La revolución europea del trotamundos Hogan
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En 1953, los ingleses se consideraban los amos indiscutibles del universo futbolístico. Arrogantes y ensimismados, habían rehusado enviar un equipo a las tres primeras Copas Mundiales de la FIFA, y no admitían ningún tipo de discusión acerca de su condición de potencia preeminente del deporte rey. El hecho de no haber perdido nunca ante un adversario del continente no hacía sino reforzar su sentido de la superioridad, y cuando Hungría llegó para medirse con ellos en noviembre de aquel año, todos creían que sería su próxima víctima.

Pero ese partido no solo hizo añicos los prejuicios ingleses, sino que cambió el fútbol para siempre. Los libros de récords muestran únicamente que los magiares se impusieron por 3-6, pero lo más significativo fue el estilo y la contundencia del triunfo: 35 disparos, por cinco de los anfitriones. Un periódico inglés, The Times, resumió lo que sentían todos los presentes con el titular “Una nueva concepción del fútbol”. “Los 100.000 asistentes hemos presenciado aquí, sin duda, el crepúsculo de los dioses”, escribió su corresponsal Geoffrey Green.

Jackie Sewell, uno de los jugadores que saltaron a la cancha con Inglaterra aquel día, narró maravillado cómo fue enfrentarse a un equipo al que describió como “con mucho, el mejor al que he visto jugar al fútbol”. “Su movimiento era increíble”, afirmó. “Nos bailaron todo el tiempo. Hacían pequeñas triangulaciones, los tuya-mía que todo el mundo intenta hacer ahora. Pero por aquel entonces nadie lo hacía, por lo menos yo nunca lo había visto”.

Por si esa humillante experiencia no mortificase lo suficiente a los ingleses, una confesión de los húngaros posterior al encuentro aumentó su desesperación. Ante la insistencia de los periodistas en conocer el secreto del revolucionario estilo de juego del equipo, Sandor Barcs, Presidente de la Asociación Húngara, explicó: “Jimmy Hogan nos enseñó todo lo que sabemos sobre el fútbol”. El entrenador Gusztav Sebes añadiría: “Hemos jugado al fútbol tal y como nos enseñó Jimmy Hogan. Cuando se escriba nuestra historia futbolística, ese nombre debe figurar en letras de oro”.

Así pues, la ruina de los Tres Leones había sido causada por un compatriota suyo, un hombre venerado por toda la Europa continental, pero cuyas opiniones y métodos habían sido desdeñados en un país que se consideraba omnisciente. La derrota de Inglaterra fue la victoria, además de Hungría, de Austria —donde Hogan había confeccionado junto a Hugo Meisl el gran Wunderteam del decenio de 1930—, Holanda, Suiza —con la que alcanzó cotas sin precedentes— y Alemania. Entre sus discípulos alemanes estaba Helmut Schon, campeón de la Copa Mundial de la FIFA 1974, quien describió a su antiguo mentor en el Dresdner SC como “un magnífico ejemplo de la profesión de entrenador”. Cuando Hogan falleció en 1974, a los 91 años, la DFB llegó a alabarlo como “el padre del fútbol moderno en Alemania”.

En Inglaterra, los que no preguntaban “¿Jimmy qué?” cuestionaban su patriotismo. Así lo admitió Billy Wright, capitán del equipo vencido por Hungría: “Había gente aquel día a la que se le dio por llamarle traidor”. Pero Hogan no había vuelto su espalda a Inglaterra: era su país el que le había dado la espalda a él. De joven, abandonó la vocación al sacerdocio para dedicarse al fútbol, en clubes como Burnley, Bolton Wanderers y Fulham, con el que alcanzó las semifinales de la FA Cup en 1908. Durante una gira veraniega por Holanda, formó parte del equipo del Bolton que arrolló al Dordrecht, y prometió regresar para “enseñarles a jugar”. No faltaría a su palabra.

Poco después de cumplir los 30 años, Hogan ya era el seleccionador de Holanda. Allí, a diferencia de Inglaterra —donde la fuerza y la resistencia se consideraban todavía importantísimas—, tenía discípulos dispuestos a abrazar su idea de que el futuro del fútbol radicaba en los pases, el movimiento y el control de la pelota. De hecho, muchos lo consideran el auténtico padre del “Fútbol Total”, una filosofía presentada más tarde al mundo por Rinus Michels, Johan Cruyff y compañía en los años 1970.

Animado por su éxito en Holanda, Hogan se mudó a Austria para trabajar con Meisl, aunque su evangelización futbolística se detuvo de manera temporal, al ser arrestado —por su condición de “ciudadano enemigo” en Viena— y posteriormente recluido durante toda la Primera Guerra Mundial. Volvió a Inglaterra una vez concluidas las hostilidades, pero el frío recibimiento que tuvo lo convenció para poner de nuevo rumbo a la Europa continental, y se hizo cargo del MTK Budapest. Fue allí donde plantó las primeras semillas de la futura identidad futbolística de Hungría, aunque pronto volvería a dejarse llevar por su impulso de trotamundos, que lo condujo por diversos clubes suizos y alemanes, además de la selección nacional helvética, al mismo tiempo que impartía conferencias e inculcaba su filosofía táctica a equipos de toda Europa.

El deterioro de la situación política en Alemania durante la década de 1930 le hizo regresar a Austria, donde se reunió con Meisl y se propuso construir el Wunderteam cuya elegancia dejó a todos boquiabiertos durante la Copa Mundial de la FIFA 1934 y las Olimpiadas de 1936. Luego llevó su mensaje innovador a Francia, e incluso a África. No regresó definitivamente a Gran Bretaña hasta bien cumplidos los 50 años. Tras una breve etapa en el Fulham, se convirtió en entrenador del Aston Villa.

Ron Atkinson, por aquel entonces en la cantera de los Villanos, recuerda que dejó huella. “Sus métodos de entrenamiento eran revolucionarios en aquella época”, dijo Atkinson, quien también entrenaría, entre otros al Aston Villa y al Manchester United. “Lo hacíamos todo con el balón, algo ajeno a los entrenamientos en aquel momento. Se dice que hay gente adelantada a su tiempo, y sin duda él lo era”.

Su entusiasmo por el fútbol era tal que, ya cerca de 1950 y de cumplir los 70 años, permanecía en activo, esta vez en Glasgow, como entrenador del Celtic. Entre los jugadores que se beneficiaron de sus inimitables métodos en Escocia estaba un joven Tommy Docherty. “Jimmy era un hombre fantástico”, recordó. “Me asombraba su habilidad práctica. Aún de viejo podía acertarle a un cubo desde casi 30 metros. Su llegada al Celtic Park fue lo mejor que me pasó nunca”.

Docherty protagonizaría igualmente una carrera exitosa como técnico, al frente de Chelsea, Manchester United o la selección escocesa. Fue también testigo privilegiado de la magia de Busby, Shankly, Clough o Stein en el fútbol británico. ¿Qué opina pues del lugar que ocupa Hogan entre esos colosos del deporte rey? No deja lugar a dudas: “Era el mejor entrenador que había habido nunca en el mundo”.