Después de haber sido criticado, satirizado e incluso insultado, antes de ser aplaudido y finalmente idolatrado, Aimé Jacquet puede dar fe de haber pasado por todo el abanico de experiencias posibles como entrenador durante sus cuatro años al frente de la selección francesa. Se hizo con las riendas del equipo en una época en la que el puesto estaba considerado como una especie de cáliz envenenado, cuando Les Bleus venían de fracasar rotundamente en su intento de clasificarse para la Copa Mundial de la FIFA EE UU 1994.

Una vez en el cargo, pronto puso sus miras en alcanzar la supremacía mundial y, a su debido tiempo, acabó cumpliendo su misión. Entonces, antes que aprovechar su triunfo para vender sus servicios al mejor postor, simplemente subió un escalón y asumió el control del sistema nacional de entrenamiento en Francia, antes de tomarse un merecido descanso a finales de 2006. Un puesto a la medida para un hombre tranquilo que hizo entrar en éxtasis a toda una nación en 1998, y cuyo aspecto solemne oculta una intensa y esmerada pasión por el deporte que ha convertido en su vida.

Un talento innato
Mucho antes de aquel verano inolvidable en el que guió a su país a la cima mundial, Jacquet ya había disfrutado de esa carrera como jugador con la que muchos apenas pueden soñar. Sólido centrocampista de corte defensivo, formó parte del gran Saint-Étienne de finales de los 60, y se ganó un puesto en el saber popular del fútbol francés al ayudar a Les Verts a conquistar cinco títulos de Liga y tres de Copa en sus once años en las filas del mítico club. En 1973, finalmente dejó el conjunto del Forez y fichó por el gran rival de la zona, el Olympique de Lyón, donde concluyó su carrera como futbolista.

Profundamente influido por los legendarios técnicos que le dirigieron cuando militaba en el Saint-Étienne (hombres como Jean Snella, Albert Batteux y Robert Herbin), lo más normal era que Jacquet buscara proseguir su trayectoria como entrenador. La primera oportunidad para imponer su visión de cómo debía jugarse al fútbol le llegó a orillas del Garona, donde se hizo cargo del Girondins de Burdeos. Rápidamente condujo a los bordeleses a la década más exitosa de su historia, en la que se proclamaron campeones de Liga tres veces, alzaron la Copa de Francia en dos ocasiones y llegaron dos veces a semifinales de la Copa de Europa y otra a cuartos de final. Como era de esperar, Jacquet se convirtió en una figura muy respetada, tanto entre sus jugadores como entre sus compañeros de profesión.

El hombre ideal para Francia
Tras hacer su parte en Burdeos, Jacquet optó por aplicar sus teorías e ideas como entrenador en equipos menos ilustres, empezando por el Montpellier. De ahí marchó al Nancy, allí donde un tal Michel Platini empezara a atraer la atención del mundo del fútbol. Sin embargo, consecuentemente con su carácter discreto por naturaleza, después decidió que era el momento de apartarse de los focos de atención y, en 1991, aceptó un puesto en el Centro Nacional Técnico y de Entrenamiento (en la 'Direction Technique Nationale'), donde trabajó en pos del desarrollo del fútbol francés más o menos en la sombra. El 15 de julio de 1992, no obstante, fue nombrado ayudante del entonces seleccionador absoluto, Gérard Houllier.

Les Bleus acababan de completar una aventura desastrosa en la Eurocopa de Suecia, y un año después comenzarían una racha de pesadilla, en la que dejaron escapar la clasificación para EE UU 94 al caer en casa ante Israel (2-3) y Bulgaria (1-2). Tras aquel desastre, la confianza de la afición en su selección descendió hasta cotas inimaginables, casi subterráneas, y pocos veían a Francia capaz de conseguir algo destacado en la fase final de la Copa Mundial de la FIFA 1998, aun siendo el país anfitrión. Se necesitaba un nuevo entrenador, alguien que pudiera reconstruir una selección alicaída partiendo de cero y le infundiera ánimos renovados. Una labor colosal, para la que no podía contarse con muchos candidatos. La Asociación Francesa de Fútbol (FFF) decidió que lo mejor era contratar a alguien 'de la casa', con lo que la opción de Aimé Jacquet se imponía abrumadoramente por encima de cualquier otra.

Jacquet se entregó a este considerable reto con entusiasmo, reconstruyendo, lento pero seguro, una selección francesa herida. Demostró que sabía cuándo ser duro, pero también cuándo reconfortar a los jugadores con un abrazo si la ocasión lo requería. Fuera la actitud por la que optara, la meta siempre era la misma: construir una selección mejor. Los frutos del trabajo del nuevo seleccionador pudieron percibirse ya en su primer partido al frente (contra Italia en Nápoles, el 16 de febrero de 1994), donde un conjunto que jugaba con un espíritu y brío nuevos venció 0-1 gracias a un gol de Youri Djorkaeff.

Zidane pasa a ser único
La base principal del éxito de esta nueva selección francesa, sin embargo, se introdujo a finales del verano de 1994, cuando, en el minuto 63 de un amistoso en el que Francia iba perdiendo por 2-0 ante la República Checa, Jacquet hizo debutar como internacional a un jugador de 22 años del Girondins de Burdeos que respondía al nombre de Zinédine Zidane. Media hora después, con dos goles, Zidane sacó a Les Bleus de una situación harto complicada, convirtiendo una previsible derrota en un empate digno de elogio, y haciéndose un hueco a sí mismo de manera espectacular en el panorama internacional.

Por entonces, la responsabilidad de crear el juego del equipo aún recaía en Eric Cantona, un inconformista de enorme talento, pero cuyo carácter puso a prueba la paciencia de más de un entrenador. El 18 de enero de 1995, Jacquet tomó una valiente decisión y, enfrentándose a las críticas, entregó a Zidane el puesto que hasta entonces había sido el coto vedado del hombre a quien los aficionados del Manchester United llamaban 'Le Roi' ("el rey").

El éxito de 1998 empieza a forjarse enla Eurocopa
Francia, tras quedar primera en su grupo de clasificación, acudió a la Eurocopa 96 como una de las favoritas al título. Aunque la formación gala no logró satisfacer esas expectativas -al quedar apeada por penales en la semifinal frente a la gran revelación del torneo, la República Checa-, Jacquet aprendió lo suficiente de la cita inglesa para poner en liza un conjunto aún más fuerte en la Copa Mundial de la FIFA 1998.

Y aprovechó los dos años siguientes de partidos amistosos precisamente para eso. Su objetivo estaba claro y sus acciones muy meditadas; pese a lo cual, una prensa escéptica hizo comentarios despectivos sobre sus "chapuzas". Algunos comentaristas llegaron aún más lejos y, en vez de centrarse en sus decisiones o en sus méritos como técnico, prefirieron atacar al hombre por su personalidad reservada e introvertida. Jacquet nunca cayó en la trampa, y en vez de eso continuó trabajando en pos de su objetivo, que no se reducía a tener una buena actuación en la Copa Mundial de la FIFA 'de Francia', sino a ganarla.

Todos los pasos correctos
Cuando la gran competición echó a rodar, los franceses no tuvieron mayores problemas para superar la primera fase, arrollando a Sudáfrica (3-0) y Arabia Saudí (4-0) y batiendo también a Dinamarca (2-1). Y aunque las cifras muestren que sólo se deshicieron de Paraguay en octavos de final gracias a un gol de oro de Laurent Blanc (sellando un triunfo por 1-0), lo cierto es que los anfitriones controlaron el partido de principio a fin, y habrían obtenido una victoria mucho más holgada de haber estado más certeros en el remate. Después, la apisonadora francesa prosiguió su marcha implacable, superando a Italia (0-0, 4-3 en los penales) y Croacia (2-1) para establecer una gran final contra Brasil.

Una vez allí, Les Bleus no podrían haber soñado con un mejor resultado y, si bien es cierto que la Seleção bien pudo haber visto entorpecida su marcha por la misteriosa enfermedad que aquejó a Ronaldo en la misma mañana del partido, la clara victoria de Francia por 3-0 se produjo por cortesía de los 90 minutos de fútbol más completos de la era Jacquet.

Jacquet, al guiar a su patria hacia la cima mundial, hizo que toda Francia se enfrascara en celebraciones por espacio de un mes, y entonces, siempre el hombre tranquilo, volvió a su querido Dirección Técnica Nacional (de la que se retiró en 2006) con la satisfacción del deber cumplido. Sin perder jamás un ápice de su dignidad, le había dado la respuesta perfecta a todos aquellos que tan mordaces habían sido en sus críticas los años anteriores. Su logro más hermoso, sin embargo, fue el de conseguir unir no sólo a un equipo, sino a una nación entera.

Tácticas
En Francia 98, Jacquet había logrado pulir su innovador esquema de 4-2-1-3 hasta convertirlo en uno de los más sólidos en la historia de la selección nacional francesa. Frente al guardameta Fabien Barthez se alzaba una fantástica línea defensiva de cuatro con Lilian Thuram, Marcel Desailly, Laurent Blanc y Bixente Lizarazu. Estos 'cuatro mosqueteros' desplegaban un marcaje en zona, con Blanc actuando como líbero a la antigua usanza. Por delante de esta zaga de cuatro hombres se situaban Didier Deschamps y Emmanuel Petit, que acaparaban la posesión durante un tiempo incalculable antes de pasar el balón al auténtico cerebro del equipo, Zinédine Zidane. El tridente ofensivo estaba compuesto por un delantero centro (Stéphane Guivarc'h o David Trézéguet) y dos extremos (Thierry Henry y Youri Djorkaeff). Jacquet controló los partidos ante Italia y Brasil en la fase final volviendo al mismo sistema que empleara en la Eurocopa de 1996, con tres recuperadores de balones (Christian Karembeu, Petit y Deschamps) en la medular.