Wynton Rufer colgó las botas hace ya siete años, pero sigue viviendo el fútbol con la misma pasión que lo llevó a firmar su primer contrato profesional con el Norwich City en octubre de 1981. Veintiséis años y medio después, el Jugador del Siglo de Oceanía de la FIFA se encuentra de nuevo en su tierra natal, donde dirige la escuela Wynrs, o Centro de Distinción Wynton Rufer, que él mismo ha creado.

"Distinción" es una palabra que define toda la carrera de Rufer. Durante sus días de futbolista en activo conquistó la Copa de Suiza, la Copa de Alemania, la Recopa de Europa y el campeonato de liga alemán. Ahora se enfrenta a un reto de diferente calibre: formar a jóvenes jugadores para que puedan emular algún día sus éxitos en el fútbol de clubes y en la palestra internacional.

"Mi centro, Wynrs, lleva funcionando once años, desde que me marché de Alemania y regresé a Nueva Zelanda", ha explicado a FIFA.com. "La Copa Mundial Sub-17 de la FIFA que se celebró aquí en 1999 fue la razón de mi vuelta al país. Si la FIFA no hubiera concedido la organización del certamen a Nueva Zelanda, yo nunca habría regresado. De manera que la FIFA es la responsable absoluta de que yo esté aquí ahora".

El centro Wynrs, ubicado en Auckland, imparte formación intensiva, en cursos a jornada completa, a 22 niños de edades comprendidas entre los 7 y los 15 años y proporciona sesiones de entrenamiento, en sus programas para el fútbol de base, a unos 200 o 250 jóvenes por trimestre académico. Hace muy poco, dos de los alumnos de la escuela firmaron contratos con un club de la Premier League inglesa y con otro de la J-League japonesa, respectivamente. Rufer se encarga de dirigir las actividades del centro en el extranjero, pero también saca tiempo de su apretada agenda para entrenar a los chavales y él mismo imparte sesiones de formación al menos un día a la semana.

"Me he puesto como meta en mi camino servir al fútbol ayudando a los jóvenes, y me he dado cuenta de que es una misión a la que hay que dedicar todo una vida", añade. "He creado un curso de formación que instruye en las destrezas con el balón, destinado a los países situados del puesto 80 para abajo en la clasificación de la FIFA. Estoy convencido de que mi curso puede ayudarles a subir a un nivel superior. Es bastante fácil de seguir, y toda la instrucción se centra en la pelota. Eso es precisamente lo que me convirtió en el jugador que fui: trabajar sin descanso con el balón, día tras día".

Pero el centro Wynrs no persigue únicamente el objetivo de descubrir a los futuros Chris Killen o Ryan Nelsen. Rufer también ha llevado su curso a cuatro escuelas situadas en los barrios más abandonados y con más carencias de Auckland. La idea que tiene de la formación futbolística este emprendedor de 45 años no es la de entrenar a los jóvenes para distinguirse en el juego, sino la de impartirles lecciones para distinguirse en la vida.

"Lo mejor de todo es que estamos influyendo en la vida de la comunidad", asegura Rufer, quien también es miembro de la Comisión del Fútbol de la FIFA y embajador de la FIFA contra el racismo. "Las escuelas con las que colaboramos han vivido muchísimas situaciones problemáticas, pero menos mal que, al parecer, esas situaciones se producen con menos frecuencia dondequiera que vamos. A los críos les encanta el deporte y entablan relaciones excelentes con sus entrenadores. Me produce una satisfacción indescriptible ver los cambios que estamos consiguiendo. El programa tiene tanto éxito que incluso hemos recibido más financiación de parte del alcalde de Auckland para que lo ampliemos a más colegios. Los maestros están encantados: el absentismo escolar ha disminuido, la agresividad entre los alumnos ha disminuido, y todo esto gracias a nuestros cursos de entrenamiento".

Gratos recuerdos de una brillante carrera
Rufer está absolutamente convencido de que un entrenador puede influir sobremanera en la vida de una persona. La pregunta es, por lo tanto, obligada: ¿quiénes fueron los entrenadores que más influyeron en su carrera?

"Ottmar Hitzfeld y Otto Rehhagel", responde sin dudar. "Jugué dos años y medio bajo la dirección de Ottmar justo antes de irme a Alemania. Es un técnico extraordinario, excelente a la hora de impartir programas de entrenamiento, y comprende la mentalidad de sus jugadores. Me dio el empujón que necesitaba para saltar a lo más alto del fútbol de clubes europeo. Entonces, empecé a jugar bajo Otto Rehhagel. Sus habilidad para dirigir grupos humanos es absolutamente excepcional, por eso, me parece a mí, ha tenido tanto éxito como entrenador de clubes y como seleccionador de Grecia".

Precisamente bajo la batuta de Rehhagel en el Werder Bremen vivió Rufer el momento del que más orgulloso se ha sentido en toda su carera como futbolista profesional. Curiosamente no tiene nada que ver con trofeos ni medallas, con el fútbol europeo ni premios individuales. Tiene que ver con la infancia y con la profunda huella que el deporte rey puede dejar en este mundo.

"Cuando jugaba en el Werder Bremen, colaboré en la organización de un amistoso en Erfurt, que tenía como objetivo recaudar fondos para un centro católico de acogida de niños", recuerda Rufer. "Después del partido, nos fuimos al centro infantil para asistir a una recepción. Todos los jugadores nos quedamos tan impresionados por lo que vimos allí que invitamos a los chavales a pasar un fin de semana con nosotros en Brema".

"Unas semanas más tarde, cada futbolista acogió a un par de niños en su propia casa. Cuando el entrenador vino a buscar a los críos para llevárselos de vuelta al centro y llegó la hora de despedirnos de ellos, algunos de los jugadores del primer equipo rompieron a llorar. Fue impresionante ver a esos futbolistas profesionales perder el control y echarse a llorar a lágrima viva. El fútbol tiene un poder increíble para derribar barreras".

Cuando Rufer era pequeño, Pelé era el futbolista que más pasiones despertaba en este neozelandés orgulloso de su origen. De mayor, nunca desaprovechó una oportunidad, por minúscula que fuera, de imitar las artes de su ídolo. Por eso, a un joven jugador de 19 años le dio un vuelco el corazón cuando, en la Copa Mundial de la FIFA 1982, Nueva Zelanda quedó emparejada con Brasil.

"¡Jugar contra Brasil! Mi sueño hecho realidad", exclama. "Pero lo más irónico es que yo fui el único miembro de la selección de Nueva Zelanda que se quedó sin conocer a Pelé. Yo estaba sobre el terreno de juego sacando fotos... ¡si es que iba de turista! Pues eso, que estaba yo sobre el terreno de juego del estadio de Sevilla, venga sacar fotos, venga saludar a mi familia en las gradas, y venga hacerme fotos con el público, y mientras tanto Pelé estaba en nuestro vestuario estrechando las manos de todo el equipo. ¡Y yo me lo perdí!".

"No me cabía en la cabeza la mala pata que había tenido. Ahora, por suerte, ya conozco a Pelé y me encuentro con él frecuentemente, gracias a mi colaboración con la FIFA".