El a menudo denominado 'partido del siglo', la humillación sufrida por Inglaterra a manos de Hungría en el estadio de Wembley en 1953, puede considerarse como el nacimiento de la era del fútbol moderno. Y Gusztav Sebes, el controvertido entrenador de los 'magiares mágicos', fue el hombre que más contribuyó a hacer de ese encuentro un hito en la historia de este deporte.
Además de ser recordado por la belleza de su juego y por el esplendor de los futbolistas de categoría mundial que figuraban en sus filas, el Aranycsapat ('Equipo de oro') húngaro también significó un punto de inflexión en cuanto a táctica, dinámica de grupo y fluidez sobre el terreno de juego. El combinado de Sebes es considerado como uno de los precursores de las escuadras más ágiles e inteligentes de toda la historia.
Como señaló una vez su carismático capitán, Ferenc Puskas: "Cuando atacábamos, atacábamos todos, y cuando defendíamos era lo mismo. Fuimos el prototipo del 'fútbol total'".
Fútbol 'socialista'
Dado el concepto básico del término 'fútbol total',
no es de extrañar que a Sebes, hijo de un zapatero remendón, le
gustara la idea. La noción de que todos los hombres tuvieran un
peso equivalente en el juego y fueran capaces de actuar en todas
las posiciones, encaja perfectamente con los famosos ideales
socialistas del entrenador, que llegó incluso a llamarlo
'fútbol socialista'.
La experiencia de este entrenador como sindicalista en París y Budapest sin duda le sirvió para perfeccionar su también famosa capacidad directiva.
"Si vencemos a los ingleses en Wembley, nuestros nombres se harán legendarios", dijo Sebes. Su magistral labor de motivación en la fase previa al partido de finales de noviembre a menudo discurrió por cauces políticos: los héroes olvidados de la Europa del este iban a jugar en territorio imperialista contra los altivos inventores del deporte rey.
El guardameta de entonces, Gyula Grosics, contaría más tarde: "Sebes estaba muy comprometido con la ideología socialista, y eso se podía palpar en todo lo que decía. De cada partido o competición importante hacía una cuestión política, y a menudo hablaba de cómo la lucha entre el capitalismo y el socialismo se libraba en el terreno de juego como en cualquier otro sitio".
El gobierno comunista de Hungría autorizó a Sebes, que tenía el cargo de Viceministro de Deportes, a controlar completamente la planificación de su equipo, e inspirado por la selección italiana que ganó dos Copas Mundiales de la FIFA antes de la guerra, eligió a la mayoría de sus pupilos a partir de dos clubes, el Honved y el Franja Roja (hoy llamado MTK). También configuró meticulosamente un sistema táctico en torno a la fuerza de sus mejores jugadores, constituyendo una majestuosa sociedad ofensiva con Puskas y su compañero, el delantero centro Sandor Kocsis, respaldada por el escurridizo y veterano mediapunta Nandor Hidegkuti.
La revolución de 1953
Si los argumentos políticos de Sebes desembocaron en su conclusión lógica, también se podría decir que la victoria de 1953 al amparo de las Torres Gemelas de Wembley fue algo parecido a la revolución en una fría tarde de invierno. Inglaterra fue devastada de tal manera que el marcador de 6-3 no reflejó con justicia el abrumador dominio húngaro, y tanto la táctica como la técnica de los visitantes dejaron a los anfitriones impotentes y a sus seguidores en las gradas paralizados por la perplejidad. Los húngaros registraron 35 disparos a puerta contra cinco de Inglaterra, y su gol definitivo, una volea de Hidegkuti, culminó una jugada trenzada compuesta por diez combinaciones concatenadas.
Uno de los futbolistas ingleses más grandes de todos los tiempos, sir Tom Finney, que estuvo en el campo ese día, resumió el partido diciendo que fue como una competición entre "caballos de carreras contra caballos de tiro... Fue la mejor selección nacional contra la que he jugado nunca, un equipo maravilloso de ver con tácticas que no habíamos presenciado nunca antes".
Otra leyenda británica, sir Stanley Matthews, alberga sentimientos coincidentes: "Fue el mejor equipo contra el que he jugado. El mejor de todos los tiempos".
Como para acallar cualquier posible duda, Hungría repitió su humillación de Inglaterra el siguiente mes de mayo, con la aplastante derrota por 7-1 de los hombres de Walter Winterbottom en el Nepstadion de Budapest. El resultado sirvió también para afianzar al equipo de Sebes como claro favorito a alzar el trofeo de la Copa Mundial de la FIFA Suiza 1954, después del impresionante recital que lo había llevado a la conquista de la medalla de oro en el Torneo de Fútbol de los Juegos Olímpicos dos años antes. Los húngaros habían triunfado en Finlandia tras eliminar a cuatro combinados europeos y anotarse 18 goles a favor y tan sólo uno en contra. Se colgaron la medalla de oro después de imponerse por 2-0 a una estupenda Yugoslavia en la final.
El mejor equipo del mundo
Los 'magiares mágicos' también registraron el que fuera periodo sin conocer la derrota más largo de toda la historia del fútbol internacional hasta la década de los 90, que duró cuatro años y 31 partidos (27 victorias). La racha se amplió en la Copa Mundial de la FIFA 1954, donde golearon a Corea del Sur (9-0) y a la República Federal de Alemania (8-3) en la fase de grupos, antes de despachar a dos equipos que habían disputado la edición anterior en 1950, Brasil y Uruguay, por 4-2 en cuartos y en semifinales respectivamente.
Pero, a veces, incluso las mejores epopeyas tienen un final desdichado. Sebes y Hungría fueron obnubilados en la final por un equipo alemán notablemente reformado respecto al que había sufrido el varapalo en la primera fase. Después de que los favoritos se adelantaran en el marcador 2-0 en los primeros ocho minutos, la selección alemana se convirtió en la protagonista del cuento, pues la inspirada Mannschaft igualó la contienda en sólo 10 minutos y consiguió el gol de la victoria a seis minutos para el final.
Debacle
El seleccionador, el equipo y el país entero quedaron destrozados. Según explicó el técnico, fue una cuestión de "mala suerte", y era difícil rebatirle dada la lluvia que inundó Berna a lo largo de todo el encuentro, las lesiones que sufrió su equipo tras un par de encuentros eliminatorios particularmente duros, y el gol del empate que Puskas había revocado a tan sólo minutos para el final. Ello no impidió que Sebes recibiera amenazas de muerte. Eran malos augurios para la selección magiar.
En unas declaraciones anteriores al partido, Sebes, que entonces contaba 48 años de edad, ya vislumbraba el desafío al que se enfrentaba su equipo. "Nuestro peor enemigo, más que la fatiga física, es la tensión nerviosa", declaró. "Nunca me habría imaginado que el Mundial podría ser una prueba de nervios tan grande".
Los nervios traicionaron a los húngaros en el momento decisivo. La derrota por 3-2 en el empapado estadio Wankdorf de Berna fue el principio de su fin, si bien después de la final permanecieron 18 partidos sin perder hasta su caída ante Turquía a principios de 1956. Esa derrota fue seguida de un empate y dos contratiempos más, y Sebes fue despedido. A finales de ese año, los tanques soviéticos invadieron Budapest, Puskas y algunos otros desertaron, y la Guerra Fría se tragó paulatinamente las vidas de muchos miembros del Aranycsapat. Sebes permaneció activo en el fútbol: entrenó a clubes húngaros hasta finales de la década de 1960 y desempeñó cargos administrativos en la UEFA y el Comité Olímpico de Hungría. Pero, tanto para él como para el fútbol nacional, la edad de oro había llegado a su fin.
Tácticas
En la década de 1950, el fútbol húngaro se situaba en la vanguardia de las innovaciones tácticas. Durante aquel tiempo, invirtió la tradicional formación 3-2-5 (conocida como "W-M") y tanto los clubes como la selección de Sebes adoptaron el que sería un prototipo del sistema 4-2-4.
La vieja "W-M" contaba con una delantera compuesta por dos interiores, dos extremos y un delantero centro. En la nueva formación, el delantero centro se retrasaba por detrás de los dos interiores. Un mediocampista se retraía para concentrarse más en labores defensivas y dos medios centros contribuían tanto a la defensa como al ataque.
Sebes adoptó esa táctica y la llevó al ámbito internacional, eligiendo a Nandor Hidegkuti para el papel de delantero centro retrasado, y a Sandor Kocsis y Ferenc Puskas como delanteros avanzados. Sebes también animaba a sus defensas a atacar, y a su guardameta Gyula Grosics a actuar casi como líbero. A veces le llamaban 'el cuarto defensa'. Cabe destacar también que otro húngaro, Bela Guttman, viajó a Brasil, y convenció a los sudamericanos de las ventajas de un sistema 4-2-4 más estándar, que constituyó la base de la magnífica Seleção se coronaría campeona de la Copa Mundial de la FIFA 1958.
