La gente siempre dice que el trabajo de árbitro es el más difícil del fútbol. Pero, para complicar todavía más las cosas, ¿podemos imaginar a una mujer musulmana arbitrando en un país africano?
Son tres grandes retos, y no es de extrañar que sólo una mujer en el planeta los haya superado, hasta el punto de ser seleccionada como árbitra en numerosos torneos internacionales, como el Campeonato Africano Femenino, los Juegos Olímpicos y muchos certámenes de la FIFA, entre ellos la Copa Mundial Femenina de la FIFA 1999.
Fatou Gaye es pequeña, esbelta, risueña, tranquila y está en forma. Sus logros harían de ella una persona extraordinaria en cualquier lugar del mundo. Y más aún en África, que sólo tiene 56 árbitras internacionales. Incluso en el Reino Unido, donde en teoría existe la igualdad de sexos, las árbitras no siempre son aceptadas con los brazos abiertos.
"Esto no es fútbol de parque, ¿qué hacen aquí las mujeres? Es un gesto simbólico, para idiotas políticamente correctos", dijo Mike Newell, por aquel entonces entrenador del Luton Town, equipo inglés de tercera división, en una rueda de prensa posterior a un partido, refiriéndose a la árbitra asistente Amy Raynor.
Aunque Newell se retractó posteriormente, la realidad es que en el mundo del fútbol, dominado por los hombres, existen sentimientos similares. Las mujeres no sirven. No comprenden este deporte, no tienen la suficiente fortaleza física ni rapidez y, sobre todo, su lugar no es el fútbol de alto nivel.
A la altura del reto
Quienes así opinan deberían visitar la casa de Fatou Gaye en
Senegal y ver con sus propios ojos el entorno de olla a presión en
el que trabaja. Lleva arbitrando desde 1988, y fue nombrada árbitra
internacional en 1996.
Al entrar en su hogar, inmediatamente se percibe la calma, que es su principal característica, y que contribuye a su gran éxito en los terrenos de juego. Sin embargo, uno se preguntará cómo esta sosegada madre de un hijo, que también trabaja a jornada completa de secretaria, ha elegido situarse en el lugar más expuesto a las críticas de uno de los trabajos más complicados que pueda haber.
"Adoro el fútbol, así de sencillo. Hace años, me di cuenta de que no era lo bastante buena como para ser jugadora, pero a pesar de todo quería estar relacionada con este deporte, y decidí ser árbitra", afirma.
Sus prácticos comentarios pasan por alto las enormes barreras que ha tenido que franquear. Si bien razonablemente moderado, Senegal es un país musulmán. Tradicionalmente, no se considera apropiado que las mujeres trabajen fuera de casa, de modo que triunfar en un entorno de hegemonía masculina como el arbitraje -hasta alcanzar el nivel que ella ha obtenido- supone un logro extraordinario.
"En un primer momento mi familia era reticente, porque en África hay determinadas cosas que las familias musulmanas no aceptan, y fue muy difícil. ¿Qué vas a hacer entonces, abandonar? ¡Tienes que perseverar! Sigues adelante en el ámbito que has elegido, y al final mi familia llegó a aceptarlo".
Para ascender hasta las esferas más altas del arbitraje es necesario superar una serie de pruebas físicas y de competencia, en las que se demuestra la capacidad de seguir el ritmo de juego en un nivel internacional.
Son metas que ella ha culminado con facilidad y aplomo. Su marido ve con buenos ojos la carrera atípica que ha elegido, y le brinda todo su apoyo. "El arbitraje es una profesión, y a Fatou se le da muy bien", señala. "¿Por qué no iba a hacerlo? Yo jugué al fútbol a un buen nivel, y comprendo este deporte. Ellas (las árbitras) son muy valientes, se sienten cómodas, así que no creo que haya ninguna diferencia. Hacen un buen trabajo. Me alegra muchísimo ver a Fatou arbitrar a un nivel tan alto. Es un logro fantástico".
¿Cuál es la diferencia?
Todos le preguntan si es difícil ser árbitra en un deporte
tradicionalmente masculino. Y con su típico estilo sencillo, no
hace ninguna distinción. No habla de arbitrar un partido desde una
perspectiva de sexo, simplemente se centra en la tarea en sí.
"En cuanto te llaman, lo primero que te viene a la cabeza es si es un partido de hombres o de mujeres. De antemano puedes estar preocupada, sobre todo cuando no conoces a los dos equipos. Pero ahora ya casi tengo cuarenta años, y después de once en este trabajo, estoy acostumbrada a los grandes encuentros", explica.
Es meticulosa en cuanto a su preparación, y se asegura de contar
con todos los instrumentos que necesita.
"Cuando eres árbitro cualquier partido es difícil, ya
sea de categorías inferiores, masculino o femenino. Es complicado
porque muchos seguidores no conocen con exactitud las reglas del
juego".
Como en todo, resta importancia a sus propios logros. Sonia Denoncourt, responsable de la sección de Arbitraje Femenino de la FIFA, los encuadra en su verdadera dimensión. "En 1994, había sólo cuatro árbitras internacionales en la lista de hombres, yo era una de ellas. La primera lista de árbitras internacionales se elaboró en 1995, con unas veinte en todo el planeta. Hoy hay 228 en el mundo, y 280 árbitras asistentes, es la categoría de arbitraje que experimenta un crecimiento significativo, año tras año".
"Ser árbitro es más difícil para una mujer que para un hombre, y tenemos el dicho de que nosotras debemos ser dos veces mejores que los hombres", suele decir Fatou con una apacible sonrisa.

