Resulta difícil pensar en un dolor mayor para un público que el de la decepción. La que implica conmemorar un gran triunfo, nutrir con él la esperanza de vuelos todavía más altos y, en la temporada siguiente, tener que lidiar con un inesperado fracaso.

¿Inesperado? Quizás no tanto para los curtidos y terriblemente apasionados seguidores que acompañan al Sport Club do Recife. A lo largo de su historia, el Leão da Ilha (“León de la Isla”) ya ha vivido un puñado de esas experiencias vertiginosas de pasar de la gloria absoluta a la derrota más sufrida, sin escalas. Y precisamente por esa imprevisibilidad, y la pasión que ésta despierta entre sus aficionados, el equipo rojinegro, sobre todo cuando juega en su Ilha do Retiro, se ha convertido en sinónimo de adversario complicado, sea cual sea el torneo o la situación en que se halle. FIFA.com repasa la historia del Sport para incluirlo en su galería de clubes clásicos.
 
El nacimiento de una institución
Guilherme de Aquino Fonseca regresó a Recife, después de un periodo de estudios en el extranjero, dispuesto a fundar un club que se dedicase a la modalidad que había conocido en Inglaterra: el fútbol. Así nació, en 1905, el Sport Club do Recife, aunque todavía tuvo que esperar diez años hasta la celebración del primer Campeonato Pernambucano.
 
Tras conquistar sus dos primeros campeonatos estatales, en 1916/17, el equipo viajó a Belém do Pará en 1919 para disputar una serie de cinco amistosos. En uno de ellos, contra un combinado Remo-Paysandu, se competía por el trofeo León de Bronce. Para sorpresa de los anfitriones, el Sport se impuso por 1-2, llevándose la estatua a Recife. En el camino de vuelta, un enardecido hincha de Pará rompió el rabo del león, lo que conmocionó a los rojinegros hasta el punto de inspirar la adopción de un nuevo escudo, con ese animal como símbolo del club aguerrido y luchador que entonces empezaba a adquirir fama. En 1937, el Sport inauguró su estadio, la Ilha do Retiro, y el sobrenombre que identifica al club hasta nuestros días se extendió de inmediato: el Leão da Ilha.
 
La forja de una leyenda
Para no dejar dudas sobre la importancia que el Sport Club do Recife alcanzó en el fútbol brasileño, basta con mencionar que dos futuros máximos goleadores de la Copa Mundial de la FIFA comenzaron en él sus carreras profesionales: Ademir de Menezes, “Quijada”, principal artillero de la prueba de 1950, y Vavá, “Pecho de Acero”, delantero centro de la selección brasileña campeona en 1958 (cuando encabezó la tabla de anotadores) y 1962.
 
Sería en el decenio de 1960, sin embargo, cuando el público rojinegro empezó a recorrer su particular montaña rusa. Después de lograr dos campeonatos en 1961/62, el Sport asistió a la conquista de seis títulos por parte de su rival, el Náutico, y cinco de otro adversario histórico, el Santa Cruz. No volvió a levantar el trofeo estatal hasta 1975, gracias a los goles de Dadá Maravilha.

Fue el preludio de una década de 1980 casi perfecta, con el triunfo en tres campeonatos pernambucanos entre 1980 y 1982, pasando por buenas campañas en el Campeonato Brasileiro y, finalmente, el primer momento de gloria nacional, el título brasileño de 1987 y el estreno en una Copa Libertadores de América la temporada siguiente. En 1988 el Leão da Ilha alcanzó la final de la Copa do Brasil, y parecía haberse consolidado entre los candidatos a títulos nacionales. Parecía. En pleno apogeo, llegó el año 1989, y con él, el descenso a la Série B del Brasileirão.
 
Nuevo decenio, y nueva vuelta de la montaña rusa. Enseguida, en 1990, el Sport se adjudicó la segunda división y regresó a la elite. Durante esa época en Brasil se disputaban torneos regionales, y el León mostró su fuerza en la Copa Nordeste con una de las mejores generaciones de talentos que ha reunido nunca, comandada por Juninho Pernambucano. Los rojinegros vencieron en el torneo de 1994, antesala de la victoria en cinco campeonatos estatales entre 1996 y 2000 —año en que el equipo conquistó por segunda vez la Copa Nordeste—. Y después de tantas glorias, ¿qué sucedió en 2001? Una nueva pérdida de categoría en el Brasileirão, claro.
 
En la actualidad
Tras regresar a la Série A del Campeonato Brasileiro, merced a la tercera plaza obtenida en 2006, el Sport retomó su mejor forma. Todo parecía ir rodado, y la Ilha do Retiro fortalecía su fama de terreno inhóspito para cualquier visitante. El ejemplo máximo fue la Copa do Brasil de 2008, cuando Internacional de Porto Alegre, Palmeiras, Vasco y finalmente Corinthians —que vencería en la ida de la final por 3-1— sucumbieron en el feudo del León. El triunfo del Sport sobre el Corinthians por 2-0 ofreció una copa inédita, más valiosa aún por garantizar el derecho de regresar a la Libertadores en 2009.

En el certamen continental, el Sport y su entregada afición brillaron. Los pernambucanos lideraron su grupo en la primera fase, por delante del Palmeiras, con el que se cruzaría en octavos de final. Era hora de sufrir. El cuadro rojinegro perdió a domicilio y, en la Ilha do Retiro, se estrelló contra el poste. Literalmente. Se quedó a un paso de hacer historia. O, más concretamente, a un disparo de Ciro contra la madera, en el minuto 48 del segundo tiempo, y a una actuación histórica del arquero del Palmeiras, Marcos, en la decisiva tanda de penales.
 
La eliminación de la Libertadores pareció poner punto final a una época casi demasiado buena para ser verdad, y que tuvo el desenlace dramático que tan bien conoce el Sport Club do Recife. El descenso a la Série B en 2009 unió al apasionado público rojinegro en torno a una nueva misión. La de remontar de nuevo, en la montaña rusa.
 
El estadio
El estadio Adelmar da Costa Carvalho, la famosa Ilha do Retiro, nació siendo clásico. Su inauguración, el 4 de julio de 1937, coincidió con una inolvidable victoria del Sport sobre el Santa Cruz por 6-5, con un gol decisivo de Haroldo Praça. La Ilha también tuvo el honor de albergar un encuentro de la Copa Mundial de la FIFA, en 1950, cuando fue escenario del Chile-Estados Unidos (5-2). Siempre que sus 35.000 localidades están ocupadas —algo que no es nada raro—, el campo se transforma en una de las ollas a presión más temidas de Brasil.