La historia del Club Deportivo Cruz Azul es digna de una película de Hollywood. El largometraje trataría de cómo un grupo de trabajadores se unió para formar una cooperativa que se convertiría en una de las compañías cementeras más grandes de Latinoamérica, y de cómo el club de esa empresa, un pequeño equipo de la provincia mexicana, se transformó en uno de los grandes del país con base en triunfos, organización e inteligencia.

A partir de su surgimiento en la primera división mexicana, la llamada Máquina Celeste no ha pasado desapercibida. Desde el equipo casi perfecto de los primeros años en el profesionalismo, a la escuadra actual, que tantas veces se ha quedado en la orilla de la gloria en los últimos años, Cruz Azul forma parte de la épica del balompié azteca. En la actualidad, los dirigidos por Enrique Meza encabezan la primera división mexicana buscan de nuevo ese título que tantas veces se le ha escapado. 

Nacimiento del club
El Club Deportivo Cruz Azul fue fundado en 1927, como parte de la oferta deportiva para los trabajadores de la Compañía Cementos Cruz Azul, con sede en la pequeña ciudad de Jasso, Hidalgo. Durante más de treinta años, la escuadra se mantuvo estrictamente amateur, y jugaba frente a las reservas de los equipos de la primera división de aquel entonces. Finalmente, bajo el mando de Guillermo Álvarez Macías, la empresa cementera se transformó en una cooperativa, propiedad de sus trabajadores y, en 1960, se decidió inscribir a la escuadra en la segunda división del balompié azteca.

Los éxitos no tardaron en llegar. Cuatro años más tarde, bajo el mando del húngaro Jorge Marik, los cementeros consiguieron su ascenso a la máxima categoría tras una cerrada batalla ante el Poza Rica. En ese momento, los grandes equipos mexicanos veían con simpatía al recién llegado, con su historia de éxito y autosuperación. Sin embargo, la sensación muy pronto se tornó en asombro y luego en rivalidad. El joven escuadrón cruzazulino tomó a la liga por asalto, y para la temporada 1968-1969 había ganado su primer título bajo el mando de Raúl Cárdenas. 

Mitos y realidades de una pasión
Ese campeonato fue sólo el preludio de lo que sucedería después. Los años setenta fueron propiedad absoluta de los cementeros, que levantaron la corona en seis ocasiones más, empezando en 1970 y terminando en 1980. Cruz Azul arrasó con todo y con todos. A una sólida columna vertebral de futbolistas mexicanos, encabezados por los excelentes defensores Javier Guzmán e Ignacio Flores, se le unieron varios de los mejores extranjeros que han llegado en la historia del país, como el portero Miguel Marín, el central Alberto Quintano y el delantero Eladio Vera, y el equipo se volvió prácticamente invencible.

El dominio fue tal que los cementeros se ganaron el apodo de la Máquina Celeste, y extendieron su esfera de influencia a todo el subcontinente, con tres títulos de la Copa de Campeones de la CONCACAF, en 1969, 1970 y 1971. Pero no sólo eso, el equipo conquistó los corazones del público azteca, con su estilo ofensivo y alegre, y muy pronto rivalizó con el América y el Guadalajara en las encuestas de popularidad. Mucho de ello tuvo que ver con la inspirada decisión de su presidente, Guillermo Álvarez, de mudar al equipo de la pequeña Jasso a la enorme Ciudad de México y su majestuoso Estadio Azteca, convirtiéndolo en un fenómeno nacional.

Los años ochenta, sin embargo, fueron menos amables con los cementeros. En tres ocasiones llegaron a la final de la primera división mexicana, y en todas ellas se quedaron en la orilla de la gloria. Peor aún, fueron los otros tres llamados grandes quienes los apearon. Los Pumas en 1980-81, el Guadalajara en 1986-87 y el América en 1988-89. Con la muerte de su icónico presidente, parecía haberse ido también la magia.

Tras otra final perdida, esta vez en 1994-95 ante el Necaxa, la redención llegó finalmente dos años después. Tras una mudanza al más pequeño, pero más hogareño Estadio Azul en la Ciudad de México, Cruz Azul reinó de nuevo. De los pies de su icónico goleador Carlos Hermosillo, y con un equipo que incluía a futuras glorias como Óscar Pérez y Francisco Palencia, los cementeros vencieron en una épica final al León y consiguieron su octava estrella en el torneo Invierno 1997.

Sin embargo, el regreso a las épocas de gloria no se materializó, aunque el equipo logró volver a robar los corazones de la afición azteca con una histórica campaña en la Copa Libertadores 2001.

Con Pérez y Palencia como estandartes, el goleador paraguayo Saturnino Cardozo en plan imponente y una generación de canteranos inspirados, los cementeros apearon consecutivamente a River Plate y Rosario Central, antes de caer en la final frente al legendario Boca Juniors de Carlos Bianchi, que tuvo que recurrir a los penales, tras ser sorprendido en la mismísima Bombonera (0-1).

En la actualidad
Los años recientes han sido de claroscuros para los aficionados cruzazulinos. Cada temporada, el equipo roza las puertas del cielo, antes de descender al infierno de la manera más devastadora posible. Hasta cinco finales han jugado los cementeros en los últimos tres años, entre la liga y la CONCACAF, y en cada ocasión han fracasado en su intento de dar el último paso que tanto ansían sus aficionados.

Sin embargo, los dirigidos por Enrique Meza no se amilanan, y siguen con el objetivo de romper una sequía de gloria que se extiende ya por 13 largos años. Con una escuadra donde brillan los delanteros Javier Orozco y Emmanuel Villa, además del argentino Cristian Giménez y el internacional mexicano Gerardo Torrado, los cementeros dominan de nuevo la fase de grupos del torneo azteca e, incluso, hasta acaban de cortar una racha de 16 partidos sin vencer al América en el llamado Clásico Joven. Será sólo cuestión de tiempo para que, por fin, el equipo haga honor con vueltas olímpicas a su pasado y su prosapia. 

El estadio
El Estadio Azul de la Ciudad de México es el más antiguo del país aún en funcionamiento, y uno de los mejores escenarios para ver fútbol. Situado en pleno corazón de la ciudad, en la Colonia Nochebuena, parece surgir de entre los edificios y se sitúa al lado de otro inmueble legendario, la famosa Plaza de Toros México. Fue inaugurado en 1947 y tiene un aforo para 35,161 espectadores.