El fútbol es una fuente de inspiración para los desfavorecidos
En Oslo se celebra un pequeño triunfo. En un gran estadio de fútbol con pistas cubiertas, perteneciente al club noruego de primera categoría Lillestroem, un equipo de fútbol de siete jugadores intercambia palmadas en la espalda y bromas para celebrar que han marcado otro gol. El árbitro silba para anunciar que se reanuda el juego.
Pero esta celebración tiene muy poco que ver con goles, copas o clasificación de ligas: es una superación de dificultades de aprendizaje e impedimientos mentales, porque prácticamente todos los jugadores de ambos equipos tienen algún tipo de problema cerebral: el goleador es autista, el extremo padece un déficit de atención, muchos son epilépticos, disléxicos, etc.
El coordinador de la FA noruega es Anders Krystad, de 51 años, que con su hilera de pendientes de oro, más que un ayudante de futbolistas discapacitados parece un motero entrado en años. Pero este es su papel, un papel que le entusiasma.
"Antes trabajaba a tiempo completo para la FA y también he trabajado para un club profesional, el Vålengrade de Oslo. Pero al final me aburrí de trabajar con esos críos de 18 años tan mimados, que exigían millones. Quería trabajar con equipos locales. Ahora me dedico exclusivamente a la gente marginada, a los discapacitados y a los de etnias diferentes."
Su proyecto principal es el llamado Colourful Football (Fútbol Multicolor). La campaña fue iniciada por el club de Oslo Vålerenga a mediados de los años 90. El objetivo inicial era luchar contra el racismo, la homofobia y la violencia, y encontrar formas de incorporar e integrar a gente de culturas o etnias minoritarias; últimamente ha expandido su campo de actividades, para incluir a jugadores con discapacidades y necesidades especiales.
"Desde 1996", dice Anders, "venimos organizando cada año torneos de "Fútbol Multicolor", para niños y niñas de 12 a 14 años. Los encuentros tienen lugar entre equipos de siete jugadores, con un mínimo de cuatro chicas por equipo. Pero trabajamos con todos los grupos de edad, no solo con adolescentes."
"Es difícil tratar con yonquis..."
Anders menciona en concreto al equipo de drogadictos de Tromso. "Es muy difícil tratar con ellos porque nunca aparecen para recoger sus cosas, olvidan citas con sus médicos, se saltan comidas, no van a las reuniones y ni siquiera pasan la Navidad con sus familias. No les importa nada. Y a pesar de todo, parece increíble, pero se presentan para jugar un partido de fútbol. Cada vez que se disputa un encuentro, un 95 % de los jugadores del equipo de drogadictos se presenta."
Hoy, a Anders los que le preocupan son los jugadores discapacitados. Ayuda a organizar una liga de equipos de este tipo en todo el país. La Asociación de Fútbol de Noruega gestiona actualmente 75 equipos de jugadores con discapacidades psíquicas.
Anders mira a un jugador cometer una falta contra otro, de forma bastante espectacular. Explica que si bien quizá no sean los más diestros de Europa, los partidos siempre son muy reñidos. "Todos quieren ganar, independientemente de su nivel de destreza. A veces tenemos verdaderos problemas con los tramposos - equipos que tienen demasiados jugadores no discapacitados. Los árbitros cuentan con una formación especial para vigilar muy atentamente y evitar que se produzcan tales situaciones. Todo esto requiere una gran inversión de tiempo y dinero, pero a los clubes profesionales les gusta colaborar."
El valor terapéutico del fútbol para discapacitados es indiscutible. Contribuye a la socialización de los jugadores - porque saca de su aislamiento a gente que de otro modo estaría incomunicada o incluso "atrapada" en residencias. Les hace ejercitarse - la gente con discapacidades psíquicas tiende a comer demasiado. "Aunque," Anders se ríe entre dientes, "la verdad es que el más gordo de todos los que juegan hoy probablemente sea el entrenador, y él no tiene absolutamente ninguna discapacidad, aparte de su adicción a las hamburguesas."
"Algunos de nuestros chicos no saben ni su propio nombre..."
Las vueltas que dan corriendo también aumentan el nivel de las endorfinas, lo que ayuda a combatir depresiones y la introversión de los autistas. Otra de las ventajas es que así, los jugadores aprenden a respetarse a sí mismos, tras una vida entera de ver cómo los otros les ven como tipos raros o perdedores. "Muchos de estos jugadores," dice Anders, "sufren discapacidades muy graves - algunos de nuestros chicos no saben ni su propio nombre ni atarse los cordones de los zapatos. El extremo, por ejemplo, no ha conseguido aprender a pegar patadas al balón con la parte interna del pie - y lleva quince años jugando."
Anders aplaude un cabezazo bastante aceptable, y luego vuelve al tema: "Es posible que usted encuentre esta discapacidad divertida o absurda, como muchos otros que se ríen de los discapacitados psíquicos. Pero cuando los jugadores salen al campo de juego, se sienten parte de un equipo, se encuentran más a gusto consigo mismos, no se consideran unos perdedores. Alguien que lo ejemplifica excelentemente es ese chico rubio; voy a llamarle para que se acerque."
El "chico rubio" es Martin Samdvik, de 29 años, con difusas dificultades de aprendizaje y, como muchos jugadores de estos equipos, reacio a discutir sobre sí mismo en términos de diagnósticos o enfermedades. Le gusta mucho más hablar de lo que sabe hacer que de lo que no sabe hacer.
Y lo cierto es que Martin ha sacado un gran partido a sus aptitudes. Anders le dio una oportunidad y confió en él, y así ha superado serias dificultades a lo largo de su vida. Tras un tiempo en el que estuvo totalmente aislado, solo, en paro y casi hospitalizado, ahora tiene novia, piso, una meta: también se ha convertido en una especie de talismán para el resto del movimiento "Fútbol para Discapacitados" de Noruega, en gran parte porque él mismo creó su propio equipo. Fue representante de Noruega en los Juegos Paralímpicos e incluso llegó a conocer a George W. Bush en la Casa Blanca. ¡No está nada mal para un chico rubio discapacitado que vive en el quinto pinto, allá por Lillestrom.
Ahora comprenderá por qué los otros jugadores del equipo consideran que Martin es un líder. Habla de su vida con valor y firmeza, con un cierto aire de despreocupación, pese a su forma de hablar, a veces un tanto vacilante.
"Me ponía enfermo que me llamaran espástico..."
"Empecé a jugar cuando tenía 8 años. Después, a los 16, tuve que ir a una escuela especial - ¡qué mal me sentía entonces! Mi autoestima estaba por los suelos, me ponía enfermo que me llamaran espástico. Se metían mucho conmigo. Pero unos años después decidí luchar activamente: escribí a las autoridades y pregunté si podría crear mi propio equipo. Dijeron que "sí", así que me puse manos a la obra. Muchos de mis amigos de la escuela especial se apuntaron. Después, logramos cobertura televisiva y de prensa. Todo eso era un gran aliciente."
Da voces a través del campo. Su equipo está perdiendo contra sus rivales más cercanos. "Lo que es muy positivo", dice, "es que el equipo llega a ser como una familia - Recuerdo un encuentro que disputamos, en uno de los equipos había una chica sentada en la esquina del campo, llorando. Esperamos a que se calmara, cuando ya se sentía mejor seguimos jugando, como equipo. En otros equipos quizá se hubieran reído de ella, pero nosotros comprendíamos muy bien lo mal que lo estaba pasando. Por eso es tan importante el equipo, porque aquí nos ayudamos mutuamente."
Como si quisiera demostrar lo que enunciaba Martin, en ese momento un jugador sale corriendo del campo. Se cae al suelo y empieza a retorcerse y a sufrir convulsiones. Está sufriendo un ataque epiléptico: un médico se acerca rápidamente y se ocupa de él. Los jugadores se apelotonan alrededor de él, preocupados pero sin intervenir. Esta es simplemente otra de las facetas del fútbol para discapacitados. No es raro que se produzcan ataques así.
Diez minutos después, el jugador está sentado y bebiendo una botella de agua a sorbos. El resto del equipo sigue jugando... y avanzando en la vida.

