Hace tres años, Mahendra BK era un niño de 12 años que vivía en las calles de Pokhara, una ciudad nepalí de tamaño medio con una población de unos 200,000 habitantes. Su madre murió cuando todavía era un niño y después, su padre, que era alcohólico, falleció víctima de la tuberculosis cuando Mahendra apenas contaba ocho años. Mahendra se fue entonces a vivir con su hermana y su abuela durante un año aproximadamente. Pero vivían en una pobreza tan extrema que, cuando cumplió nueve años, se marchó para vivir por su cuenta. Pronto acabó en la capital, Katmandú, donde vivía peligrosamente en las calles, rebuscando y recogiendo basura para venderla por muy poco dinero a empresas de reciclado.

La historia de los primeros años de vida de Mahendra es similar a la de muchos niños de Nepal, donde, según la organización local no gubernamental CWIN (Child Workers in Nepal o Niños Trabajadores de Nepal) se calcula que unos 5.000 niños viven sin familia y en las calles.

Pero Mahendra BK (los apellidos de dos letras son muy corrientes en Nepal) tuvo suerte. Hoy, es uno de los escasos 20 chicos de la Academia de Fútbol Sahara de Pokhara. 'Sahara', una palabra nepalí que significa "apoyo", es una organización social benéfica que proporciona alojamiento a los niños de la calle, así como manutención, educación y algo que hacer: jugar al fútbol.

Mahendra es el guardameta del equipo del Sahara, y explica que entrar en la Academia de Fútbol Sahara le ha cambiado la vida y le ha dado esperanzas para el futuro.

"La policía venía y me echaba"

"Cuando vivía en la calle, dormía debajo de sacos de arroz vacíos en muchos sitios diferentes. La policía venía y me echaba, así que me alegré muchísimo de poder venir al Sahara. Aquí jugamos al fútbol todos los días, y espero que un día sea suficientemente bueno para convertirme en futbolista internacional.......como Oliver Kahn, mi jugador preferido," dice.

Por supuesto, no todos estos 20 chicos podrán ganarse la vida jugando al fútbol.

"Quizá cinco de los chicos que están aquí tengan el talento necesario para jugar en equipos de primera división de Nepal y en la Selección Nacional en el futuro," dice Keshab Bahadur. Thapa, el Secretario General del Club Sahara: "Incluso si llegan a jugar al fútbol como profesionales, no pueden esperar hacerse ricos así. Actualmente, el fútbol nepalí no tiene mucho dinero, pero la situación está mejorando poco a poco", completa.

Por eso, el club intenta ofrecer entrenamiento vocacional para chicos cuando cumplen 16 años. A partir de esa edad, el Club Sahara les ayuda a organizar su propia vida fuera de la academia.

"En primer lugar tratamos de meterles en otros clubes de fútbol en los que reciben un pequeño sueldo, pero también les proporcionamos formación como mecánicos, electricistas, fontaneros, carpinteros y profesiones similares," explica Thapa.

Si bien el Club Sahara fue fundado en 1998 por miembros de la comunidad local como un club de fútbol común y corriente, la idea de hacer trabajo social y crear una institución que albergara una combinación de orfanato y academia de fútbol surgió más adelante. En 2004 se hizo realidad, en gran parte gracias a la inspiración y la recaudación de fondos de nepalíes emigrados al extranjero, como Navin Gurung, que vive en el Reino Unido. Gurung cuenta: "Ya organizaba eventos deportivos en el Reino Unido. Un día, un amigo me habló de las actividades del Club Sahara y me impresionó mucho su labor. De ahí surgió el vínculo. Desde entonces hasta ahora, muchos de mis amigos personales, conocidos nepalíes y contactos comerciales, me han ayudado a organizar varios programas de recaudación de fondos para apoyar la gran labor que está realizando el Sahara."

Además de recaudar fondos en el extranjero, el Club Sahara recibe apoyo de las redes comerciales locales de Pokhara, así como a través de la venta de entradas en los torneos que organizan cada año.

La calidad de los orfanatos nepalíes varía enormemente

Naturalmente, el Club Sahara no es el único hogar infantil de Nepal para niños huérfanos y de la calle. De hecho, hay muchos hogares así, pero la calidad de estos orfanatos varía enormemente y muy a menudo no están bien gestionados.

La portavoz de la UNICEF en Nepal, Rosanne Vega, dice: "Dado que no hay una supervisión propiamente dicha de los orfanatos, la calidad y las condiciones de vida de los niños varían considerablemente. Prácticamente cualquiera puede abrir un orfanato aquí, incluso gente que no tiene ninguna experiencia en este campo."

De hecho, es común que los niños de la calle vayan a un orfanato y vivan allí durante un tiempo, pero que luego escapen dado que las condiciones de algunos de estos orfanatos son incluso peores que la dura vida de la calle.

Rajesh Thakuri, de 11 años, es uno de los numerosos niños de la calle de la ciudad de Katmandú. Vivió en un orfanato durante un tiempo, luego se escapó porque, como dice: "¡Yo no les gustaba. Me odiaban!" Ahora duerme en la calle y mendiga delante de un hospital para poder comer.

Raivi rebusca en la basura de otra gente para ganarse la vida

Raivi, otro niño de la calle, de 12 años, vive en la calle desde hace dos años. Como Mahendra antes, y como otros cientos de niños de Katmandú que viven todavía así, Raivi rebusca en las basuras ajenas y recoge cristal, metal, papel y plástico que vende a empresas de reciclaje.

Raivi duerme cada noche en un sitio relativamente seguro: la tierra de nadie detrás de la zona vallada del aeropuerto. Cada mañana merodea por la ciudad y rebusca en pilas de basuras antes de que se calienten con el sol y el hedor sea insoportable: a un lado de la calle, bajo los puentes, en cuestas más o menos empinadas, allá donde los lugareños tiran la basura. Según las estadísticas de la OMT, los miles de niños que rebuscan en las basuras en Nepal trabajan un promedio de seis horas al día y ganan unas 87 rupias, un euro escaso al día. No obstante, viviendo en la calle siempre corren el riesgo de perder el salario del día y que lo roben las bandas, los drogadictos, chicos mayores o incluso policías.

Huelga decir que vivir en la calle entraña numerosos problemas y riesgos para los niños. En su desesperada necesidad de dinero, son víctimas fáciles de abusos y explotaciones, pueden caer en la delincuencia o hacer trabajos arriesgados como recoger pasajeros de autobuses repletos, en los que los niños tienen que ir literalmente colgando afuera en un lado del vehículo, mientras se abren paso en el caótico tráfico de la ciudad.

Aspirar pegamento, beber alcohol o abusar de las drogas son otros de los riesgos más comunes a los que están expuestos los niños de la calle, que ven en este consumo la única forma de escapar a las tensiones que generan sus múltiples problemas. También hay explotación sexual, pero no se sabe a ciencia cierta la magnitud de este problema. Un informe de la OMT indica que podría afectar hasta a un tercio de los niños de la calle que han sufrido abusos sexuales de uno u otro tipo, supuestamente sobre todo por parte de turistas y cabecillas de bandas callejeras.

La lista siempre en aumento de problemas como la falta de formación, de tratamiento médico para diversas enfermedades, de estímulos emocionales y psicológicos, etc., hace que las perspectivas que tienen en la vida los niños de la calle no parezcan muy halagüeñas, a menos que reciban alguna ayuda de una organización bien gestionada como la Academia Sahara. La falta de una ayuda gubernamental exhaustiva conduce a menudo a que se critique a este país tan pobre.

De regreso a Pokhara, varios de los 12 miembros del equipo explican, con cierto orgullo, que en los tres años que lleva funcionando la academia no se ha escapado ni un solo niño.

Se escapó de su problemático hogar

Entre los otros chicos del Sahara están Sunil Kendel, de 12 años, y los hermanos Dhanraj y Robin Pun, de 13 y 15 años respectivamente. Sunil se escapó de su problemático hogar cuando tenía ocho años, y los hermanos Pun se quedaron huérfanos cuando su padre murió en el ejército y su madre falleció de cáncer.

A todos les encanta la vida en el Sahara. Allí tienen un programa muy apretado cada día, porque, como explica uno de los entrenadores auxiliares, Indra, de 21 años: "Intentamos mantenerles ocupados para que no se metan en líos".

Generalmente, su programa en la academia empieza a las cinco en punto de la mañana, cuando se levantan y toman un pequeño tentempié antes de dar un paseo de cinco minutos hasta el estadio local, donde tienen dos horas de entrenamiento de fútbol. Después vuelven al hostal para desayunar, y poco después ya es hora de ir a la escuela.

Por la tarde, después de la escuela, vuelven a jugar al fútbol durante una hora o dos antes de hacer los deberes. Los dos entrenadores auxiliares del Sahara también trabajan de tutores y ayudan a los chicos a hacer los deberes. Por la noche, después de cenar, a veces ven en la televisión los partidos de fútbol de la primera división inglesa, lavan la ropa o juegan un poco en los jardines al otro lado de la calle. No tienen juguetes, así que juegan con lo que encuentran, como la mayoría de los niños nepalíes, por ejemplo una raíz larga de un árbol sirve perfectamente de comba para saltar. Y también tienen balones de fútbol con los que pueden jugar y divertirse. Y aproximadamente una vez al mes juegan partidos amistosos contra algunos de los equipos de las escuelas locales.

Aunque el dormitorio colectivo del Sahara está abarrotado de gente y las instalaciones son algo rudimentarias, aquí a los chicos no les falta prácticamente nada. Les dan comida y camas calientes, aquí hacen buenas amistades y siempre hay un adulto para ayudarles cuando tienen algún problemilla.

Sólo el guardameta, Mahendra, expresa un pequeño deseo: "Me gustaría tener un par de guantes de arquero para el entrenamiento de fútbol en invierno," dice.