Andriy Shevchenko es un nombre conocido en todo el mundo del fútbol, pero no se puede decir lo mismo en el caso del difunto austriaco Hermann Gmeiner. Sin embargo, a estos dos hombres les une un movimiento muy especial, que se beneficia particularmente cada vez que se celebra una Copa Mundial de la FIFA.

Shevchenko es un ídolo ucraniano que ha sido número uno en el Dinamo Kiev, el AC Milan y hoy en día del Chelsea, y que entusiasmó a sus compatriotas llevando a su país hasta los cuartos de final de la última Copa Mundial de la FIFA. Pero Shevchenko también es un entusiasta de los logros del filántropo austriaco.

La historia empezó en 1947, casi 30 años antes de que naciera Shevchenko, año en que Gmeiner sintió un fuerte deseo de ponerse manos a la obra tras su encuentro casual con un niño de 12 años que se había quedado huérfano durante la Segunda Guerra Mundial.

Gmeiner decidió entonces fundar lo que, en 1949, se convertiría en la Asociación Aldeas Infantiles SOS. En Imst, cerca de Innsbruck, se puso la primera piedra y, actualmente, la organización internacional Aldeas Infantiles SOS regula las actividades de unas 1,800 aldeas en más de 130 países y territorios.

La FIFA acogió a esta organización en 1995 como socio benéfico de la Copa Mundial y, en 2006, el Mundial de Alemania favoreció a la organización mediante su apoyo a una campaña de recaudación de fondos llamada "6 aldeas para 2006", con la cual se alcanzó la suma de 30 millones de dólares. Dicha suma se destinó a la construcción de seis nuevas aldeas en Ucrania, Brasil, México, Nigeria, Sudáfrica y Vietnam.

Las imágenes transmitidas diariamente por la televisión a hogares del mundo entero informan continuamente sobre la trágica y apremiante situación de millones de mujeres, hombres y niños en cualquier rincón de la Tierra. Las causas son numerosas y muy variadas, desde los desplazamientos motivados por las guerras hasta las más diversas consecuencias de las catástrofes naturales y los azotes de la pobreza, el hambre y el SIDA.

Aldeas Infantiles SOS se concentra en ayudar a los niños víctimas de desplazamientos humanos ocasionados por catástrofes naturales o provocados por el hombre. Su tarea no consiste únicamente en proporcionar alojamiento y comida, además de una vida familiar a esos niños, sino que también comprende tareas educativas y recreativas.

Uno de los proyectos más recientes se lanzó en Brovary, Ucrania. "Me enteré de este proyecto hace cuatro o cinco años y me impresionó desde el principio, porque el problema de los niños huérfanos es enorme y probablemente no sólo en Ucrania", comentó Shevchenko. "Es muy difícil ofrecer a estos niños la atención que necesitan, por eso me pareció muy oportuna la idea de construir un lugar donde todos puedan vivir como si fuesen miembros de una misma familia. Así, los niños se sienten más en un auténtico hogar que como se sentirían en orfanatos a la antigua, con habitaciones para muchos niños y una rígida disciplina. Es mucho mejor para su desarrollo personal, su educación y su seguridad", añadió.

Una de las nuevas aldeas del programa "6 aldeas para 2006" está actualmente en construcción en la ciudad de Brovary. Contará con catorce casas, cada una a cargo de una madre adoptiva. Y una de las que espera impaciente el momento de poder mudarse es Oxana quien actualmente se ocupa de cinco huérfanos en un recinto muy pequeño de un sombrío bloque de apartamentos.

Oxana nos presenta a su "familia": "Ésta es Lera, tiene diez años y no ha podido ir a la escuela porque tenía que ocuparse de sus hermanos más pequeños. Ahora emplea sus habilidades en el cuidado de sus nuevos hermanos y hermanas; luego está Galya, de seis años, una niña muy despierta y curiosa; junto a ella está Artem, muy tranquilo y tímido; y éste es Bogdan, de tres años, inquieto, vivaz y travieso; este último es Svyatoslav, un bebé de 18 meses, que casi con seguridad fue abandonado por su madre y tiene problemas de salud".

"Muchas veces resulta difícil brindar un entorno estable y seguro a estos niños que, a menudo, han pasado hambre y están desatendidos", continúa Oxana muy pensativa. "Pero estos niños son encantadores, y con cariño, abrazos y mucha comprensión van cambiando día a día. Ya no están de mal humor, ni fruncen el ceño y están deseando mudarse a su nueva casa".

Recientemente se empezó a aplicar la misma filosofía al otro lado del mundo, en Vietnam, donde actualmente hay diez aldeas SOS y se está construyendo otra en Dong Hoi, que albergará a 120 niños.

Una anciana cuenta una historia que reflejaba perfectamente el carácter de "ancla" familiar que se proporciona con el trabajo de esta organización. "Tengo nueve nietos pero todos sus padres han muerto. Antes de morir, una de las madres me pidió que me ocupara de los niños y que en ningún caso los dejara al cuidado de otras personas", explica. "Pero yo no podía ocuparme de ellos, porque soy muy vieja y tengo muchos problemas económicos, así que me presentaron a la gente de la aldea SOS, y al final me di cuenta de que esto es lo mejor que podía hacer".

"Al principio dudaba, pero ahora veo que los niños están sanos y llevan una vida mucho más ordenada en su rutina escolar y cotidiana que la que yo les ofrecía. Así tendrán un futuro mucho más prometedor", añade.

La filosofía del movimiento de las aldeas y su aplicación práctica nunca difiere de sus cuatro principios originales que dan una gran importancia a la estructura de cada casa, de la que se encarga una madre adoptiva, y en la que los niños conviven con hermanos y hermanas en un ambiente familiar, todo ello dentro de una comunidad rural interdependiente e interactiva.

Cuando la aldea se entera de que hay niños que necesitan ayuda - quizá debido a condiciones climáticas demasiado duras, lo que muy a menudo causa muchos problemas en Vietnam, o por circunstancias imprevistas como problemas de salud de sus padres o accidentes de tráfico - se averigua cuál es el problema, y, si es necesario, se lleva a los niños a la aldea, donde son atendidos conforme al modelo familiar que las caracteriza.

El énfasis en el desarrollo con aspiraciones es tan importante en Ucrania como en Vietnam. Lena Gavrilina, trabajadora social de la aldea de Brovary, tiene una visión muy particular del asunto, ya que anteriormente trabajó en una de las antiguas instituciones estatales. "Donde yo trabajaba antes no podíamos hacer mucho por mejorar el cuidado de los niños. Teníamos que contentarnos con pasar el rato charlando y poco más. Sin embargo, en la Aldea Infantil SOS la ética de trabajo está concebida para que los niños crezcan en un ambiente en el que se les cuide y se les proporcione el mejor entorno para su desarrollo personal", explica. "Estoy inmensamente agradecida a la gente de todo el mundo que dona fondos para causas como esta", agrega.

El proyecto Brovary también demuestra cómo funciona Aldeas Infantiles SOS en colaboración con otras organizaciones sociales, gubernamentales e internacionales. Administradores locales cooperan con las autoridades locales y con Everychild, la sección internacional de la organización de ayuda con sede en el Reino Unido, y en el marco de TASIS, el programa de educación de la Unión Europea. Como dice Ludmila Shostopal, subdirectora de la administración local de Brovary: "Para un niño, lo mejor del mundo es una familia".

Hermann Gmeiner estaría de acuerdo. Este filántropo austriaco que llevaba en el bolsillo el equivalente a 60 dólares cuando lanzó su proyecto, falleció en Innsbruck en 1986. Está enterrado en el recinto de aquella primera aldea infantil en la localidad de Imst, pero su obra continúa...