Ferenc Puskas, considerado el mejor jugador húngaro de todos los tiempos y uno de los más grandes futbolistas que ha participado en la Copa Mundial de la FIFA, fue la principal figura del innovador equipo húngaro que dominó el fútbol mundial a principios de los años 50. Lamentablemente, el gran premio de campeón del mundo eludió siempre a este magnífico delantero; especialmente en la final de la Copa Mundial de la FIFA disputada en Berna, en la que la durante mucho tiempo invicta selección húngara sufrió una histórica derrota ante Alemania por 3-2.

Puskas nació en 1927 en Budapest e inició su carrera futbolística a una temprana edad en el equipo del que su padre fue jugador y entrenador, el Kispest de Budapest. Jugó en el filial con una identidad falsa -Miklos Kovacs- hasta los 12 años, puesto que aún era demasiado joven para poder fichar por el equipo. Sin embargo, no pasaría mucho tiempo hasta que su nombre estuviese en boca de todos en el fútbol húngaro. A los 16 años, el pequeño delantero se había convertido en un habitual en la alineación del primer equipo y, a pesar de su juventud, ya había dejado patentes su ambición y su férrea voluntad. Puskas hizo su primera aparición como internacional a los 18 años frente a Austria. Era el primer partido de Hungría desde la Segunda Guerra Mundial y el primer paso de la incomparable trayectoria futbolística que habría de recorrer la selección nacional.

Un futbolista atípico
Puskas era un futbolista fuera de lo normal en muchos aspectos: bajito, regordete, no demasiado bueno en el juego aéreo y exclusivamente zurdo. Sin embargo, nadie podía negar sus dotes innatas, como demuestran las estadísticas. En 84 partidos con Hungría, Puskas marcó 83 goles, un promedio sin parangón.

Su concurso también fue un motivo de inspiración para el Kispest, que en 1948 se convirtió en el equipo del ejército y pasó a llamarse Honved. Puskas, su delantero estrella, recibió el sobrenombre de "comandante galopante", en clara alusión a su rango militar. Como capitán del equipo, conquistó cinco campeonatos de liga. Puskas jugó en el Honved hasta 1956.

La selección nacional de Hungría dominó el panorama futbolístico a principios del decenio de 1950. En 1952, Puskas colocó a su país en lo más alto del podio olímpico en Helsinki y, con él como capitán, los "magiares mágicos" llegaron a la Copa Mundial de la FIFA Suiza 1954, tras cuatro años de imbatibilidad.

Su victoria más sonada llegó el 25 de noviembre de 1953 en "la cuna del fútbol", el histórico estadio de Wembley, en el que Inglaterra no había perdido nunca contra un equipo de fuera de la isla. Hungría se impuso por un contundente 6-3 en un encuentro que pasó a la historia como uno de los partidos del siglo. Puskas y compañía ofrecieron frente a 100,000 aficionados una maravillosa lección magistral, en la que combinaron pases largos y cortos y se impusieron a los anfitriones, que empezaron desconcertados y acabaron humillados.

El impulso que hace historia
El equipo húngaro, construido alrededor de Puskas, jugaba un fútbol diferente de lo que se había visto hasta entonces. Sin embargo, la humillación inglesa no acabó ahí. No habían pasado seis meses cuando Inglaterra recibió la segunda lección, al caer ante Hungría en el partido de vuelta por 7-1.

Hungría desarrollaba un revolucionario fútbol de ataque con Sandor Kocsis, Nandor Hidegkuti y Puskas. Kocsis y Puskas impulsaban al equipo desde las posiciones de interior derecho e izquierdo respectivamente. Por su parte, el delantero centro Hidegkuti se internaba en profundidad.

Hungría era la favorita indiscutible para Suiza 1954. El llamado "equipo maravilla" tenía la línea atacante más potente del mundo y se apresuró en demostrar su impresionante capacidad goleadora en el torneo de Suiza. Humilló a Corea del Sur por 9-0 en su primer partido, en el que Puskas marcó el primer y el último gol antes de arrasar a un equipo alemán de suplentes por 8-3, en un duelo en el que el capitán volvió a ver puerta. Sin embargo, la victoria frente a Alemania se cobró un precio muy alto: Ferenc Puskas.

La estrella húngara recibió una entrada por detrás del alemán Werder Liebrich, que le lesionó el tobillo e impidió su alineación en cuartos de final y en la semifinal. Puskas tuvo que conformarse con ver desde las gradas cómo sus compañeros de equipo se imponían por 4-2 a Brasil (que pasó a la historia como la reñida "batalla de Berna") y también a Uruguay, dos veces campeona de la Copa Mundial de la FIFA.

No estaba en plena forma
En la final de 1954, todas las miradas estaban puestas en Puskas. ¿Estaría el capitán húngaro a la altura de la ocasión? ¿Se habría recuperado completamente de su lesión? El gran talento húngaro no quería perderse el partido, la cima de su carrera hasta la fecha. Y Puskas jugó, aunque era evidente que no estaba en plena forma.

Los "magiares mágicos" no pudieron empezar mejor el partido. Puskas, que parecía querer acallar a todos los escépticos, abrió el marcador en el minuto seis. Dos minutos más tarde llegaba el 2-0. Sin embargo, bajo la lluvia de Berna, Alemania Occidental replicó. En el descanso el resultado era de 2-2, y a falta de tres minutos Helmut Rahn hizo el tercero de los germanos. Puskas aún tendría tiempo de anotar, pero su tanto fue anulado por fuera de juego. Después de 31 partidos, Hungría caía derrotada. Los que nadie consideraba favoritos se hicieron con la Copa Mundial de la FIFA y le propinaron a Hungría su primera derrota en cuatro años y, además, dejaron a Puskas sin el mayor de los honores.

Tras aquella final, la selección húngara se desintegró gradualmente, y la propia vida de Puskas pronto daría un vuelco. Siguió jugando en Budapest con el Honved, con el que se desplazó a la ciudad española de Bilbao, un viaje que tuvo consecuencias históricas. La edición de la Copa de Europa de 1956 coincidió con un periodo de levantamiento nacional en Hungría y tanto Puskas como una serie de sus compañeros de equipo se refugiaron en Occidente y nunca volvieron a su patria. Tras una sanción de 15 meses sin poder jugar al fútbol, un Puskas de treinta años de edad, más rechoncho y en baja forma, había pasado ya, en opinión de muchos observadores, el apogeo de su carrera.

Asociación de ensueño y final feliz
No obstante, Emil Oestreicher, un viejo amigo de Puskas y su antiguo entrenador en el Honved, llevó al ingenioso delantero al Real Madrid, donde jugaría junto al gran Alfredo Di Stéfano. Ambos acabarían por forjar una de las parejas atacantes más famosas de la historia y convertirían al Madrid en uno de los equipos gigantes de Europa. Perdió 18 kilos en seis semanas, y comenzó el siguiente capítulo de su carrera, enormemente exitoso.

En la era de Puskas, el Real Madrid ganó seis campeonatos de liga y dos Copas de Europa, y alcanzó su mayor gloria en la final de la Copa de Europa de 1960, frente a los 130,000 aficionados que se congregaron en Hampden Park, donde el Madrid venció al Eintracht de Francfort por 7-3. Di Stéfano marcó tres goles en aquel partido, pero fue la noche de Puskas, quien anotó cuatro tantos en aquella victoria legendaria. Cuando terminó la temporada, el jugador había marcado la increíble cantidad de 35 goles en 39 partidos.

En 1962, la selección nacional española convocó a Puskas para disputar la Copa Mundial de la FIFA de Chile. En ella, España pasó por la triste experiencia de terminar en el último puesto, con una única victoria en su haber. El equipo dijo adiós en la liguilla, y Puskas no logró marcar. Continuó en el Madrid hasta 1967, antes de retirarse a los 40 años, después de marcar 324 goles en 372 encuentros con el club español. Posteriormente, como entrenador, conduciría al Panathinaikos hasta la final de la Copa de Europa. Sin embargo, su mayor triunfo personal llegó en 1993, año en que por fin regresó a su patria, Hungría, a los sesenta y seis años.