Roberto Baggio es un futbolista inclasificable. Superdotado como un Johan Cruyff, y provisto de un fuerte carácter al estilo de un Eric Cantona, siempre permanecerá en los anales del fútbol de alto nivel como un caso aparte. Il Divino Codino (‘la coleta divina’), un jugador atípico que se quedó a un lanzamiento penal de la gloria suprema, supo hacerse un sitio como verdadera leyenda del fútbol italiano.

La historia de Roberto Baggio es la de un delantero extraordinario por la naturaleza que, sin embargo, tuvo que hacer gala de un coraje increíble para conseguir imponerse a base de sacrificio y de sufrimiento, por culpa de las lesiones recurrentes en la rodilla derecha. Se trataba de un jugador de instinto, que compensaba el no ser especialmente corpulento (1,74 m y 73 kilos) con una técnica individual sin parangón y una inteligencia inusual a la hora de leer el juego. El elegante Baggio ejerció toda su carrera en Italia, desde su debut en el Lanerossi Vicenza (en 1982, en la tercera división italiana) hasta que colgó las botas en el Brescia, en 2004.

Por todos los rincones del planeta, decenas de miles de tifosi sucumbieron a los encantos de este atípico cerebro goleador, que marcó 205 tantos en la Serie A. “Baggio no es un ‘nueve’, pero tampoco un ‘diez’. Es un ‘nueve y medio’”, señaló en su momento Michel Platini, el actual Presidente de la UEFA, al hablar de los comienzos de su sucesor como director de juego del Juventus de Turín.

Italia, a sus pies
Baggio, natural de Caldogno, pequeña localidad del Véneto, hizo sus pinitos futbolísticos en las categorías menores del Lanerossi Vicenza. Allí metió la friolera de 110 goles en 120 partidos, que le sirvieron además para debutar dos años más tarde en el primer equipo, con apenas 15 años. Sin embargo, en el último partido de la temporada 1984/85, contra el Rimini (que a la sazón entrenaba un tal Arrigo Sacchi), sufrió una gravísima lesión en la rodilla derecha. Al cabo de una interminable rehabilitación, tardó un año y medio en regresar a los terrenos de juego. Era el primer capítulo de un rosario de lesiones que, con cada recaída, iba a poner en peligro el resto de su carrera.

Durante aquel largo periodo de baja, el jugador atravesó por una profunda crisis espiritual y, finalmente, decidió convertirse al budismo. “Eso me ayudó a controlar mejor mis pensamientos”, precisó este ferviente budista que antes de los partidos se entregaba a sesiones de meditación en solitario.

A lo largo de cinco campañas, Baggio pasó a defender los colores del Fiorentina (39 goles en 94 encuentros). La Fiore lo había fichado previamente a su lesión, y accedió a esperar 18 meses antes de verlo debutar. Un gesto que el delantero no olvidaría jamás, hasta tal punto que, en abril de 1991, en su primera campaña en el Juventus, se negó a tirar un penal contra la Viola antes de ir a saludar a sus antiguos tifosi, quienes habían digerido mal su marcha a Turín.

Las cinco temporadas que pasó en la Juve fueron las de la consagración y el reconocimiento de su talento, con la conquista de una liga, una Copa de Italia y una Copa de la UEFA, además del brazalete de capitán, un título de Jugador Mundial de la FIFA, 78 goles marcados y su consolidación internacional. Pero al regresar de la Copa Mundial de la FIFA 1994, volvió a lesionarse, tras haber marcado un golazo contra el Padua. En sus cinco meses en el dique seco, asistió impotente a la eclosión de un joven talento a quien el nuevo entrenador, Marcello Lippi, prefería: un tal Alessandro Del Piero…

Contra la voluntad de la afición bianconera, Baggio fue traspasado al Milan, donde, asociado en ataque a George Weah y Dejan Savicevic, se adjudicó un segundo scudetto consecutivo. Sin embargo, a pesar de sus goles, su técnica y su exquisito toque de balón, su progresión siguió viéndose entorpecida por su rodilla, y por una gran incomprensión a cargo de varios de sus entrenadores. “Ya no hay sitio para los poetas en el fútbol moderno”, le espetó Óscar Washington Tabárez cuando, en los albores de la temporada 1996/97, Baggio se quejó por no ser utilizado lo suficiente.

Tras un paso exitoso por el Bolonia, donde anotó 23 tantos en el curso 1997/98 (el mejor total de su carrera), tuvo otra etapa menos destacada en el Inter de Milán, entre 1998 y 2000. Finalmente, Baggio iba a pasar sus cuatro últimas temporadas como futbolista en el Brescia, al que mantuvo en la Serie A con 45 dianas en 95 encuentros. El 16 de mayo de 2004, a cinco minutos de la conclusión del Milan-Brescia (4-2), abandonó el césped por última vez mientras todo San Siro, puesto en pie, le tributaba una prolongada ovación.

La maldición de los penales
Su trayectoria con la Nazionale Azzurra también estuvo marcada por una relación de amor y odio. Tras un debut satisfactorio contra Holanda (1-0), en noviembre de 1988, firmó su primer gol como internacional el 22 de abril de 1989, con un soberbio lanzamiento de falta frente a Uruguay. Durante la Copa Mundial de la FIFA Italia 1990, Azeglio Vicini empezó sentándole en el banquillo. Tras sacarle en el último partido de la primera fase, contra Checoslovaquia, marcó un gol antológico, al partir desde su campo para deshacerse de medio equipo contrario. Fue el gol más bonito del campeonato, y uno de los mejores de la historia de la Copa Mundial.

A pesar de ello, solamente entró en juego en el minuto 73 de la semifinal, saldada con derrota ante Argentina en la tanda de penales. “Vicini me dijo que me veía cansado. ¡Si tenía 23 años! Me habría comido la hierba por ser titular en ese partido”, se lamentaba Baggio. Para consolarse, metió otro gol en el partido por el tercer puesto, contra Inglaterra (2-1).

Cuatro años más tarde, en Estados Unidos, Baggio alcanzó la cúspide de su arte. Sus tantos vitales en los minutos finales de los partidos contra Nigeria y España, más sus dos dianas en la semifinal contra Bulgaria, catapultaron a los tricampeones mundiales hasta la final. Pero Roby se presentó tocado ante Brasil, hasta el punto de tener que ser infiltrado antes del partido. Al cabo de 120 minutos de un partido insípido, fue el último hombre que tomó carrerilla desde el punto fatídico en una nueva tanda de penales. Sin embargo, su lanzamiento se marchó por encima del larguero, poniendo fin así a las esperanzas italianas. “Yo estaba allí en cuerpo y espíritu, y mi concentración era perfecta. Pero me sentía tan agotado que opté por tirar a romperla”, explicó.

De forma simbólica, al cabo de otros cuatro años, inició en Francia su tercera fase final mundialista anotando la pena máxima del empate ante Chile, después de haber servido el primer tanto a Christian Vieri. Sin embargo, 30 años después de la rivalidad Sandro Mazzola-Gianni Rivera en México, Cesare Maldini optó por resolver la disyuntiva entre Baggio y Alessandro Del Piero alternándolos en la titularidad. Aun así, Baggio marcó ante Austria su noveno tanto en una fase final, y esta vez sí transformó su lanzamiento en la tanda de penales contra Francia, en cuartos de final. Pese a todo, la Squadra Azzurra volvió a quedar apeada en ese lance fatídico.

En 2002, el rey de los regresos llegó a acariciar la disputa de una cuarta fase final mundialista, dado que estaba metiendo un gol tras otro en el Brescia. Pero Giovanni Trapattoni, pese a la presión de la opinión pública, no lo seleccionó, e Italia cayó eliminada en octavos de final.

El 15 de mayo de 2004, Roby colgó las botas y se dedicó a su labor de Embajador de Buena Voluntad de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación). De esa forma, se recorrió el mundo para defender importantes causas humanitarias, hasta que, en noviembre de 2010, recibió en Hiroshima el prestigioso World Peace Award, que concede la asamblea de ganadores del Premio Nobel de la Paz. “En comparación con este premio, los demás éxitos personales y profesionales se antojan insignificantes”, comentó entonces Baggio.

Pero Baggio nunca ha abandonado del todo el fútbol italiano y, tras el fracaso de la Nazionale en Sudáfrica, aceptó en agosto de 2010 el puesto de responsable del área técnica de la Asociación Italiana de Fútbol, con atención especial a la formación de los jóvenes jugadores.

Un regreso que suscitó la unanimidad en Italia, todavía nostálgica de las hazañas de este futbolista que rompió moldes.