Un extranjero que iba tambaleándose se subió a un tren con destino a Barcelona. “¿Vamos a Madrid, verdad?”, masculló al pasajero que lo acompañaba mientras se apoyaba en su hombro. Tras quedarse tranquilo, se desplomó en un asiento que estaba libre y se puso a dormir la mona. De haber sabido sus compañeros de viaje que ese chaval de 23 años creía que se dirigía a la capital para fichar por el Real Madrid, se habrían reído a carcajadas. En cambio, si los seguidores culés presentes hubiesen sabido que, en realidad, sí que iba a firmar un contrato con un equipo de fútbol profesional, pero que se trataba de su querido FC Barcelona, tal vez habrían llorado.

Sin embargo, las únicas lágrimas que derramaron los hinchas del Barça por Ladislao Kubala durante la década siguiente fueron de alegría; provocadas por su fascinante repertorio de genialidades, incisivos pases al hueco y disparos demoledores con su pierna derecha, tanto de falta como con el balón en juego. El mediapunta de origen húngaro lideró uno de los mejores equipos en la historia de la entidad azulgrana, y la Kubalamanía condujo a la creación del monumental Camp Nou.

Aquel viaje en tren, en junio de 1950, fue sólo la última etapa de un singular periplo desde su Budapest natal hasta Barcelona. Una odisea que le llevó a eludir el servicio militar, esconderse bajo una lona en la parte trasera de un camión para salir de Hungría, hacerse pasar por un soldado soviético para entrar en Italia, y protagonizar una película sobre sus vicisitudes para escapar del comunismo y practicar el deporte que adoraba.

Kubala hizo sus pinitos a los 18 años como delantero interior en el Ferencvaros húngaro, de donde pasó a despuntar como ariete puro en el Slovan de Bratislava. Allí representó a la selección de Checoslovaquia, antes de regresar a Hungría para librarse del ejército. Tampoco se quedaría mucho tiempo en su país natal, aunque sí lo suficiente para deslumbrar con el Vasas y ser 3 veces internacional con Hungría. Cuando la nación magiar se convirtió en un estado comunista, el joven Laszlo se marchó subrepticiamente hasta Busto Arsizio, la sede del Pro Patria, que entonces militaba en la Serie A italiana. Kubala pidió entrenarse con el equipo, y los dirigentes de la escuadra lombarda le dieron su beneplácito.

“Cuando llegué al entrenamiento, vi que iban a empezar con ejercicios físicos”, contaba Kubala. “Así que fingí que no estaba listo hasta que se pusieron a hacer carrera continua, y entonces empecé a hacer malabarismos con el balón por mi cuenta. El presidente del club me vio y me dijo, medio en broma: ‘¡Si eres capaz de dar 400 toques sin que se te caiga el balón al suelo, te doy mi reloj!’. Se pensaba que era imposible, pero no me lo tuvo que decir dos veces. Derecha, izquierda, derecha, izquierda, con el muslo… luego una serie de toquecitos de cabeza, y vuelta a empezar… 398, 399, 400, sin problema. Después, por si acaso, di de propina una vuelta al campo sin dejar caer el balón. Se quedó alucinado… Y yo también: ¡era un reloj realmente bonito!”.

Al presidente del Pro Patria no le importó; era consciente de que había renunciado a una joya costosa para hacerse con otra de mucho más valor. Su error fue que se entusiasmó demasiado como para guardarse para sí las genialidades de Kubala. Éste no tardó en viajar hacia el suroeste, a un equipo considerado mayoritariamente como el mejor de Europa en aquel entonces. El Torino, que se encaminaba firmemente hacia su quinto Scudetto consecutivo, invitó a Kubala a jugar con ellos un amistoso en Lisboa, contra el Benfica. Sin embargo, a última hora, el de Budapest optó por posponer la oportunidad de jugar en el grande turinés para atender a su hijo, que estaba enfermo. Esa circunstancia le salvó la vida a Kubala, porque el 4 de mayo de 1949, al volver a casa desde la capital portuguesa, toda la plantilla del Torino falleció trágicamente en la catástrofe aérea de Superga.

Gira por España
La siguiente decisión de Kubala consistió en fundar un equipo para exiliados del este de Europa junto con su suegro, Ferdinand Daucik. El Hungaria, que así se llamaba, emprendió una gira que tuvo entre sus primeras paradas la capital española. El equipo perdió por 4-2 ante el Real Madrid, pero Kubala maravilló a Santiago Bernabéu, que inmediatamente le ofreció un lucrativo contrato. Kubala le dijo al presidente madridista que tenía que jugar otros dos partidos en España, pero que luego ficharía por el equipo merengue con una condición: que nombrase a Daucík como entrenador.

‘¿Quién se ha creído que es este húngaro sin equipo para exigir algo así a uno de los clubes más grandes del mundo?’, fue lo primero que pensó Bernabéu, aunque al final antepuso este otro planteamiento: ‘¿Cómo podría el Real Madrid desaprovechar la oportunidad de fichar a un jugador tan extraordinario?’. Por consiguiente, el mandatario blanco le dijo a Kubala que volviese después de esos dos compromisos, y que ya harían algo en relación al tema de Daucík. Los dos se estrecharon la mano.

En uno de esos encuentros posteriores, sin embargo, Pepe Samitier presenció cómo Kubala sembraba el pánico entre los jugadores rivales. El legendario ex delantero del Barça, que en ese momento ejercía como ojeador para el club azulgrana, fue quien, en junio de 1950, engañó a un Kubala ebrio para que pensase que aquel tren se dirigía a Madrid. El exiliado húngaro ya se había despejado cuando el Barcelona le mostró un contrato igual de lucrativo que el del Real Madrid, pero con un incentivo añadido: que Daucik ocuparía su banquillo.

Kubala rubricó el acuerdo y, aunque una sanción le impidió representar oficialmente al equipo hasta un año después, la espera mereció la pena. El Barcelona había quedado 5º en la temporada 1949/50, y fue 4º, a sólo 6 puntos de la zona de descenso, en la campaña previa al debut de Kubala. Sin embargo, en el curso 1951/52 ganó las cinco competiciones que disputó (el mítico Barça de las Cinco Copas), y en la temporada siguiente reeditó el doblete liga-Copa.

“Era sencillamente imparable”, recordaba Joan Segarra, compañero de Kubala en el Barça. “Tenía tal repertorio de jugadas que los jugadores contrarios no tenían ni idea de por dónde podía salir. Era capaz de superar a uno, dos y tres defensas con estilo y comodidad, y luego servir una ocasión en bandeja, o bien remachar el balón a gol él mismo”.

Un coliseo a la altura del espectáculo
El campo de Les Corts, que tenía una capacidad considerable de 60.000 espectadores, se quedó pequeño para saciar la demanda de la Kubalamanía. Por tanto, se empezó a construir el coliseo futbolístico conocido actualmente como Camp Nou, que se llenó hasta la bandera desde su inauguración en 1957 hasta el momento en el que Kubala colgó las botas en 1961. Por entonces, a pesar de la competencia de un Real Madrid considerado por muchos como el más grande de la historia, Laszy había ayudado al Barça a ganar 4 ligas, 5 Copas del Generalísimo (actual Copa del Rey) y 2 Copas de Ferias. Es más, en compañía de Luis Suárez, Evaristo y Sandor Kocsis, convirtió al cuadro blaugrana en el primer equipo que derrotaba al Madrid en la Copa de Europa (los Merengues habían ganado las cinco primeras ediciones), aunque a la postre cayó ante el Benfica en la final de 1961.

Durante su etapa en el Barcelona, Kubala se enfundó la camiseta de España para convertirse en el primer y único jugador de la historia que representaba a tres países distintos. Sin embargo, se perdió por lesión el partido de desempate contra Turquía por un puesto en la Copa Mundial de la FIFA Suiza 1954™ y, después de que la Furia Roja firmase un 2-2 en Roma, un caprichoso sorteo privó a Kubala de la oportunidad de lucir sus impecables cualidades en la máxima competición futbolística.

Por ese motivo, y por el hecho de que (a diferencia de otras leyendas que tampoco pudieron brillar en la Copa Mundial de la FIFA, como Alfredo Di Stéfano y George Best) nunca ganó la Copa de Europa, Kubala sigue sin estar valorado como se merece fuera del este de Europa y de España.

“Estaba ahí arriba, a la altura de Alfredo y de Pelé, como uno de los jugadores más grandiosos en la historia del fútbol”, destacó Ferenc Puskas más tarde. “Y cuando se trataba de hacer malabarismos con el balón, no había quien le ganara. Hasta los aficionados del Real Madrid se quedaban embobados con sus exhibiciones cuando el Barcelona nos visitaba”. Y el propio Di Stéfano añadió al respecto: “Kubala fue uno de los mejores futbolistas que ha habido jamás. Su juego era cristalino, un auténtico placer para la vista”.

Por un escaso margen, el húngaro fue superado por Di Stéfano como el mejor jugador en la historia de la liga española, pero en una votación para elegir al mejor futbolista del Barcelona de todos los tiempos, Kubala obtuvo el primer puesto. Ni siquiera Kocsis, Luis Suárez, Johan Cruyff, Diego Armando Maradona o Romario pudieron privarle de esa impresionante y merecidísima distinción.