Pregunta: ¿Cómo es posible que todo un equipo de fútbol meta dos goles y reconozca solo uno, y a pesar de todo pierda el partido pero esté muy contento?
Respuesta: Juegan al fútbol callejero.
Pablo Hewstone Arqueros, director del proyecto CHIGOL en Santiago, Chile, explica por qué en este campo tan especial del fútbol, los ganadores pueden ser en realidad los perdedores y viceversa - pero al final todos ganan.
"El equipo que mete más goles consigue tres puntos, uno se destina a los perdedores. Si hay empate, cada equipo consigue dos puntos. Pero antes de que empiece el partido, ellos mismos fijan las reglas. Existe un acuerdo relativo al juego que premia ciertos valores deportivos: el respeto, el juego limpio, la equiparación de futbolistas femeninas y la solidaridad."
Aquí radica la diferencia fundamental. Con estos valores también se consiguen puntos, tantos como con los goles. Y la evaluación de estas cualidades y los puntos concedidos por ellos corre a cargo de los propios equipos. Al final del partido, ambos equipos dialogan, con la intervención de un mediador, para decidir qué equipo ha observado mejor las reglas; y una vez que se ha contabilizado el número total de puntos, junto con el de goles propiamente dichos, se decide cuál ha ganado.
"¡El equipo que ha metido pocos goles puede ganar el partido!"
"Por eso, un equipo que haya metido menos goles puede ganar un partido"
Pablo sonríe y nos anima a que consideremos que todo esto es muy lógico. Pero añade: "la verdad es que resulta difícil imaginarse un proceso así en la primera división inglesa, por ejemplo. Imagínese al Manchester United y al Chelsea reunidos tras el silbato final para decidir quién ha proferido el último insulto".
Pero aquí no estamos en Old Trafford ni en Stamford Bridge. Esto es Cerro Navia, un abandonado suburbio de la capital de Chile, conocido por sus enormes disparidades en lo que se refiere a la riqueza. En este sórdido paraje donde la policía brilla por su ausencia, los traficantes de crack no andan lejos y en todas partes hay pintadas en homenaje al ‘Che' Guevara.
Pero esa es exactamente la razón por la que CHIGOL trabaja aquí y no en otra parte. Quizá sea en sitios como este, donde los jóvenes no tienen mucho que hacer excepto recoger chatarra, robar, fumar chuca y beber, donde las extrañas reglas del fútbol callejero tengan más sentido.
Este es justamente el tema que le interesa muchísimo a Pablo: "Ganar o perder un partido no es lo más importante. Lo principal es la relación que se establece entre los jóvenes, el placer de jugar, y el hecho de que tienen que evaluarse mutuamente para conseguir puntos."
El eterno misterio es cómo, en una cultura de violencia machista, convencer a los jugadores para que luchen por estos nobles ideales. Pronto veremos que depende del liderazgo - sobre todo de Pablo, y su combinación de severidad y amabilidad. Con sus duras facciones y su barba incipiente, sus ojos azules y su mirada penetrante, tiene un cierto parecido con Charlton Heston cuando era joven. Y quizá también tenga algo del heroísmo de un ídolo de las antiguas películas de Hollywood, inmerso como está en un entorno tan duro como este, con un equipo de apoyo básico formado únicamente por dos personas, se enfrenta a más retos que cualquier paladín de una sesión de tarde en una epopeya de capa y espada, luchando por salir de la mazmorra de un castillo.
CHIGOL inició su andadura en 2005 como parte de la red de asociaciones mundiales de fútbol callejero apoyadas por el movimiento de la FIFA Football for Hope. Pablo oyó hablar del trabajo del grupo de fútbol callejero en Argentina, se puso en contacto con ellos y le invitaron a Buenos Aires para que viera cómo funcionaba.
El objetivo de CHIGOL es la transformación social de la comunidad y, lo que es más crucial, de las vidas individuales. Cuando Pablo regresó al soleado Santiago, con la cabeza llena de sueños en lo que respecta al fútbol callejero, lo primero que hizo fue reunir a gente interesada y vaciar un espacio público, para crear un sitio donde los jóvenes pudieran reunirse pacíficamente en torno a un balón de fútbol.
Podrían haber acabado siendo cabecillas de una banda
El cree que, para muchos jóvenes, el proyecto llegó justo en el momento oportuno. Hay talleres y sesiones semanales de entrenamiento para los que tienen potencial de líderes, porque lo cierto es que algunos de estos candidatos podrían haber acabado siendo auténticos cabecillas de una banda - en cuestión de un par de meses más.
CHIGOL trabaja con y en el mayor número de escuelas que le permiten sus limitados recursos. Hay filiales en otros barrios de Santiago y en Valparaiso y Punta Arenas. La meta es ampliar el proyecto en todo Chile, para iniciar una liga nacional y disputar competiciones internacionales en uno de los bulevares principales de Santiago.
Los dos ayudantes de Pablo se llaman Juan y Jorge. Ambos estaban hundidos en la desesperación antes de conocer CHIGOL. Casi desconectados de sus familias, merodeaban por los callejones donde abundan las drogas.
"Estaba metido de lleno," confiesa Jorge, "en ese tipo de mundillo en el que pensé que o sería un delincuente durante el resto de mi vida o acabaría en la cárcel o me moriría pronto. Una vez casi me matan con una puñalada salvaje. ¡No tenía muy buenas perspectivas!" Se pasaba el tiempo holgazaneando con Juan, ‘el pelaito', ‘el cabeza rapada', y los dos bebían, se drogaban y se peleaban siempre mucho. Ahora son compañeros en CHIGOL, y tratan de ayudar a amigos y vecinos a salir de la situación en la que están entrampados.
Cuando Jorge se siente apático y pesimista, Pablo le motiva: "Su modo de ser, un tanto alocado y al mismo tiempo eufórico, es contagioso." Jorge también estudia informática en la universidad, para poder ayudar a su comunidad con el internet. CHIGOL ha ayudado a su madre a montar un pequeño taller de costura en el que espera emplear a madres solteras adolescentes. Ahora se siente mejor, en parte por estar más cerca de su hijo. Cuando nos citamos con ella en su modesto hogar, rodeada de maniquíes y máquinas de coser, nos dijo que Jorge ha "vuelto a nacer".
Incluso le dieron una bicicleta
La trayectoria de Juan, el coordinador de la comunidad, fue muy similar. Su cara tan seria parece expresión de su tormentoso pasado. Nos cuenta que de los trece a los dieciséis años se pasaba la vida vagabundeando por las esquinas y drogándose. Un día, alguien le invitó a participar en un partido de fútbol callejero. No quería ir, pero se las arreglaron para convencerle. Le permitieron jugar aunque estaba drogado - e incluso le dieron una bicicleta para que fuera a casa a cambiarse de ropa.
Aquella prueba de confianza significó mucho para él, junto con una charla, severa pero amable, con el profesor, tras el partido; de repente se dio cuenta de que esta disciplina le permitiría progresar; poco después, empezó a pensar que podría ayudar a otras personas, como a él le habían ayudado antes.
Ahora ha dejado las drogas y el alcohol: "Le digo a todo el mundo que, ahora, mi droga es el fútbol callejero, lo que me llena de verdad. Me podría pasar el día entero jugando al fútbol callejero. Jugar y enseñar, eso es lo que quiero hacer. La verdad es que ahora sé mucho de eso. Hablo ante veinte personas, y de esas veinte puede que cinco estén descarriadas, así que me dirijo a ellas y les cuento mi historia. Me identifico con ellos y eso es lo que de verdad me llena."
Es una historia simple y alentadora. ¿Cuál es el secreto? Quizá no haya ningún misterio en todo el asunto. Con CHIGOL, esta singular marca de fútbol callejero, no necesitas dinero, jeringuillas ni pistolas para ser feliz; tampoco necesitas coches, ni cocaína ni llamativas joyas robadas.
De hecho, ni siquiera necesitas postes para las porterías. Basta con tener amigos, un balón, un pedazo de terreno y que alguien cuente las palabrotas.
