El uruguayo Obdulio Varela ha sido uno de los futbolistas más emblemáticos en la historia de la Copa Mundial de la FIFA. El Negro Jefe, como le decían en su época, fue el encargado de capitanear a la selección uruguaya que alcanzó la hazaña del Maracanazo en 1950, encuentro que reivindicó la actitud y el sacrificio charrúa por sobre el Jogo Bonito brasileño.

En aquella final, este volante aguerrido y con voz de mando resultó vital sin haber marcado un solo tanto: desde su rol de líder, con la cinta sobre el brazo, se encargó de manejar psicológicamente la final más emblemática de la historia. Cuatro años más tarde, completó su faena con el cuarto puesto en la edición de Suiza 1954. Con él en cancha, la Celeste no perdió ningún encuentro mundialista.

Hambre de gloria
Divertido sólo ante su entorno más íntimo, Obdulio ganó sus primeras monedas a los ocho años como vendedor ambulante de periódicos. "Los diarios sólo tienen dos cosas verdaderas: el precio y la fecha", decía siempre.

Estudió hasta tercer grado del colegio, aunque llegaría mucho más lejos con la pelota en los pies. Debutó y exhibió su temperamento recio en el modesto Club Deportivo Juventud, donde comenzó a destacarse como volante central, para derivar luego en los profesionales Montevideo Wanderers y Peñarol. En ambos vistió el brazalete de capitán al igual que en la selección, donde ostentó dicho privilegio entre 1941 y 1954.

Sin embargo, su laureada carrera no influyó en su estilo de vida. Por el contrario, al igual que sucediera con otros grandes ídolos de la época, Obdulio Varela nunca disfrutó las mieles del éxito. Como Garrincha, por citar un ejemplo, Obdulio perteneció a la lista de futbolistas fuera de serie que nacieron, crecieron y murieron sumergidos en la pobreza.

El Negro Jefe vistió la Celeste en más de 57 partidos, aunque alcanzó el pico máximo de su carrera en el Maracanazo del 16 de julio de 1950. Aquella tarde, con la obtención de título impensado, nació la verdadera leyenda. La inmortal, que superó ampliamente a la desaparición física del gran capitán el 2 de agosto de 1996.

Una tarde, mil anécdotas
La historia ya es más que conocida. Brasil organizó la Copa Mundial de la FIFA 1950 con un único objetivo: levantar el Trofeo en el Maracaná. Un empate le bastaba a los dueños de casa, ante un elenco uruguayo que llegaba para muchos como mero sparring. Cuenta la leyenda que los directivos uruguayos le solicitaron a sus jugadores que no perdieran por seis goles de diferencia. “Por cuatro está bien”, aclamaron. Allí surgió la primera gran aparición de Obdulio Varela para contrarrestar ese pedido con una arenga para sus compañeros.

Ya en el túnel, consciente de que había más de 170 mil personas en el estadio, el capitán exclamó: “No piensen en toda esa gente, no miren para arriba. El partido se juega abajo y si ganamos no va a pasar nada. Nunca pasó nada. ¡Los de afuera son de palo!”. La charla motivadora rindió sus frutos hasta el minuto 47, cuando Friaca abrió el marcador para los locales. La historia parecía escrita para todos… menos para el capitán.

“Cuando hicieron el gol, Varela corrió treinta metros para tomar el balón y reclamarle una posición adelantada inexistente al juez”, recordaba el desaparecido Roque Máspoli, arquero aquella tarde. Años después, en una de sus pocas entrevistas, el capitán explicó los motivos de semejante puesta en escena: “Sabía que si no enfriaba el partido, nos iban a demoler. Quería demorar la reanudación del partido, nada más. Llevé la discusión al extremo, hasta tuvieron que llamar a un intérprete para que pueda dialogar con el árbitro. El estadio quedó en silencio: ahí supe que podíamos ganar el partido”. Dicho y hecho: Uruguay creció en el juego, Varela se convirtió en dueño y patrón del mediocampo y Juan Schiaffino y Alcides Ghiggia, en los últimos minutos, anotaron para dar vuelta el resultado. La Celeste era bicampeona contra todos los pronósticos.

Obdulio Varela recibió el Trofeo de manos del Presidente de la FIFA, Jules Rimet, en un final insólito sin ceremonia de entrega ni discursos oficiales. Las celebraciones de los uruguayos, por la noche, también tuvieron su particularidad: Varela decidió ausentarse para mezclarse en las calles brasileñas junto a los aficionados locales. “La tristeza de la gente fue tal que terminé sentado en un bar bebiendo con ellos. Cuando me reconocieron, pensé que me iban a matar. Por suerte fue todo lo contrario, me felicitaron y nos quedamos bebiendo juntos”, recordaría años más tarde. Regresó al hotel al amanecer y se sintió aliviado. Su mito, junto al sol, nacía brillante en el horizonte.