Arsa tiene 28 años, y es un apasionado del fútbol. Es como un millón de chicos de su edad que hay en todo el mundo. Pero la pasión de Arsa por su club oculta una tragedia: hace tres años, casi todos los miembros de su equipo de la pequeña provincia de Aceh Besar, en Banda Aceh, murieron en el gran tsunami que azotó Asia.
Como es lógico, Arsa recuerda a la perfección el día en que la gran ola se abalanzó sobre su pueblecito costero y sus hermanos futbolistas. "Aquella mañana yo había vuelto paseando a casa temprano, pero mis amigos estaban durmiendo en la playa. El terremoto nos despertó a todos. La tierra estaba temblando. Yo me salvé porque estaba a quinientos metros del mar. Corrí a las colinas, a un terreno más elevado".
Mira pensativamente hacia el mar, que ahora es un espejo liso de color turquesa. "Las olas... lo barrieron todo, incluidos mis amigos. Todos corrieron en la dirección que pudieron, pero los que estaban tan cerca del océano no tuvieron posibilidades".
Lo que vino luego fue una pesadilla. "Había restos esparcidos por toda la playa. Postes de teléfono, motos, bloques de hormigón de casas, coches enteros. Toda la costa estaba sumida en el caos. Era horrible". Aunque Arsa no los menciona, también había cadáveres flotando en el agua. Algunos, los de sus amigos y compañeros.
El equipo de Arsa perdió a treinta de sus integrantes aquella infausta mañana de noviembre. La tragedia se cobró la vida de todos los jugadores, excepto dos. Parecía el final del Club Carlos, antes un conjunto de la segunda división de la liga indonesia al que todo le iba de maravilla.
En aquel momento, por supuesto, la pérdida de un equipo de fútbol no era relevante dentro de la enorme catástrofe que había afectado a los países de la costa del Pacífico. El gran tsunami de Asia mató a un número inconcebible de indonesios: 132.000 fueron declarados muertos, y a 37.000 se les señaló -y se les señala- como "desaparecidos".
En otros lugares de Asia hubo comunidades costeras que sufrieron del mismo modo: en Tailandia, las Maldivas, la India, Sri Lanka... Los expertos creen que en total fallecieron unas 250.000 personas.
Sin embargo, lo que hizo que el tsunami fuese tan devastador no fue sólo la pérdida inmediata de vidas humanas. Las economías quedaron devastadas: los pescadores perdieron sus embarcaciones, las casas quedaron arrasadas, miles de personas resultaron heridas y pasaron a ser dependientes, las enfermedades se propagaron por localidades anteriormente prósperas. Los arrozales se contaminaron. Las vías de ferrocarril fueron destruidas. Había huérfanos vagando por las calles desiertas.
En medio de un sufrimiento tan atroz, hablar de fútbol o siquiera pensar en él podría parecer una broma macabra. Pero el deporte rey posiblemente haya sido un factor crucial en la recuperación de esta arrasada comunidad de Banda Aceh.
Adex Yunardi, amigo de Arsa, es el único jugador del Club Carlos que sobrevivió al tsunami aparte de él. El chico, de 23 años, continúa la historia: "Después del tsunami fui a Bandung, en Java Occidental, en busca de trabajo. Pero fue imposible. Había muchísima gente sin hogar por culpa del desastre. Todos hacían lo mismo. Entonces oí que la FIFA estaba reconstruyendo el campo de fútbol en el que jugaba el Club Carlos. No sólo eso, sino que también lo iba a mejorar, convertirlo en un campo de verdad, como es debido".
Adex volvió a casa, y descubrió con alegría que los rumores eran ciertos. En el marco del proyecto internacional de ayuda, después del tsunami, la FIFA estaba tratando de poner de nuevo en pie el pequeño club de Aceh: como fuente y símbolo de esperanza. Pero este trabajo no sería fácil.
"El campo era un revoltijo de grandes escombros. Hubo que retirarlo todo. Llevó mucho tiempo". Finalmente, el estropeado terreno recuperó su forma. La FIFA gastó un total de 3,5 millones de dólares estadounidenses en nuevas gradas, nuevas porterías, un verdadero muro de ladrillos e ingentes cantidades de césped nuevo.
"No es un súper estádio", dice Adex, "pero es mejor que todo lo que había antes. Ahora viene gente de todos lados para jugar en él. Incluso sin botas, ¡juegan descalzos!".
Estos días el estadio siempre está lleno de jugadores, y se organizan partidos contra otros equipos de la zona, incluso con equipos profesionales de la liga indonesia. La entidad también ha conseguido convencer para que regresase a su presidente, Zamzami, quien se había marchado desesperado como consecuencia del tsunami.
"El fútbol lo es todo para mí", confiesa Zamzami, de 40 años. "Me emocioné mucho al volver y ver a la gente jugando al fútbol en el campo donde entrenaba el Club Carlos, así que decidí contribuir con parte de mi propio dinero a la reconstrucción del equipo y del club". La presencia, una vez más, de un entrenador profesional como Zamzami ha ayudado a devolver la confianza al dañado Club Carlos.
Es una historia alentadora, aunque quizás no sea la más extraordinaria relacionada con el fútbol que se haya producido tras el tsunami en Banda Aceh.
Unas semanas después de la ola, el gran Luiz Felipe Scolari, seleccionador de Portugal, vio una impactante crónica del periodista de Sky TV Ian Dovaston, acerca de un niño de siete años de Aceh, Martunis, que había aguantado solo diecinueve días, después de que las crecidas lo apartaran una milla de su casa.
Durante casi tres semanas sobrevivió comiendo bayas y fideos secos, y bebiendo agua de los charcos. A lo largo de su horrorosa experiencia tuvo puesta una camiseta con el número 7 de la selección portuguesa. En el momento de su rescate, Martunis estaba escuálido y lleno de picaduras de mosquito. Y su suplicio no terminaría ahí. Cuando el equipo de televisión lo llevó a su casa, descubrió que había perdido a su madre y a sus hermanos.
Conmovido por esta tragedia y por la referencia al fútbol portugués, Scolari hizo que Martunis y su desconsolado padre, Sarbini, volasen a Europa para ver algunos partidos de la Copa Mundial de la FIFA. Sarbini dijo entonces: "Para mí esto ha sido asombroso. Antes del tsunami, simplemente ir a Yakarta era un lujo para nosotros. El único lugar al que había viajado antes era a Medan, en Sumatra del Norte. Entonces, de repente, tuvimos la oportunidad de ir a Europa".
Viajar no ha sido el único beneficio que ha traído el fútbol a esta apenada familia. La Asociación Portuguesa de Fútbol también envió dinero para reconstruir la casa de Sarbini: 70.000 euros que les han permitido levantar cabeza.
A través de Scolari, el propio Martunis ha podido conocer a las mayores estrellas del balompié profesional. Con un centelleo en los ojos, el chico recuerda el día en que se sentó junto a Rui Costa. Y la visita que recibió de Cristiano Ronaldo, el famoso delantero de la selección portuguesa y del Manchester United, quien hizo una escala en Banda Aceh cuando iba a incorporarse a la gira del equipo inglés por Extremo Oriente, seis meses después del tsunami. Fue especialmente gratificante para Martunis, que como muchos otros asiáticos es un gran hincha del Manchester: "Me gustan mucho los Red Devils, así que conocer a Ronaldo fue fantástico".
Para el futbolista la experiencia también resultó emotiva. "Hablamos por gestos y con la ayuda de un intérprete", afirma Ronaldo. "Pero él es muy tímido, apenas dijo nada. Yo le enseñé mi teléfono móvil. Nunca había visto ninguno, y enseguida me pidió el número. Luego pasamos a mi Playstation. Y cuando abrí el ordenador y le enseñé fotos mías y también algunos videojuegos sus ojos brillaban de emoción, porque nunca había visto tantas novedades antes. Es un chico muy valiente y muy especial, que ha vivido cosas que muchos adultos no serían capaces de resistir".
A pesar de todo este optimismo, los tiempos todavía son duros en Banda Aceh. Si bien se han inyectado en la economía local miles de millones de dólares de ayuda, alguna gente aún continúa subsistiendo en alojamientos temporales. El tsunami fue un desastre de tal envergadura que podría pasar una generación hasta que la región se recupere por completo. Y la gente no lo olvidará jamás.
No obstante, las heridas están curándose, de forma lenta pero segura. Y viendo reír a los jugadores del Club Carlos mientras le dan patadas al balón en su nuevo campo, con una puesta de sol sobre las palmeras como fondo, es posible creer que el fútbol ha representado una parte, aunque pequeña, importante en esa convalecencia.

