El ruido del tráfico afuera casi ahoga la tranquila voz de Valeriu Nicolae, sentado en su apartamento de un típico suburbio de Bucarest, sin por ello restar fuerza a la impactante historia que nos cuenta.

"Soy gitano. Cuando asistía a la escuela secundaria aquí en Rumanía, mi profesor era un asqueroso nacionalista. ¿Piensa que exagero? Ese tipo me obligó a ponerme de pie frente al equipo de baloncesto y les dijo a todos los demás: 'Acérquense para sentir cómo apestan los gitanos'", dice con una sonrisa amarga este luchador de 37 años con la cabeza rapada.

"Soy romaní, así que estoy acostumbrado a este trato. Cuando tenía ocho años nos mudamos a otro lugar y yo ni siquiera conocía la palabra gitano. Pero entonces gané el primer premio en mi nueva escuela y todos se pusieron celosos: se volvieron hacia mí y me llamaron 'gitano maloliente' y 'cerdo'".

Gran parte del aproximadamente millón de romaníes que viven en Rumanía (y al menos seis millones de habitantes son medio romaníes) pueden contar historias parecidas. Los prejuicios contra los gitanos constituyen un gran problema en toda Europa del Este.

La diferencia fundamental con la situación de Valeriu es que éste es extraordinariamente inteligente, serenamente seguro de sí mismo y posee una evidente autoridad moral, además de ser, como él dice, "un gitano que no se queda callado", especialmente cuando considera que le están discriminando.

Cuando tenía 19 años se fue a Gran Bretaña a aprender inglés. Era tan pobre que apenas podía comer, pero le encantaban la libertad y la tolerancia de Londres. El siguiente paso que no tardó en llegar fue asistir a la Universidad de Loyola en Chicago, donde tuvo como profesor al gran pensador Edward Said.

Valeriu esconde los pies bajo su propio cuerpo. Parece Mahatma Ghandi. Las estanterías a su espalda están repletas de textos muy buenos, la mayoría en inglés.

"La última discriminación aceptable en Europa"

"Said me dijo que los prejuicios contra los gitanos son la última discriminación aceptable en Europa. Como los romaníes no tenemos país, no tenemos a nadie que luche por nuestra causa como lo hace Hungría, que defiende a las minorías húngaras en Rumanía. Nosotros, los romaníes, hemos sido vendidos y comprados como ganado durante quinientos años. Nuestra lengua todavía está discriminada".

Sus ojos brillan y transmiten un pleno convencimiento. Por eso no es de extrañar que cuando Valeriu regresó a Rumanía, una vez terminados sus estudios, decidiera combatir los prejuicios sociales contra la gente de su raza. Lo que puede resultar sorprendente es que decidiera hacerlo a través del fútbol.

"Todo empezó cuando estaba sacando unas fotos en un partido entre el Dinamo de Bucarest y el Rapid, hace unos años. En el estadio había una pancarta de 60 metros de anchura, sostenida por 2.000 personas, en la que se leía 'Muerte a los gitanos'. ¡Imagínese! ¡Más de 2.000 personas sosteniendo una pancarta que decía 'Muerte a los gitanos'!".

La mayoría de las casas editoriales darían lo que fuera por conseguir una historia tan incendiaria. Y sin embargo, en ese caso, ni un solo periódico rumano quiso publicar las fotos de Valeriu. Los editores se mostraron igualmente indiferentes ante los informes de primera mano presentados por Valeriu, como testigo ocular del racismo en los partidos de fútbol en Rumanía: las espeluznantes consignas como "Muerte a los cuervos", "Todos los gitanos a las cámaras de gas", etc.

Valeriu suspira. "Los editores estaban indignados, pero no por el racismo. Parecían ofendidos por mi informe. Dijeron: 'No puede ser verdad, nosotros, los rumanos, somos gente amable, no somos racistas'".

Estupefacto por esta negativa, Valeriu tomó cartas en el asunto. En 2004 recibió una invitación de la Comisión Europea (CE) para una conferencia, en la que hizo una presentación del racismo en el fútbol rumano contra los gitanos romaníes. La CE se quedó conmocionada e invitó a Valeriu a asistir al saque inicial de un partido muy importante, un duelo de la Liga de Campeones entre el Arsenal y el Bayern de Múnich. A Valeriu le aconsejaron que se pusiera un traje, pero él se presentó vestido con una camiseta muy grande con la consigna "Stop Racism" (Alto al racismo) estampada en el pecho.

Poco a poco iba atrayendo más la atención, pero cuando realmente se produjo un vuelco fue cuando asistió a un partido del Steua Bucarest en 2005.

"Insultos racistas y más consignas contra los gitanos"

"Seguí oyendo insultos racistas y más consignas contra los gitanos, así que escribí un informe para la UEFA y finalmente puse la carne en el asador. Los organismos europeos sancionaron al Steua con una multa elevadísima, y se suspendieron los juegos en sus campos, un hecho casi inaudito".

El propio Valeriu sufrió serios reveses como consecuencia de su iniciativa ante la UEFA. La prensa de Bucarest le tachó de "Enemigo Público Número 1". Se le acusó de traidor, algunos afirmaron que había destruido la imagen del país. Recibió miles de amenazas de muerte, correos electrónicos diciéndole:

"Antonescu [un líder nazi rumano] debería haberles mandado a todos a las cámaras de gas".

Y aunque todavía sigue recibiendo amenazas hoy en día, "dos o tres por semana", dice, Valeriu pudo hacer frente a las reacciones violentas. Saber que su lucha estaba realmente cambiando las cosas le ayudó a supercar los peores momentos.

"Para ser sincero", continúa, "pensé que se necesitaría por lo menos un año para que la situación cambiara y mejoraran las cosas, para que la gente abriera los ojos. Pero por suerte me equivoqué. Fui a ver el partido del Steua contra el Rapid justo un mes después y, de repente, todo era diferente. Empezaron otra vez a vociferar las consignas de siempre, pero esa vez... ¡la prensa las oyó! Fue como si antes hubieran hecho oídos sordos, pero yo les forcé a aceptar la realidad. En aquel momento, el racismo era visible y audible, y se produjo una reacción muy fuerte. Se nos dedicaron artículos en periódicos, salimos en las noticias de la televisión y en un montón de sitios".

"Esto obligó a que la asociación de fútbol se volviera a plantear el problema, y, poco después, el Gobierno tomó cartas en el asunto. Los ministros vinieron a vernos, y es que habíamos logrado activar la cuestión".

Es una historia fuerte, pero Valeriu no se contenta con hablar del tema, quiere enseñarnos cómo funciona su grupo, la Organización Europea de Base de Jugadores Romaníes. Hoy está previsto que se dispute un partido de fútbol en el que participarán romaníes y otras minorías en los alrededores de la ciudad. Nos metemos rápidamente en un pequeño coche y conducimos por las deterioradas calles de Bucarest en dirección a un ruidoso y destartalado estadio deportivo, cercado por equipos de televisión y periodistas, ministros y funcionarios, además de numerosos niños muy ilusionados, muchos de ellos romaníes.

La algarabía se hace especialmente intensa cuando Banel Nicolita llega al campo de juego. Es gitano y una auténtica estrella del fútbol, un extremo del Steua Bucarest y de la selección nacional rumana. Cuando aparece Banel en el campo cubierto, el ruido va en aumento. Además de los esfuerzos de gente como Valeriu, es el éxito bien visible de gente como Banel lo que está cambiando la actitud social ante los romaníes en Rumanía, como otros pueden confirmar.

"Veo cómo me miran, la gente esconde sus bolsos....."

Mihai Neascu, de 30 años, líder de la comunidad romaní, dice: "No todos los rumanos son racistas, algunos lo son sólo a veces. Pero lo cierto es que si subo a un autobús, entonces sí que pasa. Veo cómo me miran, la gente esconde sus bolsos y sus cosas. Pero a través del fútbol estamos realmente cambiando las cosas.

Y como el fútbol se ve en la televisión, porque es el deporte nacional, tiene una gran influencia. Si se logra cambiar la actitud en ese campo, la cambiaremos en todas partes. Cuando la gente aprende que no me puede llamar cuervo asqueroso o gitano de mierda en un campo de fútbol porque esas expresiones de odio están prohibidas por los órganos del fútbol, esa nueva forma de pensar se va extendiendo a toda la sociedad".

"Nos queda mucho camino por recorrer", dice Valeriu mientras mira cómo los chicos acosan al sonriente Banel. "El otro día alguien me rompió la ventana del coche con un ladrillo, sólo porque soy gitano, no hay ninguna otra razón. Pero a pesar de todo soy optimista. Aunque parezca increíble, hemos llegado ya tan lejos que pienso que esto me demuestra que las acciones emprendidas por un sólo hombre pueden cambiar muchas cosas, siempre y cuando no te quedes callado".