Siempre que se elabora una lista de los futbolistas africanos más legendarios, el nombre de Abedi Pelé aparece invariablemente en ella, incluso en los elencos más exclusivos. Su técnica, su habilidad, la elegancia de sus movimientos y su sosegada seguridad lo convirtieron en uno de los jugadores más exitosos que jamás hayan salido de África y en uno de los hijos más populares del continente.

Tal era el talento del joven Abedi Ayew, nacido en la pobreza en las afueras de Accra en 1964, que recibió el apodo “Pelé” cuanto todavía jugaba en las sucias y polvorientas calles de su barriada. Siempre precoz, se ganó el aplauso de su nación siendo prácticamente un niño y firmó su primer contrato profesional, con el recién creado Real Tamale United, en 1978. A partir de entonces se sucedieron los logros hasta que colgó las botas más de dos décadas después, reconocido ya como el futbolista ghanés más importante de la historia y uno de los mejores del mundo entero.

A la conquista del mundo
Abedi Pelé atrajo por primera vez la atención de África a los 17 años de edad, cuando contribuyó a la victoria de Ghana en la Copa Africana de Naciones disputada en Libia en 1982. Se trataba del cuarto y último título continental de las Estrellas Negras, pero para Ayew significó el comienzo de una carrera en el fútbol de clubes que lo auparía muy alto y lo llevaría muy lejos: a más de media docena de países y a casi el doble de equipos. Aunque se le asocia principalmente con su éxito profesional en Francia, los africanos amantes del buen fútbol aprecian en lo que valen los recitales que ofreció el jugador en cinco ediciones de la Copa de Naciones (posee el récord de participaciones en la competición).

La más famosa de dichas exhibiciones se produjo en 1992, año en el que Abedi Pelé ganó la Bota de Oro y enardeció al continente como alma y corazón del poderoso ataque de las Estrellas Negras. Se suele destacar su rendimiento en general en aquella competición (y su gol al final de la famosa internada en el partido de cuartos contra el Congo en particular) como uno de las mejores de la historia, equiparable al de Diego Maradona con Argentina en México 86. El astro parecía encaminado a conquistar su segundo trofeo continental, pues Ghana avanzó como una exhalación hasta la gran final, adonde llegó imbatida. Sin embargo, se vio obligado a perderse el encuentro tras ver la segunda tarjeta amarilla durante un recital sublime en semifinales contra Nigeria, y su equipo acabó cayendo en la tanda de penales (11-10) con la que se saldó el partido decisivo contra Costa de Marfil.

Fue en aquel periodo cuando la estrella de Abedi Ayew brilló con más fuerza. Se proclamó Jugador Africano del Año en tres ocasiones consecutivas, entre 1991 y 1993, y se ciñó el brazalete de capitán de la selección nacional en 1990, que llevó con orgullo durante seis años. En total, durante los 16 años que pasó con las Estrellas Negras, amasó el récord de 33 goles en 67 partidos. Pese a su calidad y a su condición de astro mundial, nunca ha honrado con su presencia la fase final de la Copa Mundial de la FIFA. Si bien compitió en cuatro campañas de clasificación entre 1986 y 1998, Ghana no llegó a la fase final hasta la edición de 2006.

Billete a la gloria en Marsella
Tras demostrar su valía con tan sólo 17 años en la Copa Africana de Naciones de 1982, Abedi Ayew se marchó al extranjero a labrarse un futuro. En los cuatro años siguientes, militó en clubes de Oriente Próximo, regresó a África, estuvo en Suiza y aterrizó en Francia, en las filas del Chamois Niortais. En la liga francesa, el ghanés empezó a brillar de verdad en el fútbol de clubes, y fue en ella donde se convirtió en uno de los futbolistas africanos más famosos y admirados de su generación.

Terminado el periodo de aprendizaje en el Niort, y después en el Mulhouse y en el Lille, en 1990 comenzó la época dorada de Ayew en el Olympique de Marsella. En los tres años siguientes, también el club disfrutó de su mejor época de la historia. Al igual que en el equipo de Ghana por aquel tiempo, se convirtió en titular imprescindible, como mediapunta o segundo delantero, del conjunto francés, para el que creó muchos goles y marcó un buen puñado, y al que llegó a capitanear en alguna ocasión. El Marsella ganó varios títulos de liga y alcanzó en dos ocasiones la final de la máxima competición de clubes europea.

En la Copa de Europa de 1991, la contribución de Ayew resultó decisiva para la impresionante victoria de cuartos de final sobre el defensor de título, el Milan. A continuación, el atacante vio puerta en dos ocasiones durante el triunfo en semifinales contra el Spartak de Moscú, aunque su equipo cayó ante el Estrella Roja de Belgrado en la tanda de penales que decidió la gran final. Dos años después, el OM se convirtió en el primer (y todavía único) club francés que ha conquistado el ansiado trofeo continental, con la derrota del Milan en la final. Un saque de esquina de Abedi con la zurda, marca de la casa, originó el único gol del encuentro, obra de Basile Boli. El futbolista africano fue nombrado mejor jugador del partido.

Por una serie de problemas legales del club francés, el ghanés pasó el resto de su carrera de mudanza en mudanza. En cada escala de su periplo, su juego fue igual de impresionante y su figura igual de popular. Una temporada en el Lyon dio paso a dos en Italia con el Torino, donde recibió el título de Mejor Jugador Extranjero, antes de mudarse al 1860 Múnich alemán y, finalmente, regresar a Oriente Próximo. Puede que una carrera tan cosmopolita haya contribuido a hacer de Abeli Pelé el gran embajador del fútbol que es hoy en día, al que sigue íntimamente ligado desde que se retiró a principios de este siglo.

Ayew es el único ghanés que figura entre “Los 100 de la FIFA”, la lista de los grandes futbolistas de la historia que elaboró el otro Pelé. Posiblemente su contribución más importante al fútbol haya sido la inspiración que ha proporcionado a generaciones de africanos que crecieron viéndolo jugar contra los mejores del mundo. Hoy en día, su legado se puede comprobar en los terrenos de juego más importantes de Europa, todos ellos repletos de grandes talentos procedentes de África.