En general, ¿qué piensa del acontecimiento que representa la Copa Mundial de la FIFA?
Cuando uno emprende la carrera de jugador profesional, piensa exclusivamente en esta Copa. Pero, sobre todo, se piensa en jugar con la selección y en poder disputar un día la Copa Mundial. Así que, cuando el sueño se hace realidad, cuando se te concede esta suerte, no hay duda de que es un momento extraordinario.

¿Pensaba en ella cuando era niño, en los terrenos de juego de La Castellane, en Marsella?
Como todos los niños, en el barrio nos inventábamos nuestra propia Copa Mundial. Pero, para serle sincero, pensábamos en ella sin pensar en ella realmente. Cuando veía los partidos del Mundial por televisión, nunca pensé que un día sería yo quien estuviera en la pantalla. Sin embargo, más adelante, cuando se tiene la suerte de entrar en un centro de formación y se empieza a entrenar con jugadores profesionales, uno acaba por preguntarse: "¿Y por qué no?".

Por eso trabajé duro, con el objetivo en mente de convertirme en profesional y jugar en la selección francesa. Cuando finalmente participé en la Copa Mundial, tuve muy presente ese recuerdo. El de aquellos tiempos en los que montábamos nuestra Copa Mundial en el barrio, con los amigos, a los que, de algún modo, creo que represento.

¿Se imaginaba que un día llegaría más alto que su ídolo, el uruguayo Enzo Francescoli?
Hay muchos jugadores que han tenido una trayectoria brillante, pero que no han ganado nunca la Copa Mundial. A menudo se trata de una cuestión de contexto: jugar en el equipo apropiado, en el momento preciso. Yo tuve esa suerte. Nosotros teníamos un conjunto extraordinario, que no estaba compuesto únicamente por buenos jugadores de fútbol; mis compañeros de equipo eran, sobre todo, buenas personas. Se respiraba un ambiente buenísimo. Eso es lo que verdaderamente nos aglutinó como equipo y lo que nos permitió ganar.

Cuando se habla de la Copa Mundial, ¿qué es lo primero que le viene a la mente?
Pienso automáticamente en Brasil, en la camiseta amarilla y verde. No en vano, la auriverde ha ganado el certamen en cinco ocasiones.

¿Qué recuerda del primer partido de Francia 1998, frente a Sudáfrica, disputado en el Velódromo de Marsella?
Es un recuerdo especial, porque la víspera, durante el último entrenamiento, estuvimos catastróficos. No hay otra manera de describirlo. Aimé Jacquet estaba muy descontento. Habíamos estado practicando el esquema táctico del partido y nada nos salía bien. Además, soplaba un viento muy fuerte y nos dijimos que si jugábamos así contra Sudáfrica, y durante el resto de la competición, no íbamos a llegar muy lejos. Pero al día siguiente, el estadio estaba a rebosar, y todos nos animaban. Se podría decir que el público nos llevó en volandas.

¿Qué es peor: luchar sobre el terreno de juego en un partido complicado o quedarse en el banquillo ( como fue su caso contra Paraguay) y ver a sus compañeros sufrir, sin poder hacer nada?
Sin duda, es peor estar sancionado, como me sucedió a mí, y sentirse impotente. En varias ocasiones me dieron ganas de saltar al campo. Siempre es mejor estar sobre el terreno de juego, aunque a veces las cosas no salgan bien. Por lo menos, uno se consuela diciendo: "He estado ahí y lo he hecho lo mejor posible". Pero ahí reside también la belleza del fútbol. A veces todo sale bien, y a veces no.

¿Logró conciliar el sueño la noche previa a la final de Francia 1998?
Para serle sincero, no tuve ningún problema. Tampoco recuerdo haber sentido miedo o estrés. Ahí radicaba la fuerza de nuestro equipo, siempre jugábamos por instinto, sin presiones. La mañana del partido, salimos a hacer estiramientos sobre el terreno de juego. Tengo esas imágenes grabadas en DVD y cuando las veo, no tengo la impresión de que fuéramos a jugar una final de la Copa Mundial esa misma tarde.

En el túnel del Estadio de Francia, justo antes de saltar al terreno de juego, Philippe Bergeroo ( la mano derecha de Aimé Jacquet), le dijo: "Chico, éste es tu partido"...
No me acuerdo de esa frase en particular. Philippe nos animaba a todos antes de entrar al campo, era como un ritual. Pero sí que recuerdo perfectamente que la víspera Laurent Blanc vino a mi habitación y me lanzó este discurso: "Hasta ahora, has jugado bien, todo el mundo está de acuerdo. Pero te debes a ti mismo destacar, marcar en un partido. Y qué mejor ocasión que la final". Esas palabras se me quedaron para siempre grabadas en la memoria. Laurent era un gran jugador, un hombre muy apreciado por todo el mundo y al que yo personalmente admiraba mucho. Le aseguro que escucharle decir esas palabras sobre mí supuso toda una inyección de moral.

Incluso con un 2-0 a su favor en el descanso, mantuvo su agresividad sobre el terreno de juego.
Es cierto que no bajamos la guardia. A la vuelta del vestuario nos propusimos, o más bien nos juramos solemnemente a nosotros mismos, que no nos íbamos a relajar. La consigna era: "Si no encajamos ningún gol, seremos campeones del mundo". No nos importaba la manera, lo único que queríamos era no encajar ningún tanto. Y Fabien Barthez estuvo excepcional.

De hecho, en este partido no hubo lugar para las dudas...
No, pero creo sinceramente que no dudamos en ningún momento de la competición. Lo tuvimos claro incluso contra Paraguay, lo cual no fue fácil porque sufrimos hasta el final. Pero no hubo momentos de precipitación o de pánico. Y ya ve, lo conseguimos. Para ganar una Copa Mundial hay que sufrir, pero creo que nos merecimos el triunfo, porque salimos decididos a buscarlo.

Reaccionó de manera distinta al marcar su segundo gol; besó una y otra vez su camiseta. ¿Se sintió aliviado?
Sí, muy aliviado. Porque el primero estuvo bien, pero con un gol, la ventaja se te puede escapar enseguida. Sin embargo, marcar el segundo, justo antes del descanso, nos ayudó a todos; a mí el primero, claro está.

¿Habían trabajado los saques de esquina con Aimé Jacquet?
Él nos repetía a menudo que en los saques de esquina no hay marcaje individual, sino un marcaje en zona y, por lo tanto, hay más posibilidades. En el equipo teníamos hombres muy altos, muy buenos en el juego aéreo, como Desailly, Thuram, Petit. Pero al final fui yo el que marcó dos goles de cabeza. Es extraño, pero eso forma parte del deporte.

¿Qué sintió al escuchar el pitido final?
Una liberación. Pero cuesta darse cuenta. Yo no me lo terminaba de creer y me repetía: "¡Vaya!, ¡Campeón del mundo!". ¡Ah! ¡Qué bonito, qué bonito!

¿Qué representó para usted la fiesta en las calles al día siguiente y su foto sobre el Arco de Triunfo?
Nosotros estábamos en nuestra pequeña burbuja, en Clairefontaine. Allí estábamos concentrados y sólo pensábamos en el fútbol. Casi no leíamos la prensa, ni veíamos la televisión, ni recibíamos visitas. Después de la final, cuando regresábamos a Clairefontaine desde el estadio, no parábamos de repetir: "No es posible, es alucinante, ¡cuánta gente!". Cada vez que hablamos de esto, invariablemente me invade la alegría. Es un momento único, para mí y para cualquier otro jugador. Yo quería vivirlo, no sólo por la victoria, y lo hice.

Marco Tardelli le dijo a Didier Deschamps: "Aprovecha bien el ascenso a la tribuna y la alegría de recibir la Copa, porque será el recuerdo de tu vida". ¿Está de acuerdo?
Si, nosotros lo hicimos todo demasiado rápido, sin pensar. Los veteranos como Tardelli tienen razón, porque ya lo han vivido. Ya han pasado varios años. Sin embargo tengo la impresión de que fue ayer.

El contacto con el Trofeo tiene algo de profundo. Intentemos meterle en situación... [ Nota de la redacción: le acercamos el trofeo].
¿De dónde lo han sacado?

¿Qué le genera tenerlo nuevamente?
¡Es enorme! Sobre el terreno de juego, cuando vi esta maravillosa Copa, me dije que había hecho realidad mi sueño: tenerla un día entre mis manos. Me dije que era mía, no para siempre, sino sólo en ese instante. Incluso si la comparto con todo el mundo, es mía. ¿Cómo no? Es magnífica. ¡Es demasiado, demasiado!