fútbol. Entre bambalinas operan un psicólogo y un asistente social, que identifican a los niños más vulnerables y trabajan con sus familias para que sigan en la escuela y puedan salir adelante por entre las tensiones que los atenazan en una de las sociedades más violentas del mundo.

La policía elogia la labor de Colombianitos y comenta que la organización le ha facilitado el trabajo en Ricaurte, pues está consiguiendo reducir la incidencia de los delitos comunes y la drogodependencia.

"El fútbol está consiguiendo que los chiquillos no se metan en líos", declara el sargento Iván Gonzales. "Hasta ahora no nos hacía gracia tener que meternos en ciertas zonas del barrio, pero Colombianitos se ha convertido en un faro para la comunidad y en un reducto del bien".

Luis Alfonso Jiménez, un dirigente de la comunidad, de 40 años de edad, se hace eco de esa opinión. "La drogadicción prolifera en este barrio, y las bandas callejeras controlan el tráfico de estupefacientes", explica mientras señala a los grupos de jóvenes que rondan las esquinas con la típica gorra de béisbol torcida o calada hacia atrás y una profusión de cadenas de oro en el cuello. "Pero ahora los niños han comprendido que tienen otras alternativas: el fútbol y la escuela".