El bombero se deslizó por última vez por la barra de descenso y fue a despedirse de sus colegas. Era sueco, tenía 27 años, había nacido en una aldea perdida de la costa oriental de su país y se había criado en una casa de una sola pieza, compartida con sus padres y sus nueve hermanos. En aquellos momentos, sin embargo, acababa de conseguir un empleo en la capital mundial de la moda.

Su nueva empresa le había ofrecido un apartamento lujoso, a cargo de la entidad, en el barrio más elegante de Milán; él prefirió un piso sencillo en las afueras. Asistió a su primera reunión de trabajo enfundado en una camisa y unos pantalones anodinos y desparejados; sus colegas lucían fastuosos trajes de Brioni, tan en boga en Italia entre ricos y famosos, lustrosos zapatos de diseño y relojes de lujo. El oriundo de Hornefors era un hombre sencillo y modesto; sus colegas italianos, por su fama y nacionalidad, rezumaban afectación por todos los poros.

Aquel día de enero de 1949, el recién llegado se preguntó si realmente le esperaba un futuro brillante en Lombardía. “Era un mundo muy diferente al mío”, recordaría después. “No sabía si sería capaz de aclimatarme a él”.

Ni plata para balones
Pero si el sueco se sentía un tanto desplazado fuera del puesto de trabajo, sus nuevos compañeros debían aguantarse el complejo de inferioridad dentro de la oficina. La oficina, para Gunnar Nordahl, estaba situada en el interior del área penal del rival. Allí, el infalible delantero marcó 210 goles en 257 partidos de la Serie A, durante los cuales se proclamó máximo goleador de la competición en cinco ocasiones (ningún otro lo ha conseguido en más de tres) y espoleó al Milan a la conquista de dos títulos de liga, el primero de los cuales puso fin a la sequía de 44 años que llevaba el club sin ganar el scudetto.

Nordahl había tenido que desenmarañar los laberínticos vericuetos de la legislación de su país para fichar por el Milan. Lo consiguió, dejó de apagar fuegos y se convirtió en el primer futbolista profesional de Suecia. Sin embargo, los siete años que pasó en Lombardía no fueron el primer capítulo, ni el más excepcional, de su singular aventura.

Esta historia había empezado el 19 de octubre de 1921, el día de su nacimiento en una familia numerosa y relativamente pobre. El padre de Nordahl trabajaba en una fábrica de papel para mantener esposa y diez retoños, todos ellos hacinados en una vivienda minúscula. El hombre ni siquiera podía permitirse el lujo de regalar un balón a sus cinco hijos varones, que acabarían dedicándose al fútbol todos ellos.

Gunnar tendría unos ocho años cuando jugó por primera vez con una pelota de verdad en el colegio, pero muy pronto eclipsó a sus compañeros de clase tanto física como técnicamente. En la adolescencia se puso a trabajar en una cervecería, aunque era sobre los terrenos de juego donde embriagaba a los parroquianos. Alto y fornido, debutó a los 16 años con el Hornefors, un modesto club de su localidad. Tres temporadas, 41 partidos y 68 goles después pasó a ser propiedad del Degerfors, y ni siquiera los rigores de la máxima división de Suecia, donde siguió batiendo porterías con precisión militar, consiguieron ralentizar su meteórico ascenso.

Goles a montones
Para 1944, Nordahl había desarrollado un cuerpazo de 1,81 de estatura y 95 kg de peso. Su arsenal de artillería había crecido a la par. Era temible en el juego aéreo, y sus voleas se colaban invariablemente hasta el fondo de las porterías. Aquel mismo año, contra el Malmo, acaeció un prodigio: tanta potencia imprimió a su disparo que el balón perforó con violencia las mallas y siguió volando en trayectoria endiablada hasta lo alto de las gradas. El entonces vigente campeón de Suecia corrió a hacerse con su firma, al igual que el IFK Norkopping, el equipo que al final conquistó sus favores porque le ofreció además un empleo de bombero en la ciudad.

Nordahl marcó 87 goles en 85 partidos de liga con el IFK, al que propulsó hasta el título en cada una de las cuatro temporadas que pasó en el club, y en todas ellas se proclamó máximo anotador de la competición. Ningún otro hombre ha conquistado tantas veces la bota de oro del campeonato; ningún otro hombre ha marcado jamás en un solo partido más goles que los siete que él endosó al Djurgardens en una victoria por 11-1 en 1945.

Nordahl estableció también copiosos récords con la selección de Suecia, con la que debutó en 1942 y a la que brindó 43 tantos en 33 partidos. Su apogeo internacional se produjo en el Torneo Olímpico de Fútbol de Londres 1948. El infalible Ernst Ocwirk era el creador de la selección de Austria; John Hansen y Faas Wilkes, dos máquinas de hacer goles, tiraban respectivamente de Dinamarca y Holanda. Eran los favoritos. ¿Suecia? Nadie conocía a los suecos.

El mundo no tardó mucho en enterarse de quiénes eran. Diez minutos, de hecho, necesitó Nordahl para conceder a los suyos una ventaja de dos goles y encarrilar la definitiva victoria por 3-0 contra Austria. En cuartos de final, la República de Corea cayó por un apabullante 12-0 y, a continuación, Dinamarca quedó eliminada por 4-2. Suecia concertó así una cita con Yugoslavia en la gran final, que se adjudicó por 3-1. El séptimo gol de Nordahl en el torneo, del que se proclamó máximo anotador ex aequo, otorgó el triunfo a los suecos ante los 60.000 aficionados que abarrotaban Wembley.

“Nordahl había nacido para marcar goles”, declaró el co-entrenador de aquel equipo que se colgó la medalla de oro, George Raynor. “No era el más atlético, pero tenía mucha inteligencia para abrirse huecos y podía meter el balón en la meta con los ojos tapados. Si hubiera jugado con nosotros en 1950, estoy convencido de que habríamos llegado más lejos que al tercer puesto [Suecia terminó tercera por detrás de Uruguay y Brasil en aquella edición de la Copa Mundial de la FIFA]”.

Un hito detrás de otro
Nordahl se marchó de Suecia y se hizo profesional en 1949, una decisión que lo alejó definitivamente de la selección. Si bien en aquellos días sus compatriotas lamentaron la elección, a la larga toda la nación se benefició de ella. Aquel traspaso abrió las puertas de Italia a la larga lista de jugadores suecos que llegarían después.

Ninguno de ellos, no obstante, ha conseguido acercarse ni de lejos a las proezas del artillero. Gunnar Nordahl se estrenó en el Milan durante el partido de la victoria por 3-2 contra el Pro Patria. Ni que decir tiene, también vio puerta en su debut. Fue el primero de los 16 goles en 15 encuentros que subió a su cuenta particular durante el resto de la campaña de 1948/49. Estas cifras convencieron a los Rossoneri de que debían “persuadirlo” para que firmara con ellos un nuevo contrato a los seis meses de haber llegado al club con un acuerdo de dos años y medio de duración. Además, la entidad siguió las recomendaciones del jugador y fichó a dos de sus antiguos compañeros de selección.

De nuevo juntos, Nils Liedholm, Gunnar Gren y Nordahl formaron la sagrada trinidad del Milan. Con el apodo de Gre-No-Li, el trío resultó fundamental en las conquistas de los campeonatos de liga de 1951 y 1954. “Gren, Liedholm y yo nos entendíamos como por telepatía, una facultad que habíamos desarrollado durante tantos años entrenándonos juntos”, recordaba El Bisonte.

“Cuando llegué a Italia me di cuenta de que, en Suecia, los equipos jugaban mucho más adelantados. Intenté aprovecharme de esa experiencia para abrir espacios en las defensas. [Liedholm y Gren] me cedían pases perfectos al hueco y me ponían en bandeja balones facilísimos, listos para que yo los empujara a puerta”.

La leyenda de Nordahl
El comentario refleja a la perfección la humildad de una de las figuras más modestas de la historia del fútbol. Pero, además, es absolutamente inexacto. Durante la hazaña individual de 1949/50, Nordahl marcó de volea 11 de sus 35 goles (un récord de la Serie A posterior a la guerra).

Tiempo después, Gren comentaría sobre el hombre cuya extraordinaria carrera concluyó tras dos temporadas en el Roma: “Golpeaba la pelota con tanta potencia que incluso podía meter goles con la zurda, su pierna más débil, desde ligeros puntapiés hasta cañonazos espectaculares. Se colaba por huecos que los demás ni siquiera imaginaban que se pudieran abrir. Es uno de los mejores futbolistas que han existido y, en mi opinión, uno de los mejores goleadores”.

Lo que Gren mantiene como una opinión, las estadísticas revelan como hecho constatado: Silvio Piola es el único que ha visto puerta más veces que Nordahl en la Serie A, pero el emblemático italiano necesitó 15 temporadas más para acertar las 49 dianas adicionales; el promedio de 0,77 goles por partido que registró Nordahl supera al de cualquier otro jugador que haya entablado más de 100 contiendas en la competición; su media de 1,3 tantos por encuentro con la selección de Suecia siegue siendo una de las más abultadas de la historia del fútbol internacional.

En septiembre de 1995 se apagó la llama de Nordahl, pero su leyenda vivirá por siempre en Suecia y en Milán; y muy probablemente también muchos de sus múltiples récords.