Estamos en el avión de la presidencia de la República italiana. Es 12 de julio de 1982 y la aeronave acaba de despegar de Madrid con destino a Roma. Alrededor de una mesa, a la entrada de la cabina, cuatro hombres juegan a las cartas. A una cierta distancia, el Trofeo de la Copa Mundial de la FIFA preside la escena sobre una pequeña mesa.

Dino Zoff y Franco Causio, que se habían proclamado campeones del mundo un día antes, pasan apuros. Tienen frente a ellos a Sandro Pertini, Presidente de la República, y al comisario técnico de la Nazionale, Enzo Bearzot, con su eterna pipa en la boca bajo su nariz de boxeador, que son grandes conocedores del scopone (juego de cartas tradicional italiano).

Esta estampa ilustra a la perfección la personalidad de Bearzot, sin duda el entrenador más apreciado de Italia. Ante todo humano, siempre muy cerca de sus jugadores, Bearzot siempre privilegió el aspecto lúdico, sin dejarse influenciar en ningún momento por la importancia de aquello por lo que se competía en lo que para él era principalmente un simple juego.

Originario de Ajello de Friuli, en la provincia de Udine, tuvo una muy digna carrera de futbolista profesional, compitiendo al más alto nivel durante más de quince años. Su principal logro fue una convocatoria con la selección en 1955. Actuaba como centrocampista defensivo, y pasó la mayor parte de su carrera en el Inter de Milán y en el Torino, tras haber dado sus primeros pasos en 1946, en la Serie B, con el Pro Gorizia.

Colgó las botas en 1964 e inmediatamente emprendió la carrera de técnico en su club, como preparador de porteros, y luego como segundo entrenador. Después de una rápida experiencia en el Prato (Serie C), acabó siendo responsable técnico de la selección italiana de promesas (en aquel momento, la sub-23). Su ascensión prosiguió a pasos agigantados, y no tardó en convertirse en ayudante del comisario técnico Ferrucio Valcareggi, al que asistió en las Copas Mundiales de la FIFA México 1970 y Alemania 1974.

Tras el fracaso en el torneo de Alemania y un breve intervalo con Fulvio Bernardini, fue nombrado comisario técnico (nombre dado al seleccionador de la Squadra Azzurra) en 1975, puesto que ocuparía hasta 1986, con un nada desdeñable balance de 51 triunfos, 28 empates y 25 derrotas en 104 partidos en el banquillo de la Nazionale.

Frente a las críticas, Italia se cierra
Para sentar las bases de un nuevo grupo, el seleccionador se apoyó, como era natural, en un núcleo de hombres procedentes del Juventus de Turín, que dominaba la Serie A. En la Copa Mundial de la FIFA Argentina 1978, Italia presentó un rostro completamente nuevo, desarrollando un juego mucho más atractivo gracias a la influencia de jóvenes estrellas en ciernes, como Paolo Rossi y Antonio Cabrini.

Con vistas a la Copa Mundial de la FIFA 1982, Bearzot fue construyendo su grupo con paciencia, indiferente a las críticas que se abatían sobre él tras el fracaso del combinado nacional en el Campeonato Europeo de la UEFA organizado en 1980 en la propia Italia. A pesar de los resultados decepcionantes en los partidos de preparación, Bearzot hizo oídos sordos, confirmó a su grupo y se negó a incorporar a nuevos jugadores, como el mediapunta del Inter de Milán Evaristo Beccalossi y el delantero del Roma Roberto Pruzzo.

Y lo que es más, Bearzot dio una nueva muestra de su confianza ciega en su grupo al convocar a Paolo Rossi, que había regresado hacía apenas dos meses a la competición, tras dos años sancionado por su implicación en el escándalo de las apuestas en el fútbol.

Las críticas se redoblaron tras la fase de liguilla, ya que Italia se clasificó con dificultades para octavos de final, con tres frustrantes empates ante Polonia, Perú y Camerún, merced a una mejor diferencia de goles que los africanos. La prensa había abierto la veda, azuzada por la sequía goleadora de Rossi. En su encierro de Vigo, Enzo Bearzot, para evitar cualquier riesgo de polémica, se negó a recibir a los medios (algo aún autorizado entonces por el reglamento de la FIFA). Bearzot aprovechó los tres días de descanso para fortalecer a su grupo, efectuando un colosal trabajo en el aspecto psicológico.

Bearzot, alzado en hombros
Ningún italiano creía entonces en las posibilidades de la Squadra. Y menos aún porque, para llegar a la final, Italia debía eliminar a Argentina, campeona de la anterior edición, reforzada por un joven llamado Maradona, y luego, en caso de victoria, a Brasil, que alineaba ese año a su segundo equipo más potente de todos los tiempos tras 1970, con Zico, Falcão, Sócrates, Cerezo, Júnior o Éder

Pero los italianos, con el ánimo totalmente levantado por su entrenador, recuperarían sus viejos reflejos. Apoyándose en un Dino Zoff intratable en la portería, los azzurri explotaron el más mínimo espacio para lanzar mortíferos contragolpes y superar a unos argentinos que pecaron de exceso de confianza (2-1). No obstante, Paolo Rossi seguía sin ver puerta. No importaba. Bearzot no dio su brazo a torcer y concedió una última oportunidad a su goleador de pólvora mojada

Y, el 5 de julio, en una final anticipada en Barcelona, en el estadio de Sarrià, los tifosi creyeron de repente en el milagro. El tres veces "Santo" Paolo crucificó a Brasil (3-2), dando la razón a su entrenador, que lo había apoyado contra viento y marea. La máquina era ya imparable. Nada podría detenerla.

Rossi encontró otras dos veces el fondo de la red, contra Polonia en semifinales (2-0), y, el 11 de julio, en la final, encarriló el triunfo de la Squadra, que dominó fácilmente a una selección alemana (3-1) agotada por su sensacional eliminatoria anterior ante Francia

Cuando sonó el pitido final, Bearzot fue alzado en hombros por todo el equipo, 44 años después de Vittorio Pozzo.

El ansiado tercer título de Italia
Ese título coronaba siete años de programación técnica, en donde todos los puestos habían sido duplicados. Pero Bearzot, que aprovechó al máximo su carisma y su abnegación en el trabajo, se esforzó por construir un grupo amplio, más que un simple grupo. En once años al frente de la selección absoluta italiana, dejó una profunda huella, que sirvió de base para el trabajo de generaciones de entrenadores, como fue el caso de Azeglio Vicini, su sucesor

Tras el fracaso en la Copa Mundial de la FIFA México 1986, Bearzot optó por renunciar a su puesto. "Para mí era una vocación que, al cabo de los años, se convirtió en una profesión. Hoy en día no encuentro los valores de mi época. Debido al desarrollo del fútbol y a la llegada de poderosos patrocinadores, el dinero ha modificado muchos parámetros.

El perfil del jugador también ha cambiado, sobre todo, en cuanto a la vinculación con su club. Además, los clubes se han transformado en empresas con ánimo de lucro. Y por último, igualmente, el fútbol se ha convertido en una ciencia, no siempre exacta, mientras que para mí sigue siendo ante todo un simple juego".

Enzo Bearzot decidió hacerse a un lado para dedicarse a sus queridos libros de literatura clásica. Pero el 22 de enero de 2002, a la edad de 75 años, dieciséis años después de su jubilación voluntaria, aceptó hacerse cargo del sector técnico de la Asociación Italiana de Fútbol, porque la propuesta surgía "del mundo del fútbol".

"Bearzot ha sido un grande. El mejor técnico del fútbol italiano después de Vittorio Pozzo. Me alegra que esté de vuelta entre nosotros. No debía permanecer alejado del mundo del fútbol", afirmó Claudio Gentile, que reconoció "inspirarse en sus métodos". Bearzot dejó finalmente su cargo en 2005.

Tácticas
Sin ignorar el aspecto físico, Enzo Bearzot siempre puso énfasis en la fantasía y en la técnica. "Para mí el fútbol se juega con dos extremos, un delantero centro y un distribuidor. Esa era mi forma de concebirlo. Elegía a mis jugadores y, a continuación, les dejaba jugar sin imponerles esquemas tácticos. No se le puede decir a Maradona: 'Juega como yo te digo'. Hay que dejarle jugar como él sienta. Con eso basta", explica hoy en día Bearzot. Así, durante la Copa Mundial de la FIFA 1982, Italia solía jugar con un 4-3-3, con Zoff en la puerta; de izquierda a derecha, Gentile, Collovati, Scirea y Cabrini en defensa; Antognoni, Tardelli y Oriali en la media; y Conti, Rossi y Graziani en ataque. Cesare Maldini, Dino Zoff, originario de Friul como él, Marco Tardelli y hasta Claudio Gentile se inspiraron en gran medida en sus métodos.