Genio indomable dentro y fuera del campo. Y genio en todas las acepciones del término. Hristo Stoichkov es una de esas figuras que no deja indiferente a nadie y que suscita, casi siempre, sentimientos extremos: o se le admira o se le condena.

Considerado el mejor futbolista de la historia de Bulgaria, sin duda, su palmarés avala que su talento con el balón fue indiscutible. El delantero, letal por su velocidad y potencia en el disparo, es recordado por su fuerte temperamento sobre el césped (pero también fuera de él). Un carácter agresivo que bien aplicado le convertía en un jugador revulsivo, que sabía echarse a la espalda a su equipo, que no se rendía jamás y peleaba con la misma intensidad cada balón los 90 minutos de partido. Sin embargo, en su peor vertiente esa agresividad le volvía polémico y le implicó no pocas situaciones conflictivas.

Cielo azul y grana
Nacido en Plovdiv, el 8 de febrero de 1966, Stoichkov empezó a despuntar siendo poco más que un adolescente en la segunda división de su país. Enseguida llamó la atención del mejor equipo de Bulgaria, el CSKA de Sofía donde aterrizó con 18 años. Sólo un año más tarde se vio envuelto en una pelea en la final de la Copa búlgara que casi le cuesta una suspensión de por vida. El castigo se redujo a un mes y a su regreso logró deslumbrar al mundo con su otra cara, la de goleador magistral. Fue Bota de Oro europeo en 1989 tras anotar 38 goles en 30 partidos.

En 1990 se enfundó la camiseta del FC Barcelona, y con su eterno número 8 a la espalda, se convirtió en uno de los iconos del Dream Team dirigido por Johan Cruyff que, entre otros muchos títulos, levantó la primera Copa de Europa de la historia del club azulgrana. Jugó en la Ciudad Condal hasta 1998 (salvo en la temporada 1994/95 que disputó la Serie A con el Parma). Fueron sus mejores años de fútbol. Y eso que arrancó su etapa blaugrana con una suspensión de dos meses por un pisotón a propósito a un árbitro. Pero en Barcelona lo ganó todo, incluido el corazón de la hinchada con sus explosivas arrancadas, su prodigiosa pierna izquierda y su vertiginosa capacidad de regate en carrera.

Ídolo búlgaro
Su cenit como jugador llegó en el año 1994 cuando fue distinguido con el Balón de oro que otorgaba la revista France Football.

Fue también el año de su coronación como héroe nacional al guiar a su selección a su mejor actuación en una Copa Mundial de la FIFA. En Estados Unidos 1994 alcanzaron la semifinales, donde cayeron ante Italia (2-1), y en el partido por el tercer lugar perdieron con Suecia (4-0). A pesar de esa decepción, Stoichkov se llevó a casa la satisfacción de ser el máximo goleador del certamen, distinción compartida con el ruso Oleg Salenko.

Dos años después, aquella generación logró que Bulgaria clasificara a la Eurocopa (1996) tras 28 años de ausencia. Cayeron en primera ronda, pero Stoichkov anotó un gol en cada partido del grupo. Fueron los años dorados del fútbol búlgaro.

El delantero dejó la selecciónen 1999, tras 13 años de servicio, luego de disputar 83 partidos y anotar 37 goles. “Ningún búlgaro llegará tan lejos como yo he llegado”, aseguró con su característico sello a los micrófonos de FIFA.com en 2007.

El salto al banquillo
Puso punto final a su etapa azulgrana en 1999 y regresó brevemente al CSKA. Hasta su retirada definitiva en 2004 vivió experiencias bien dispares: el Al Nasr de Arabia, Saudí, el Kashima Reysol japonés y la MLS fueron los capítulos finales de su carrera sobre el césped.

Pero no quiso alejarse del fútbol y empezó a aprender el oficio de entrenador en su club más querido ya que en Barcelona estableció su lugar de residencia. En julio de 2004 tomó las riendas de la selección búlgara pero rápidamente surgieron los conflictos internos por los choque de carácter con algunos de los jugadores insignia de aquella generación. La mala campaña de clasificación para la Eurocopa 2008 motivó su dimisión en 2007. Entonces asumió el reto de mantener a un maltrecho Celta de Vigo en la Primera División, pero no lo consiguió y apenas duró 6 meses en el club celeste.

Luego llegaría el reto del Mamelodi Sundowns sudafricano en el que dirigió tan solo una temporada y actualmente ocupa el banquillo del Litex Lovech búlgaro. El éxito que vivió como jugador no le ha llegado aun como entrenador, el talento que exhibió pegado a la banda, no luce igual desde el otro lado de la línea de cal. Aun así, el carácter permanece: el que le llena de coraje para motivar a sus pupilos, y el que le mete en más de un problema.

Pero, genio y figura, este es balance de su carrera : "¿Me arrepiento de algo? De muchas cosas, pero jamás bajaré mi guardia, siempre hay alguien que te quiere pasar por encima, en especial los envidiosos".