¿Qué recuerdos tiene de la Copa Mundial de la FIFA en su
niñez?
Creo que a los ocho o nueve años, cuando acababa de
llegar a Francia procedente de Senegal, organizábamos pequeños
torneos entre amigos, o entre barrios. Era nuestro pequeño Mundial,
todos elegían equipos, y nosotros a menudo éramos Francia o
Brasil.
¿De niño tenía algún ídolo?
Luis Fernández, porque formaba parte del
"cuadrado mágico", y como yo jugaba en el mismo puesto
que él, me gustaba ese punto de coraje que tenía, su forma de
entregarse siempre a fondo dentro del campo, su temperamento. Me
veía reflejado un poco en él. Después, al crecer, hubo un jugador
que me hizo soñar, Frank Rijkaard, en el Ajax de Amsterdam.
Fue convocado por la selección en 1998, ¿se llevó una gran
alegría?
Me quedé muy sorprendido, porque tenía la impresión
de formar parte de los que iban a volver a casa después de la
concentración. Fue una gran alegría, una gran satisfacción. Me dije
que, ahora que estaba en el grupo, iba a dar lo mejor de mí para
disputar el mayor número de partidos posible, porque yo era joven y
en el puesto que ocupaba había grandes jugadores: Emmanuel Petit,
Didier Deschamps, Christian Karembeu.
Su primer partido, y uno de los más importantes en cuanto a
tiempo de juego, fue el de Dinamarca. ¿Qué recuerdos conserva?
No había mucho en juego, porque ya habíamos ganado
los dos primeros de la liguilla. Los titulares se habían vuelto
suplentes y los suplentes, entre los que estaba yo, jugaban. Fue
difícil, pero tengo un muy buen recuerdo, porque jugué los 90
minutos y salió todo muy bien.
La final es el otro partido de 1998 por el que se le
recuerda. Usted fue el autor del pase decisivo en el último gol,
¿no?
Sí, fui yo, por eso es un buen recuerdo. Marcel
Desailly vio la tarjeta roja, y el entrenador decidió que yo
entrase en el campo en sustitución de Youri Djorkaeff. ¡Fue tan
rápido que ni siquiera me di cuenta de que iba a participar en la
final del Mundial contra Brasil! Lo hice bien porque no tuve tiempo
de pensar en ello, sin duda. Sólo cuando terminó el partido,
después de que Manu (Emmanuel Petit) marcase el último gol, y nos
encontramos en el vestuario, entonces empecé a ser consciente de
que había jugado veinte minutos de una final del Mundial, y de que
había dado una asistencia en el minuto 90. Para mí fue un momento
extraordinario.
¿Puede contarnos cómo fue la jugada?
Sí, en un saque de esquina de Brasil, nosotros
recuperamos el balón. Le cayó a los pies a Christophe Dugarry, que
se lanzó al contraataque mientras yo seguía la acción a su lado. Me
pasó el balón y yo se lo envié a Manu (Petit), que marcó con un
tiro cruzado que dio en el poste y entró. ¡Fue la locura! Ese
tercer gol fue el de la tranquilidad, estoy muy contento de haber
participado en él. Manu y yo nos teníamos mucho cariño, gracias al
año que pasamos juntos en el Arsenal, donde ganamos el doblete. ¡Sí
que acabamos la temporada a lo grande!
Después de ganar una final así, ¿qué pasó con la motivación
de jóvenes como Henry, Trézéguet o usted mismo?
Desde hacía un tiempo estábamos al nivel más alto,
pero para conservarlo había que tener mentalidad de ganador, eso es
lo que marca la diferencia. Éramos ganadores, simplemente, y cuanto
más ganábamos, más queríamos ganar.
Cuando piensa en 2002 en retrospectiva, ¿dónde cree que
fallaron?
Fallamos al principio. Perdimos el primer partido,
contra Senegal, por supuesto, pero sobre todo lo hicimos mal en la
preparación. Sin embargo, teníamos un equipo muy bueno,
competitivo, que podía aspirar a ganar el Mundial. Pero eso
demuestra que la calidad no basta, es necesario trabajar y saber
mantener la humildad. Por desgracia, nosotros no supimos
hacerlo.
Aquel encuentro contra Senegal en 2002 era especial para
usted, porque es su país de origen. ¿Cuál era su estado de ánimo
cuando saltó al campo?
Estaba muy a gusto, y orgulloso de jugar ese
partido. Lo tomé como un regalo, y fue un momento fabuloso. Nuestra
derrota me decepcionó, por supuesto, porque ganar nos habría dado
un impulso en el torneo. Pero dejando a un lado el resultado, para
mí fue un momento extraordinario, que no olvidaré nunca.
Le devuelvo lo que le pertenece (
se le entrega el Trofeo).
Es pesado... ¡Me parece magnífico!
¿Está orgulloso de que su nombre quede asociado para
siempre a él?
Sí, y más aún porque es un sueño de la niñez. Todos
los jóvenes han visto por televisión a todos los grandes
futbolistas que han conquistado este Trofeo, y formar parte de
ellos es el cumplimiento de un sueño. Aunque resulte difícil
creerlo, es un sueño hecho realidad. Por eso estoy orgulloso de lo
que he podido conseguir en el fútbol.

