Cuando era niño, ¿qué representaba la Copa Mundial de la FIFA para usted?
Era nuestro juego preferido, organizábamos repeticiones de la final. A los 9 o 10 años, después de cambiar Guadalupe por la región de Fontainebleau, jugaba con mi amigo Benito. Él elegía España, su país de origen, y yo Brasil, claro, ¡porque Brasil siempre es el mejor! Cada vez que uno perdía, volvíamos a empezar.

En lo que respecta a Francia 98, se ha escrito y dicho muchas veces que el primer encuentro, contra Sudáfrica, simbolizó el nacimiento de un grupo. ¿Usted qué opina?
El grupo ya existía antes, pero el primer partido de un torneo siempre es especial. Para mí también lo era, porque jugar contra Sudáfrica me recordaba inevitablemente a Mandela y el Apartheid. Cada vez que juego contra un equipo africano, tengo la impresión de que, por mi historia, yo hubiera podido estar en el otro bando. Tuvimos la suerte de ganar ese partido, lo que nos permitió encarrilar nuestra trayectoria. Eso fue lo importante.

En el segundo partido -el primero del torneo en el Estadio de Francia-, contra Arabia Saudí, usted tuvo una intervención decisiva. ¿Qué recuerdos conserva de ese campo?
Ya habíamos jugado antes en él, pero en el Mundial, con todos esos miles de espectadores, ¡no había punto de comparación! Es verdad que jugamos bien, pero hay que reconocer que la selección saudí, sin menospreciarla, no era muy potente. Tuvimos la suerte de ganar con bastante facilidad, y la fiesta continuó.

En cuartos de final se cruzaron con Italia. ¿Qué supuso eso para usted, que en aquella época era "parmesano" (jugador del Parma)?
Los partidos entre Francia e Italia siempre son singulares e intensos. Además, por aquel entonces, la mayoría de los internacionales franceses jugaban en Italia. ¡No podíamos volver a nuestros equipos habiendo sido eliminados por los italianos en "nuestro" Mundial! Había una tensión enorme, fue un encuentro muy duro en el aspecto emocional. Y tuvimos la suerte, una vez más, de pasar a los penales.

¿Por qué no lanzó usted ningún penal?
Porque creo que, para que Francia llegase lejos en la competición, ¡era preferible que yo no me presentase!

El destino quiso que el siguiente fuese el partido de su vida.
También pudo haber sido el de mi muerte, ¡por aquel gol de Suker que yo no impedí! Hubiera sido una catástrofe caer eliminados, y como siempre hay que encontrar un culpable, yo ya estaba señalado. El destino quiso que yo tuviese la suerte de marcar los dos tantos.

No todo el mundo comprendió muy bien el hecho de que usted celebrara el segundo de rodillas, con el dedo en la boca. ¿Puede explicarnos aquel gesto?
¡No lo comprendo ni yo! Lo hice de manera instintiva. Quedó en la memoria porque traducía indiscutiblemente mi estupefacción. ¡La gente comprendía que estaba sucediendo algo que era más fuerte que yo! Hoy, cuando lo pienso, es para morirse de risa, porque desde aquel momento no marqué muchos goles, ¡ni siquiera en los entrenamientos!

El 12 de julio, en un Estadio de Francia abarrotado, ante la mirada de todo el planeta, usted levantó el trofeo de la Copa Mundial de la FIFA hacia el cielo. ¿En qué le hace pensar eso hoy en día?
Para mí el partido transcurrió como un sueño. Imagínelo, ¡jugar en casa la final Francia-Brasil! Extrañamente, antes del partido, no dudé en ningún momento de la victoria. Recuerdo que en el descanso íbamos ganando 2-0, y cuando Marcel Desailly y yo nos encontramos en el vestuario, nos dijimos: "¡Quedan 45 minutos para ser campeones del mundo!".

Cuando terminó el partido, ¡era una locura! ¡Todavía no nos dábamos cuenta de que habíamos ganado el Mundial, el de Maradona, de Kempes! ¡Era algo que nos superaba! Y es el sentimiento que sigo teniendo actualmente. Tener este trofeo en las manos, ¡es algo verdaderamente increíble!

En 2002 los resultados que obtuvo Francia no estaban dentro de lo previsto. ¿Cómo lo analiza usted?
Después de ganar el Mundial y la Eurocopa, nos presentamos en Japón con una sensación de placidez. Ya no teníamos los pies en el suelo, y pensábamos que todo iba a sonreírnos. Olvidamos que para que la suerte esté del lado de uno, hay que provocarla. Y recuerdo que tras la derrota contra Dinamarca teníamos en cierta medida la impresión de no haber ido al Mundial. Creo que no estuvimos allí, eso es, así de sencillo.

Antes de dejarnos, tenga, un recuerdo (se le entrega el trofeo).
Gracias, ¿puedo quedármelo? ¡Es magnífico!