Pocos estadios en el mundo pueden jactarse de ser un monumento histórico, además de un simple escenario deportivo. Con su inmensidad de tamaño, majestuosidad arquitectónica y capacidad de aforo, el estadio Mario Filho, más conocido como Maracaná, es uno de ellos. Ubicado en Río de Janeiro y construido para la Copa Mundial de la FIFA 1950, este gigante albergó momentos inolvidables en la historia del fútbol brasileño y mundial.
Para el ambiente futbolístico de Sudamérica, el estadio Maracaná representa un escenario casi inexpugnable y lleno de mística, donde conseguir un triunfo requiere de algo más que una buena actuación. Allí no sólo han brillado jugadores de la clase de Pelé, Garrincha, Zico y Romario, sino que su capacidad para 183,000 espectadores requiere de una fortaleza mental extra para cualquiera que pretenda lucirse.
Estreno agridulce
Con la Copa Mundial de la FIFA como excusa, los brasileños
decidieron poner manos a la obra y construir el estadio más grande
del mundo. La idea, claro está, pasaba por levantar un monstruo de
cemento que sirviese como escenario majestuoso en la obtención del
título. Las obras, comenzadas en 1948, requirieron del esfuerzo de
10,000 obreros. Y su aforo, a la finalización de las mismas,
superaba en 43,000 localidades al estadio más grande construido
hasta entonces: el Hampden Park de Glasgow.
La inauguración se produjo el 16 de junio de 1950 con un partido amistoso y a puertas abiertas que enfrentó a los seleccionados de Río de Janeiro y Sao Paulo. En el triunfo paulista por 3-1, el primer gol fue convertido por Didí. El diario A Noite, en aquella oportunidad, reflejó el orgullo de todos los brasileños: "Hoy, Brasil cuenta con el estadio más grande y perfecto del mundo. Ahora tenemos un escenario de fantásticas proporciones donde el mundo entero puede admirar nuestro prestigio y grandeza deportiva".
Sin embargo, el estreno oficial tuvo lugar con el comienzo de la Copa Mundial de la FIFA. El seleccionado brasileño disputó cinco de sus partidos en ese escenario y apenas uno en el Pacaembú. El equipo que conducía Flavio Costa era el gran favorito a quedarse con el título, y llegó al partido decisivo ante Uruguay con la confianza de quien se sabe campeón: tras golear a Suecia (7-1) y España (6-1), necesitaba un empate para alcanzar su objetivo. El partido se jugó el 16 de julio de 1950 bajo la atenta mirada de 174,000 espectadores, aunque algunos se animan a afirmar que la multitud era aún mayor. Como Joao Havelange, Presidente de la FIFA entre 1974 y 1988, quien se encontraba presente en esa jornada histórica: "ese día habría unas 220,000 personas". Casi el 10 % de la población de Río de Janeiro en esa época...
La fiesta parecía inmejorable con la apertura del marcador por parte de Friaca, pero la reacción Charrúa dejó sin aliento a todo Brasil. Juan Schiaffino y Alcides Ghiggia dieron vuelta el marcador y desataron la mayor tristeza deportiva que se recuerde en la historia del fútbol brasileño. Los medios mundiales llamaron a aquella hazaña uruguaya como el "Maracanazo", título que aún se utiliza cada vez que un equipo derrota a los locales en dicho escenario.
"Hombres hechos y derechos lloraban calladamente tras el partido. Incluso algunos, que se habían ido antes del final del encuentro, con el marcador empatado, salieron creyendo que Brasil ya era campeón. Cuando llegaron a la salida del estadio, el sueño se había esfumado", recordaría nuevamente Havelange.
La leyenda que rodea al Maracaná en aquella tarde cuenta que Jules Rimet, por entonces Presidente de la FIFA, bajó al campo de juego con el trofeo para los brasileños. Cuando llegó hasta el césped, el resultado ya estaba a favor de los uruguayos. Un poco perdido, y sorprendido por el inesperado desenlace, guardó el discurso que tenía preparado y entregó la copa a Obdulio Varela, el héroe uruguayo.
La esperada revancha para los brasileños se produjo el 16 de julio de 1989, cuando en el mismo escenario, el conjunto local se impuso a Uruguay por la final de la Copa América con un gol de Romario.
Escenario compartido, marcas e ídolos
El estadio Maracaná es utilizado por varios de los equipos de
Brasil cuando deben afrontar partidos decisivos, como el Flamengo y
Fluminense. De hecho, el clásico entre ambos equipos, más conocido
como el "Fla-Flu", está considerado uno de los
espectáculos deportivos más espectaculares que puedan presenciarse
en Sudamérica.
Además, el Maracaná fue testigo privilegiado de algunos hechos históricos en la historia del fútbol auriverde. Sin ir más lejos, O Rey Pelé consiguió el famoso gol número 1,000 de su exitosa carrera profesional en esa cancha. Lo convirtió el 19 de noviembre de 1969 con la camiseta del Santos. Su penal, ejecutado contra el Vasco Da Gama en el minuto 34, no sólo desparramó al arquero argentino Edgardo Andrada. Los aficionados y cientos de fotógrafos invadieron la cancha y el partido debió ser parado por unos minutos en los que el astro se paseó en andas de sus compañeros.
Entre las anécdotas tristes pero más significativas, debe mencionarse lo ocurrido el 20 de enero de 1983, cuando Garrincha, uno de los máximos ídolos del fútbol brasileño, falleció y fue velado en el estadio. Miles de fanáticos se acercaron a brindarle un último adiós al delantero.
En 2000, 50 años después del Maracanazo uruguayo, fue una de las sedes utilizadas para el primer Campeonato Mundial de Clubes de la FIFA. La final, con ritmo de samba, enfrentó al Vasco Da Gama y Corinthians, a la postre campeón. 73,000 espectadores asistieron al gran duelo.
