Banderas alemanas por doquier, un país eufórico, gente que muestra su orgullo patrio por las calles… Cuando se recuerda la Copa Mundial de la FIFA Alemania 2006, resulta inevitable pensar automáticamente en una Alemania que se reencontró por fin con un patriotismo sano. Acompañada por aficionados de todo el mundo, la anfitriona festejó y expresó su alegría con una sinceridad desconocida hasta entonces.

El significado de este acontecimiento, que tuvo lugar hace casi cuatro años y se convirtió en una histórica “fábula veraniega” en el país de los tricampeones del mundo, traspasa los límites de lo futbolístico. El deporte más popular del mundo se transformó en el catalizador que llevó a toda una generación de alemanes hasta una nueva dimensión emocional. Y si hay un partido que puso de manifiesto este sentimiento durante el certamen, fue el que se jugó en la tarde del 30 de junio en el Estadio Olímpico de la vibrante capital berlinesa.

Frente a una Argentina en estado de gracia, el combinado alemán, al que el seleccionador Jürgen Klinsmann había dotado de una mentalidad ofensiva casi revolucionaria, conquistó un trabajadísimo triunfo en la tanda de penales y obtuvo el billete para la semifinal. Los principales protagonistas de estas horas memorables fueron la emoción, el éxtasis, la frustración y el espectáculo, pero también el cerebro del mediocampo, que desapareció de repente, y un trozo de papel garabateado a lápiz que Lehmann manejaba como un acordeón en el instante supremo. Al final, un entrenador magnífico anunció su despedida mientras que 80 millones de anfitriones se lanzaban a las calles en una noche en la que Alemania redescubrió el entusiasmo y la devoción patrios.

El contexto
Se dijo que volvía el clásico. En la reedición de las finales mundialistas de 1986 y 1990, que se saldaron con un título para cada selección, los argentinos partían como claros favoritos. El equipo entrenado por José Pekerman se había plantado en cuartos de final con una suficiencia pasmosa, tras lograr tres victorias y un empate y marcar 10 goles y recibir sólo 2 en contra. El cuadro sudamericano, que guarda dos campeonatos del mundo en sus vitrinas, se ganó el respeto de sus rivales sobre todo con el aplastante 6-0 que infligió a Serbia y Montenegro en la fase de grupos. No obstante, Alemania estaba lista para contrarrestar la clase albiceleste a base de tenacidad. “Argentina partía como favorita antes del certamen, pero ha tenido la mala suerte de cruzarse con nosotros”, declaró un desafiante Miroslav Klose en la antesala del duelo.

Los pupilos de Klinsmann, en efecto, rebosaban confianza. Empujado por la eufórica afición local, el combinado alemán también llegaba al duelo de cuartos con 10 goles a favor y 2 en contra, aunque con cuatro victorias en su hoja de servicios. El dúo formado por Klose y el joven Lukas Podolski se había revelado como una auténtica garantía en ataque con un total de siete goles. No obstante, aunque Alemania había superado sucesivamente a Costa Rica, Polonia, Ecuador y Suecia, Argentina representaba la primera prueba de fuego del certamen para la selección anfitriona. A fin de cuentas, habían pasado ya casi seis años desde que la escuadra teutona, en la competición preliminar de Corea/Japón 2002, había derrotado por última vez a un gigante del fútbol mundial (0-1 frente a Inglaterra en el antiguo Wembley).

Los enfrentamientos dialécticos previos al choque recordaban a dos boxeadores antes de un gran combate. “No tengo miedo. Los alemanes tienen que demostrar que son buenos”, replicó el delantero Carlos Tévez a las osadas declaraciones de Klose. No sorprendió a nadie que 72.000 electrizados espectadores llenasen el histórico coliseo berlinés para alentar fervorosamente a su equipo desde el primer minuto.

El partido
Con el firme propósito de demostrar en la mismísima “guarida del león” quién era el auténtico rey del torneo, las estrellas de Pekerman comenzaron dominando un partido que desde el primer momento resultó duro y disputado. El cuadro alemán intentó sorprender al equipo más bajo del campeonato (sólo tres jugadores albicelestes superaban los 1,80 metros de estatura) con balones colgados al área, pero no acabó de sentirse cómodo en el campo. Entretanto, el director de la orquesta sudamericana, Juan Román Riquelme, por cuyas botas pasaba casi todo el juego argentino en aquella cita mundialista, no pudo desplegar su fútbol habitual ante el férreo orden germano. En tales circunstancias, Riquelme tuvo que brillar a balón parado, y así lo hizo a los cuatro minutos del segundo tiempo, cuando sacó un córner que Roberto Ayala cabeceó al fondo de las mallas. El gol ponía a la selección anfitriona en desventaja en el marcador por primera vez en el certamen.

Aunque Michael Ballack y sus compañeros se rebelaron contra la amenaza de derrota con un empeño encomiable, los espectadores no tenían la sensación de que los avezados argentinos fuesen a dejar escapar el billete para las semifinales. Pero todo cambió en el minuto 72, cuando Pekerman decidió reforzar su defensa y sustituyó al organizador Riquelme por Esteban Cambiasso. De inmediato, Alemania tomó la sartén por el mango y, ocho minutos después, Klose, quién si no, logró un empate que a muchos se les antojaba ya imposible, convirtiendo el Estadio Olímpico en una caldera en ebullición.

El miedo a cometer el error que les condenase atenazó a los dos equipos en la prórroga, y el duelo, en un clima de enorme tensión, se encaminó sin remedio a la tanda de penales. De repente, los ojos de todo un país miraban a Jens Lehmann, el guardameta que había desplazado al legendario Oliver Kahn en la portería de Alemania poco antes de la prueba reina. “Te deseo mucha suerte. Ahora te toca a ti, tú lo puedes hacer”, le susurró Kahn a su enconado rival con un apretón de manos antes de la decisiva tanda, en un gesto inolvidable para la afición germana. Lehmann vino, vio y venció: en el momento más importante de su carrera, el cancerbero teutón no perdió los nervios y detuvo los disparos de Ayala y Cambiasso, dando así el pase a semifinales a los suyos. Esa noche, el orgullo más sincero desbordó como nunca antes las calles de Alemania.

La figura
“El preparador de porteros, Andy Köpke, escribió la clave en el trozo de papel que acabó haciéndose tan popular”, relata el diario Bild en un extracto promocional de la biografía de Lehmann, que se titula Der Wahnsinn liegt auf dem Platz (La locura yace en el campo) y se publicará próximamente. El guardameta, que acaba de poner fin a su carrera profesional a los 40 años, se convirtió en el héroe del día en Berlín. No obstante, el rango de mito estaba reservado a aquella "chuleta" que el portero, ante los ojos de los lanzadores argentinos, se sacaba de la media una y otra vez.

El legendario pedazo de papel contenía los hábitos de los jugadores rivales a la hora de tirar penales, aunque Lehmann apenas podía entender lo escrito. “Andy, ¿por qué escribes a lápiz? Esto no hay quien lo lea”, pensó el portero antes del lanzamiento de Cambiasso. En cualquier caso, el centrocampista argentino no logró su objetivo y la parada de Lehmann en aquel penal ya forma parte de la historia. El papelito acabó siendo subastado en beneficio de una organización de ayuda humanitaria y Lehmann se convirtió, al igual que Kahn, en todo un ídolo.

Se dijo
“Siempre tuve la sensación de que éramos superiores a Alemania, pero eso no bastó para lograr el triunfo”, José Pekerman, entrenador de Argentina.

“De un portero alemán siempre se espera que pare penales”, Jens Lehmann, guardameta de Alemania.

¿Qué sucedió luego?
El seleccionador argentino, desilusionado, presentó su dimisión después del partido. “Mi etapa se ha terminado. No seguiré”, declaró Pekerman. Entretanto, la tenacidad alemana no fue suficiente para que la “fábula veraniega” tuviese continuidad en semifinales. En Dortmund, el cuadro anfitrión cayó en la prórroga por 2-0 frente a una Italia que acabaría ganando la competición. En la final de consolación, disputada en Stuttgart, Alemania logró el tercer puesto tras imponerse a Portugal por 3-1. No obstante, millones de seguidores alemanes aclamaron en el epílogo a los pupilos de Klinsmann como si se hubiesen proclamado campeones. En la inminente Copa Mundial de la FIFA Sudáfrica 2010, los dos equipos partirán una vez más como favoritos al título.