En el mundo del rugby se distinguen dos clases de jugadores: los que transportan el balón (los delanteros) y los que lo tocan (la línea de tres cuartos). En el fútbol, Franklin Edmundo ‘Frank’ Rijkaard demostró a lo largo de su ejemplar carrera que se podía ser igual de eficaz desempeñando tanto un papel como el otro.

Este producto de la cantera del Ajax de Ámsterdam, tan capaz de defender implacablemente como de abrir el juego y meter goles, se convirtió en el eje motor del Milan de Arrigo Sacchi, pero también en el de una de las mejores generaciones de la Naranja Mecánica. Después de reconvertirse a entrenador, Rijkaard conserva en secreto la esperanza de coquetear una vez más con la Copa Mundial de la FIFA, que nunca ganó en sus dos participaciones como jugador.

En las calles de Ámsterdam
Rijkaard nació el 30 de septiembre de 1962 en Ámsterdam, apenas 29 días después que un tal Ruud Gullit y unas cuantas manzanas más allá, en el barrio de Jordaan. Curiosa coincidencia, teniendo en cuenta que ambos iban a alcanzar la gloria juntos, tanto en el fútbol de clubes como en la selección. Otro punto en común es que los dos tenían un padre originario de Surinam (el de Rijkaard llegó a los Países Bajos en 1950).

Cuando eran críos, coincidieron casualmente en partidos de fútbol por las calles de Ámsterdam, llegando a jugar los dos con la camiseta del modesto equipo de barrio del DWS. Rijkaard, en un papel defensivo donde su corpulencia y su entrega imponían respeto, llamó la atención de Leo Beenhakker, quien se lo llevó al Ajax. En 1980 debutó con el primer equipo a los 17 años, contra el Go Ahead Eagles (triunfo por 2-4), y en ese mismo partido marcó su primer tanto en la Eredivisie.

Beenhakker lo ubicó en el centro de la defensa, una posición que iba a conservar bajo la dirección de Kurt Linder, Aad de Mos y en la primera campaña con Johan Cruyff en el banquillo. Tras erigirse en la auténtica torre de control del equipo, asumió un papel preponderante en la conquista de 7 trofeos entre 1980 y 1987, entre ellos 3 ligas neerlandesas y 1 Recopa de Europa.

Un trío mágico
Sin embargo, la llegada de Cruyff a la dirección técnica iba a provocar que saltasen chispas entre esas dos fuertes personalidades, idolatradas por la afición ajacied. A Rijkaard, resuelto a dejar el Ajax, no le importó marcarse un año casi sabático antes de recalar en el Milan, donde iba a reencontrarse con su colega Gullit y con otro jugador holandés emblemático, Marco van Basten; todo ello bajo la batuta de Arrigo Sacchi. Al técnico italiano le maravillaba ese potente defensa, a quien imaginaba todavía mejor ubicado en el centro del campo junto a Gullit, Carlo Ancelotti y Demetrio Albertini.

Para poner en práctica su proyecto, Sacchi tuvo que luchar con firmeza para imponerlo como tercer extranjero del equipo a su presidente Silvio Berlusconi, quien a su vez, sólo tenía ojos para el argentino Claudio Borghi.

Pero Il Cavaliere no se iba a arrepentir de hacer caso a Sacchi. El repertorio técnico de Rijkaard, su inteligencia táctica, su potencia y, sobre todo, su sorprendente elegancia para un hombre de su estatura (1,90 metros) cautivaron al público de San Siro, que lo rebautizó para sí como el “huracán Frank”. Al juego ofensivo y espectacular de la escuela holandesa, Rijkaard añadía a su abanico de cualidades el rigor defensivo y el pragmatismo italiano.

Además, regularmente se sumaba al ataque; y no sólo para las jugadas a balón parado, donde creaba no pocos problemas a las defensas contrarias. Su concurso resultó decisivo en la final de la Copa de Europa disputada el 23 de mayo de 1990 contra el Benfica, donde marcó el tanto del triunfo. Así, la escuadra rossonera con sabor oranje reinaba en el Viejo Continente gracias a tres neerlandeses que coparon las tres primeras posiciones del Balón de Oro en 1988; un resultado casi igualado al año siguiente, en que únicamente el capitán Franco Baresi logró intercalarse entre Van Basten y Rijkaard.

Un broche de oro inmejorable
Sin embargo, la eliminación en los cuartos de final en 1991, contra el Olympique de Marsella, supuso el comienzo del fin de ese periodo fastuoso. Tras perder la final de 1993 frente al propio equipo marsellés (0-1), Van Basten tuvo que parar por culpa de sus recurrentes lesiones, mientras Gullit y Rijkaard hacían las maletas. Nuestro protagonista regresó como defensa central al Ajax, donde, ironías del destino, se adjudicó su tercera Liga de Campeones en 1995 en detrimento… del Milan. Es más, fue él quien sirvió el gol de la victoria a Patrick Kluivert, a las órdenes de Louis van Gaal. Imposible imaginar un mejor broche de oro para su carrera de jugador.

Con su país, sin embargo, pese a la gran calidad de la plantilla oranje, Rijkaard no coleccionó tantos trofeos. Eso sí, en 1988, fue titular en la única selección holandesa que ha ganado un título, tras imponerse a la Unión Soviética en la final de la Eurocopa. En aquella cita germana, Rijkaard formó pareja con Ronald Koeman en el eje de la defensa. Por cierto, otro guiño de la historia: debutó como internacional el 1 de septiembre de 1981 en Rótterdam contra Suiza, sustituyendo a su amigo Gullit poco después del descanso.

En 73 internacionalidades entre 1981 y 1994, marcó 10 tantos, participó en dos Copas Mundiales de la FIFA (1990 y 1994) y en una segunda Eurocopa, en 1992. En cada una de esas fases finales, Holanda acabó inclinándose ante la futura campeona, y Rijkaard cerró la página de la selección tras perder ante Brasil en los cuartos de final de Estados Unidos 1994 (2-3).

Su carrera de entrenador no está haciendo sino confirmar lo que fue sobre el césped: una perfecta combinación de pragmatismo y elegancia. “Frank ha encontrado el equilibrio entre el buen juego y la eficacia. Al igual que yo, sabe que la suma de talentos individuales no sirve de nada si los jugadores que están sobre el césped no piensan en el colectivo. Es una persona a la que aprecio muchísimo”, declaró Johan Cruyff, dando su aprobación a uno de sus más exitosos sucesores en el banquillo del FC Barcelona. Tras conquistar 2 ligas españolas y 1 Liga de Campeones, Rijkaard dejó su sitio en el equipo azulgrana al concluir la temporada 2007/08 a un tal Pep Guardiola; otro completo jugador que aunaba trabajo con arte en el mediocampo.