En un brillante período de cuatro años, Vittorio Pozzo condujo a la selección italiana al triunfo en dos Copas Mundiales de la FIFA y a la conquista de una medalla olímpica, consolidándose como uno de los mejores entrenadores de la historia del fútbol. Il Vecchio Maestro ('el viejo maestro') no sólo construyó un conjunto equiparable a cualquiera de la primera mitad del siglo XX, sino que también fue una figura central en el establecimiento de muchas de las características tradicionales del fútbol italiano: un duro pragmatismo combinado con una sofisticada precisión.
Conocido como un mago de la táctica, Pozzo también fue un líder de éxito. Autoritario, pero paternalista y atento, exigía que sus jugadores pagasen cualquier precio para conseguir una victoria de los Azzurri, incluso aunque muchos de sus pupilos no fueran italianos. El Commissario Tecnico y su equipo de 1934 se impusieron como anfitriones ante un país entero (por no mencionar al dictador fascista Benito Mussolini) que contemplaba todos sus movimientos. Si bien la suerte le acompañó, su actuación estuvo marcada por una voluntad de acero. No obstante, la extraordinaria selección de Francia 38 supuso la auténtica culminación de la visión futbolística de Pozzo.
Se impone una visión
El audaz y joven Pozzo, anglófilo impenitente, descubrió el
fútbol cuando estudiaba en Inglaterra. Después de conducir a los
equipos italianos a los Juegos Olímpicos de 1912 y 1928 en
Estocolmo y París -en la segunda ocasión ganarían una medalla de
plata-, Pozzo fue uno de los primeros seleccionadores absolutos de
los
Azzurri que no tuvo que seguir los dictados de un comité
técnico, en 1929.
En la segunda edición de la Copa Mundial de la FIFA, en 1934, los anfitriones iban bien encaminados tras superar sin problemas a Grecia (4-0 en la competición preliminar) y a Estados Unidos (7-1 en la primera ronda), pero un reñido choque de cuartos de final ante España no pudo dirimirse tras 120 minutos de juego, que terminaron 1-1, y se ordenó una repetición del encuentro al día siguiente. Cuatro jugadores italianos y siete españoles causaron baja, entre ellos el gran guardameta español Ricardo Zamora, y el legendario interior derecho Giuseppe Meazza acabó siendo decisivo con el único gol de un duelo relativamente mortecino.
Un encuentro de semifinales de altos vuelos ante Austria, otra favorita del torneo, acabó siendo deslucido. En un terreno de juego embarrado, lo único que separó a ambos equipos fue un dudoso gol en el minuto 10 por parte de uno de los muchos oriundi (italianos nacidos en Sudamérica) del combinado transalpino, Enrico Guaita. El medio centro creativo de Pozzo, Luisito Monti -otro oriundi, que disputó con Argentina la final de la Copa Mundial de la FIFA 1930- tuvo una actuación excelente, adelantándose a los ataques de un Wunderteam ya entrado en años, a cuyo frente estaba Hugo Meisl, amigo y rival de Pozzo.
En la final, Italia se midió a una hábil selección checa, que se adelantó en el minuto 70 y pudo haberse llevado el trofeo con todo merecimiento. Sin embargo, motivados de forma tan brillante como siempre por Pozzo, los anfitriones lograron la victoria casi únicamente con su fuerza de voluntad. Otro oriundi, Raimondo Orsi, igualó el partido en el minuto 81 mediante un espectacular remate con efecto. En la prórroga, Meazza estaba cojeando y se dedicaba a merodear en solitario, hasta que recibió un pase de Guaita desde un extremo. El centrocampista del Roma cedió el balón para Angelo Schiavio, quien sólo tuvo que introducirlo en la portería a los cinco minutos de la prolongación.
Entre las grandilocuentes celebraciones de Italia, aupado a hombros de sus jugadores, Pozzo sentía sin duda tanta alegría como alivio. A pesar de serle otorgado el título de Commendatore por la grandeza en su profesión tras el torneo, Pozzo dejó claro que aún le quedaba mucho por hacer hasta construir el equipo que quería.
Jugar su fútbol
Después de conquistar la medalla de oro en los Juegos
Olímpicos de 1936, Pozzo e Italia figuraban entre los candidatos al
título en 1938, aunque la plantilla era casi totalmente distinta a
la de cuatro años antes. Más refinado y técnico, el equipo giraba
ahora por completo en torno a los interiores Meazza (ahora capitán)
y Giovanni Ferrari, dos de los tres futbolistas que actuaron en las
dos finales (el otro fue Eraldo Monzeglio). Acompañándolos en
punta, Pozzo había situado al mortífero tándem que formaban el
delantero Silvio Piola y el extremo Gino Colaussi, que marcarían
cinco y cuatro goles respectivamente en el torneo.
El partido más complicado de Italia en el evento de 1938 sería el de la primera ronda, ante una entregada Noruega. Piola logró el gol de la victoria en la prórroga, y Pozzo modificó el equipo para afrontar el complicado choque de la segunda ronda ante Francia en París. Como de costumbre, 'el maestro' estuvo acertado, y el país organizador quedó eliminado con dos goles de Piola. En semifinales, el seleccionador brasileño, Ademar Pimenta, tomó una decisión que se recordaría, al dejar en el banquillo a su pareja atacante titular, Leônidas y Tim, y acabó pagándolo al recibir un 2-1 a manos de una imparable Italia.
Los hombres de Pozzo, afortunados cuatro años antes en la final, le robaron el protagonismo a Hungría en Francia. Abrieron el marcador en el minuto 6 con una jugada fluida, que abarcó todo el campo y culminó en un tanto de Colaussi. El empate de Pal Titkos contuvo la marea italiana, aunque sólo momentáneamente. Meazza dio en bandeja sendos goles a Piola y Colaussi antes del descanso. El estilo más pausado y las tácticas anticuadas de los húngaros quedaron cruelmente en evidencia ante los Azzurri.
Gyorgy Sarosi recortó distancias para los magiares, pero Amedeo Biavati asistió de tacón a Piola, máximo goleador italiano de todos los tiempos, quien, a falta de ocho minutos, perforó la red con un potente zurdazo. Pozzo y sus muchachos, que no gozaban del favor de los hinchas franceses y de los italianos que había entre el público, lo celebraron de forma más íntima que cuatro años atrás. Pero el rostro de Pozzo reflejaba una completa satisfacción.
El exigente entrenador y sus devotos jugadores habían inscrito su nombre en los libros de los récords al convertirse en los primeros que defendían con éxito su título en la Copa Mundial de la FIFA, y también al ganarlo en otro país. Pero la guerra se cernía sobre el horizonte, y Pozzo y sus hombres no tuvieron nunca la oportunidad de repetir, ya que no se jugaría otro torneo en 12 años.
Sobreponiéndose a las vicisitudes sociales y políticas, Pozzo siguió al frente de los Azzurri hasta el verano de 1948, cuando se retiró, a la edad de 62 años. En total, registró 64 victorias, 17 empates y 16 derrotas con la selección a lo largo de su carrera, que se prolongó durante 21 años. Los 64 triunfos y sus 97 partidos en el banquillo constituyen récords nacionales en Italia.
Retomó su profesión de periodista después de retirarse, pero su prestigio como técnico se vio comprometido por lo que muchos vieron como una capitulación ante el régimen fascista de Mussolini. Acabaría haciéndose olvidar regresando a su amada Turín, y murió en 1968, cuatro días antes de Navidad. Figura popular o no, Pozzo ocupa un lugar en la historia de la Copa Mundial de la FIFA junto con su equipo.
Tácticas
Al ver en Inglaterra al medio centro del Manchester
United Charlie Roberts, Pozzo quedó embelesado con la idea de un
sistema con dos centrales y un medio organizador. Inspirándose en
el austríaco Hugo Meisl, Pozzo desarrolló su propia táctica,
conocida como 'el método'. Los equipos de Pozzo se
caracterizaban por confiar menos en el medio centro y más en los
interiores, Giuseppe Meazza y Giovanni Ferrari, para perforar las
defensas, combinando así las formaciones 2-3-5 y W-M que se
utilizaban antes. En los años 1940, el medio centro se convirtió en
un tapón, y a la estrategia se le llamó 'el sistema'. El
nuevo estilo fue el abuelo de la defensa inflexible y los rápidos
contragolpes típicos del juego italiano, y acabó resultado útil en
un fútbol internacional cada vez más acelerado.
