Gyula Grosics, guardameta de la inolvidable selección húngara del decenio de 1950, siempre fue un adelantado a su tiempo. Este arquero fuera de lo común, innovador tanto en los planos técnico y táctico como en su indumentaria, defendió 86 veces los colores de su país, y no tenía nada que envidiar a su contemporáneo Lev Yashin. Sin embargo, hubo de esperar a alcanzar los 82 años de edad para hacer realidad el sueño de su vida: vestir la camiseta del Ferencvaros.
FIFA.com repasa la trayectoria de un héroe que cumple 86 años este sábado, 4 de febrero... Y que sigue oficialmente en activo.
Procedente de una modesta familia de mineros de Dorog, localidad situada a unos cuarenta kilómetros de Budapest, Grosics estaba llamado a hacerse sacerdote para complacer a su madre, convencida de que se trataba de lo mejor para que progresase en la vida. Pero a veces el fútbol hace milagros, y rompe vocaciones. “En ocasiones la vida reserva sorpresas. A los 15 años, cuando todavía era un niño, ocupé por primera vez la portería del primer equipo del Dorogi. A partir de ese día, el fútbol entró definitivamente en mi vida”, cuenta el pimpante octogenario.
La Pantera supera a la Araña
La vida de Grosics dio un vuelco gracias al fútbol, pero el fútbol daría un vuelco con la guerra. Hungría se había alineado con la Alemania nazi en 1938, lo que frenó la eclosión al más alto nivel del joven Gyula, de 18 años, ya que todos los muchachos de entre 12 y 21 fueron obligados a ir a trabajar a Austria. No regresaría hasta agosto de 1945. Entonces su carrera con el Dorogi FC cobró impulso.
Aunque su potencial físico distaba de ser excepcional (1,77 m), lo compensaba mediante sus reflejos, su seguridad al atrapar la pelota y un gran sentido de la anticipación. Su fuerza residía en su habilidad con el balón en los pies, digna de los mejores futbolistas de campo, que le permitía ser el primero en reactivar el juego del equipo, desde una posición avanzada, en una época en la que los guardametas estaban confinados al área pequeña. Además, cansado de tener que cambiar el color de su camiseta según los encuentros, adquirió la costumbre de vestir siempre de negro.
Esa decisión hizo furor entre los porteros de todo el mundo. El color de su elástica y el aspecto felino de sus intervenciones enseguida le valieron el apodo de “Pantera Negra”, adelantándose a Lev Yashin, quien tuvo que contentarse con ser la “Araña Negra”, por la longitud de sus brazos.
Una derrota y una pesadilla
Convocado por primera vez por su combinado nacional en 1947, Grosics fue uno de los integrantes de una generación de figuras, y maduró en compañía de hombres como Ferenc Puskas, Nandor Hidegkuti, Zoltan Czibor, Sandor Kocsis y demás, con quienes pronto entraría en la historia. Entre la derrota sufrida a manos de Austria (3-5) en mayo de 1950 y la final de la Copa Mundial de la FIFA 1954 contra Alemania Occidental (2-3), los Magiares Mágicos encadenarían una increíble serie de 42 victorias y 7 empates, con triunfos tan resonantes como los dos consecutivos contra Inglaterra (6-3, 7-1), el primer revés infligido a Uruguay en una fase final mundialista (4-2) o la “Batalla de Berna” contra Brasil (4-2), tan solo unos días antes del “Milagro de Berna”, la derrota en la final que marcaría el ocaso de esta increíble escuadra.
El gol de la victoria que anotó Helmut Rahn a seis minutos del pitido final después de un resbalón de Grosics sobre el césped mojado costaría muy caro a la Pantera Negra. “Aun hoy, sigo viviendo la misma pesadilla. No dejo de pensar en aquel gol de Rahn. De repente, me encontré en un abismo…”, confiesa Grosics.
Convertido en persona non grata, continuó defendiendo la meta del Honved y de Hungría durante otras dos Copas Mundiales de la FIFA, la de 1958 y 1962, aunque fue víctima de numerosas trabas administrativas, e incluso de amenazas por parte de las autoridades, y más teniendo en cuenta que no ocultaba su oposición al régimen comunista.
Un partido, un homenaje
Después de la insurrección de 1956, acompañó a sus compañeros en una gira por Sudamérica. A su regreso a Viena, algunos decidieron pasar al oeste, como Ferenc Puskas, que fichó por el Real Madrid, o Kocsis y Czibor, que recalaron en el Barcelona. Grosics, de nuevo sometido a presiones políticas, volvió a su país, donde fue traspasado, sin tener demasiadas opciones, al Tatabanya, un modesto club provincial. Allí permaneció hasta el fin de su carrera, en 1962, manteniéndose como titular de la selección, aunque lamentó inmensamente no haber podido jugar nunca con el Ferencvaros, el equipo más prestigioso de Hungría, debido a la negativa de las autoridades.
Pero los grandes clubes suelen caracterizarse por grandes actos. En 2008, la directiva del Ferencvaros organizó un partido amistoso contra el Sheffield United para que pudiese, por una vez en su vida, figurar en la alineación del equipo. Muy dignamente, vestido de negro como de costumbre, y con el pelo blanco peinado hacia atrás de manera impecable, Grosics, a sus 82 años, se situó simbólicamente bajo los tres palos y tocó un balón antes de ceder su puesto al titular, Adam Holczer.
Tras este homenaje, el Ferencvaros retiró el dorsal número 1 en su honor, y cada temporada incluye su nombre en la lista de jugadores enviada a la Asociación Húngara. Cuarenta y seis años después de colgar los guantes, Gyula Grosics hizo al fin realidad su sueño.

