En su presentación con el Corinthians a principios de 2010, Roberto Carlos evocó las palabras de su amigo y nuevo compañero de equipo Ronaldo: “Ha llegado un loco más a la banda”. El lateral se refería así al nombre que la afición del club se dio a sí misma recientemente, en un periodo marcado por los vuelcos, en el que animar a este equpo parecía algo propio de desvariados.
En el año en que se convertirá en centenario, los futbolistas y sus seguidores sólo tienen un deseo, que la locura sea máxima. O sea: añadiendo más trofeos a su ya imponente palmarés. Y, quién sabe si con alguna historia más que contar.
El nacimiento de una institución
El Corinthians fue fundado el 1 de septiembre de 1910 por un grupo de cinco obreros del barrio de Bom Retiro, en São Paulo. Su nombre se inspiró en el de un club inglés que estaba de gira por el país, el Corinthian Football Club. Tres años más tarde, tras conocer el éxito en el ámbito local, el club pasó a disputar su primer campeonato estatal. En 1914 conquistó el primer Paulistão y, entre 1922 y 1924, se adjudicó un tricampeonato, algo que nadie había logrado en el Estado de São Paulo.
El progreso realizado dentro del campo requería una estructura mayor fuera de él. Con su sede ya transferida al Parque São Jorge, más al este de la ciudad, alzó otros dos tricampeonatos, entre 1928 y 1930 y entre 1937 y 1939. En los registros del fútbol, sin embargo, no hay un solo club que haya construido su historia únicamente con títulos. Lo que quiere decir, en el caso del Corinthians, que el decenio de 1940 no fue muy provechoso en ese sentido.
La mejor manera de alejar las burlas de los adversarios era responder venciendo. Y tanto mejor con un trofeo inédito, el del Torneo Río-São Paulo de 1950, que ganó el conjunto histórico en el que formaban Baltazar, Carbone, Luisinho y Cláudio Christovam de Pinho. El segundo Río-São Paulo llegó en 1954, acompañado por un título paulista especial, no sólo por conseguirse ante su gran rival, el Palmeiras, sino porque coincidió con las conmemoraciones del cuarto centenario de la ciudad de São Paulo.
La forja de una leyenda
Lo que ningún hincha del Corinthians podría imaginar es que iba a tener que aguardar más de 23 años para vivir una celebración semejante (sin contar el Río-São Paulo de 1966, que acabó compartiendo con los otros tres semifinalistas). Una espera extenuante.
Ni el sonado fichaje de Garrincha esa misma temporada pudo acortarla. El jugador, en declive físico, no fue capaz de levantar al equipo. La competencia tampoco ayudaba: marchaba a pleno ritmo el imparable Santos de Pelé. Y contra el Corinthians su dominio rozó lo insoportable: durante 11 años O Rei permaneció invicto en el clásico. La sequía frente al Santos no concluyó hasta 1968. Pero el título aún tardaría más.
En 1974, el equipo llegó a la final ante el Palmeiras, en la que volvió a ser derrotado, incluso contando con nombres como el centrocampista Rivellino, el guardameta Ado y el lateral Zé Maria, integrantes de la selección brasileña campeona del mundo en 1970. El amargo revés provocó la ira de la afición, de la que ni siquiera se libró Rivellino. Perseguido, el astro se mudó al Fluminense, su contrincante en uno de los partidos más destacados de la historia del club, la semifinal del Brasileirão de 1976.
Miles de aficionados se desplazaron entonces desde São Paulo a Río de Janeiro, protagonizando la llamada “Invasión Corintiana” del Maracaná. Extraoficialmente, se habla de hasta 70.000 seguidores del club presentes en el estadio. Ese apoyo dio sus frutos, y la formación visitante se impuso en los penales. En la final, no obstante, cayó a manos del Internacional. Sólo se alcanzaría la meta en el Paulista de 1977, cuando venció al Ponte Preta mediante un gol que se hizo rogar, tras una confusión en el área, del “Pie de Ángel” Basílio.
En la actualidad
El Corinthians no volvería a estar nunca tanto tiempo sin conquistas. En los últimos 30 años, se hizo con los servicios de estrellas como Sócrates, Casagrande y Zenon —tres de los integrantes de la “Democracia Corintiana”, movimiento histórico que coincidió con la apertura política del país—, además de Neto, Marcelinho Carioca y Carlos Tévez. La entidad acumuló trofeos, pero sin olvidar nunca la determinación que precisó en los tiempos más difíciles.
Ninguna de esas hazañas se equipararía, con todo, a la victoria en la Copa Mundial de Clubes de la FIFA Brasil 2000. Ante rivales como Real Madrid, Manchester United y el Vasco de Romário y Edmundo, el Timão prevaleció al ganar el título en los penales contra los cariocas, en el Maracaná.
Pero el decenio no estuvo marcado solamente por festejos. En 2007, afectado por la desorganización técnica y política, el Corinthians descendió a la segunda división nacional, y tuvo que soportar de nuevo las provocaciones de los oponentes. Aunque en esta ocasión no duraría mucho. Al año siguiente, se proclamó campeón de la Série B y regresó con fuerza a la elite en 2009, para ganar otra vez el Paulistão y la Copa do Brasil, de manera más impresionante si cabe por la presencia de Ronaldo en la punta del ataque.
El Fenómeno aún no había despejado las dudas existentes acerca de la continuidad de su carrera, amenazada por una sucesión de lesiones. Pero, al final, quienes lo sufrieron fueron los zagueros de los demás equipos, y tendrán que seguir padeciéndolo esta temporada, en la que el artillero es una de las bazas de la celebración del centenario. Se han concertado amistosos internacionales, un cronómetro marca la cuenta regresiva en la sede del club, Roberto Carlos ha sido otro refuerzo “galáctico” para el plantel y el equipo se ha conjurado para hacerse con su primera Copa Libertadores.
El estadio
A pesar del cariño con el que la afición se refiere a la Fazendinha, como se conoce al Estádio Alfredo Schürig, hoy en día éste tan sólo se utiliza para los entrenamientos del primer equipo, que disputa la mayoría de sus encuentros en el Estádio Municipal Paulo Machado de Carvalho, el Pacaembu. La actual directiva afirma tener diversas propuestas de proyectos para la construcción de un recinto moderno con capacidad para albergar regularmente a buena parte de su “banda”. De aficionados o locos.



