Los brasileños se suceden, pero no siempre se parecen. Después de Romário, Rivaldo, Ronaldo y Ronaldinho, y al mismo tiempo que Robinho, Ricardo Izecson Santos Leite, más conocido como Kaká, es la nueva estrella del fútbol del país sudamericano, un sucesor del rey Pelé, un diamante del país cinco veces campeón del mundo, que no tiene nada que envidiar a sus gloriosos predecesores.
Kaká es la elegancia natural, la clase en estado puro, una desconcertante facilidad en su manera de acariciar la pelota, de dominarla, de ver los huecos, de tomar la decisión...
Lejos de las favelas desposeídas, Kaká procede de una familia acomodada y culta. Bosko, su padre, es ingeniero, y se encarga de administrar su carrera y de negociar sus contratos. El futbolista se ha fijado un plan y lo desarrolla fríamente, sin imprevistos, de una manera irresistible. Por eso, es el yerno ideal que no soñaba con convertirse en el mejor del mundo, sino que sabía que iba a ser de forma completamente natural el número uno.
Balones en las venas
Nació en Brasilia en 1982, y se crió en São Paulo, donde sus padres se instalaron cuando él sólo tenía siete años. Como todos los niños de su edad, jugaba espontáneamente al fútbol, y ya demostraba elegancia, aunque sin manifestar una pasión excesiva por el deporte rey. A los quince años decidió que quería hacer carrera en el balompié, si bien no abandonó los estudios. No obstante, tres años más tarde, rozó la muerte al fracturarse una vértebra durante una zambullida mal controlada en una piscina. "Entonces pensé que me había salvado la mano de Dios", escribió en su diario.
Desde aquel día, hace gala de una fe inquebrantable, y nunca deja de mirar hacia el cielo con cada uno de sus logros. Ferviente evangelista, esperó pacientemente a que llegase el 2005 y Caroline, su prometida, cumpliese dieciocho años para casarse con ella en la iglesia más conocida de São Paulo.
En el plano deportivo, todo transcurrió muy rápido. En 2001 ya era titular con el filial del São Paulo, antes de dar el salto al primer equipo a los 18 años y ser convocado por primera vez por el combinado nacional el 31 de enero de 2002, contra Bolivia. La máquina estaba en marcha, y nada la detendría. Durante tres temporadas, Leonardo, el ex jugador del AC Milan, siguió atentamente la evolución de Kaká, y logró convencer a su familia para que se fuese al Calcio en el verano de 2003. Su título mundial con la Seleção en 2002 y sus 48 goles en 131 partidos con el São Paulo avalaban su talento.
Una meteórica adaptación
Para él no hubo período de adaptación. Con Kaká, todo se vuelve fácil, como su fútbol. Fue la revelación del ejercicio 2003/04 con el Milan, que conquistó de paso su decimoséptimo Scudetto. A continuación tomó aire durante una temporada, para luego ganar la Liga de Campeones de la UEFA en 2007, proclamándose también máximo realizador. "Es un chico pausado y tranquilo, que no cae ni en la efusión ni en la depresión", explica su entrenador, Carlo Ancelotti. "Es fuerte interiormente, y no hay peligro de que se le suba a la cabeza. Es un gran campeón".
Kaká, además, experimentó las mieles del éxito personal, ya que ser el motor que impulsó la consagración del AC Milán en la Copa Mundial de Clubes 2007 le valió ganar el Balón de Oro adidas, premio al mejor jugador del torneo. El galardón, claro está, le dio un gran espaldarazo de cara a la elección del Jugador Mundial de la FIFA ese año.
Desequilibrio y elegancia
Posicionado detrás de los dos punteros, en una función de "trequartista" -una especie de creador-finalizador a medias-, Kaká suele ser decisivo en el último pase o en el remate. Lo más sorprendente en él es sin duda la simplicidad de sus gestos, perfectos en los aspectos técnicos y ejecutados con una habilidad total y una gran sangre fría.
A pesar de ser operado de su rodilla izquierda el pasado mes mayo, Kaká volvió en plena forma a su función de conectar el mediocampo con el ataque, tanto en su club como en la Seleçao. "Atravieso un momento feliz. Me gusta llevar el balón hacia arriba y retar a los defensas. Es mi fase del juego preferida", comenta sonriendo, como si fuese muy sencillo.
Para Roberto Carlos, "es un jugador de los tiempos modernos, súper completo". Su compañero en el filial del São Paulo, Edmílson, quien alaba "su humildad y su simplicidad", considera que Kaká "tiene un aura de líder que se confirma", y que "debería ser el capitán de la Seleção en los Mundiales de 2010 y 2014".

