Señor Jacquet, ¿cuánto lo marcó su breve etapa como jugador
internacional?
Una convocatoria al equipo nacional representa ante
todo el reconocimiento de toda la profesión y, por ende, es una
recompensa personal. Yo nunca olvidaré la primera de las dos veces
que fui internacional en 1968: fue una mezcla de alegría y tensión.
Cuando vistes la camiseta nacional y escuchas el himno, una voz
interior te dice: "¡Atención! Vas a defender a tu
país".
Como seleccionador, ¿las sensaciones son las mismas?
La atmósfera es completamente distinta, porque el
jugador piensa en sí mismo, mientras que el entrenador piensa en
todo: en los jugadores y en todo lo que ocurre alrededor. Es un
oficio desequilibrante, ¡pero qué fantástico cuando se logra el
éxito! Confieso que la inquietud y la reevaluación son constantes
y, por tanto, nunca se está satisfecho. Hace falta triunfar en el
campeonato y levantar el trofeo para decirse: "¡Ahí está! ¡Ya
lo tienes! ¡Esto marcha!".
Cuando asumió el cargo de la selección de Francia en 1993,
usted disponía de cuatro años para preparar el objetivo. ¿Podría
usted explicarnos el contexto?
El hecho de que tuviera lugar un cambio de
seleccionador implica que el periodo era difícil. Al principio,
sólo tenía un objetivo: reconstituir la selección y llevarla a
Inglaterra para la Eurocopa 1996. Yo quería que aquel equipo
saliera a curtirse en Europa, porque, aunque era competitivo, no
figuraba entre los clasificados desde hacía unos cuantos años. No
pensaba en la Copa Mundial. Fue a partir del Campeonato Europeo que
empecé a hacer planes para más adelante.
¿Cómo gestionó usted los dos años de partidos amistosos
después de la Eurocopa 1996?
Con dificultad. Disponía de un efectivo de calidad,
cuya competitividad hacía falta reforzar, y todo eso en partidos no
oficiales, porque no se puede hablar de partidos amistosos a este
nivel. Mi preocupación era poner a este equipo en la órbita
internacional, darle la fuerza suficiente para enfrentarse tanto al
adversario como al entorno. Nuestro funcionamiento interior nos
valió numerosas críticas desde todos los ámbitos. Como Francia era
el país anfitrión de aquella Copa Mundial, debía presentarse como
conquistadora y acabar entre los cuatro mejores. Mi contribución al
éxito consistió en ir asociando talentos poco a poco. Esa labor me
apasionó y me permitió llegar al certamen con reservas
extraordinarias de confianza, serenidad y lucidez.
Hoy en día se conocen las presiones que los clubes
propietarios de los grandes jugadores ejercen sobre la selección
nacional. ¿En aquella época los jugadores se sumaron enseguida al
proyecto?
El jugador se enfrenta en primer lugar a las
exigencias de su club, y sólo después a su identidad nacional, pero
ésta es más fuerte que todo lo demás. No puedes comprender lo que
representa vestir la camiseta nacional si nunca te la has puesto.
Para mí fue un conflicto enorme, porque ellos jugaban en grandes
clubes, con objetivos fantásticos. Teníamos que llamarlos sin cesar
para que hicieran valer esa categoría de internacional. Yo delegué
ciertas situaciones a mi cuerpo técnico y al personal médico para
generar confianza. Cerramos filas. Los jugadores se unieron a
nosotros, e incluso superaron nuestras expectativas.
¿Cómo consiguió consolidar un grupo de jugadores dispersos
por toda Europa y entrenados por personalidades tan dispares?
Teníamos 17 o 18 jugadores en Alemania, Inglaterra,
España e Italia. Mi personal y la dirección técnica, 14
entrenadores en total, viajaban mucho. Esta tupida red de
relaciones entre los entrenadores franceses y los entrenadores a
cuyas órdenes trabajaban nuestros jugadores, nos permitió crear un
clima de confianza. Entre técnicos, es fácil entenderse. El jugador
no debe convertirse en motivo de competencia, sino desarrollar todo
su potencial conforme a los dos objetivos, con las ideas de los dos
entrenadores. Nos salió bien esa alquimia.
Este famoso sistema de detección y seguimiento a la
francesa ha sido muy imitado después de la Copa Mundial de 1998.
Sí. Sin embargo, todo el mundo podía recurrir a
tales métodos. Quizás nosotros estábamos más cerca de los
jugadores. Cuando alguno de ellos tenía problemas, no jugaba, o se
lesionaba, nosotros nos manteníamos cerca de él. Él sabía que podía
contar con nosotros. Actuamos de tal forma que los jugadores se
sintieran serenos, presentes y activos con sus respectivos clubes.
Por su parte, ellos comprendieron que tenían que esforzarse por
facilitar nuestra labor.
Pasemos a la Copa Mundial. ¿Reconoce usted haber vivido el
partido contra Sudáfrica como una liberación?
Todavía hoy me dan escalofríos cada vez que
recuerdo ese partido. El primer encuentro marca la pauta, hace el
camino fácil o difícil. Nuestros adversarios se encontraban en
pleno ascenso, nos habían pasado por encima en un amistoso, y
tenían un entrenador francés, Philippe Troussier. Todo ello en una
época en la que nadie creía en el éxito en Marsella, bajo el
influjo del mistral. Nuestra fuerza interior era fenomenal, pero
nos hacía falta arrancar. El equipo que yo había imaginado dos años
antes estaba allí aquel día. Era la hora de la verdad, y había que
transmitir esa tensión hasta el comienzo del partido. A los 20
minutos, sufrimos un duro golpe con la lesión de Guivarc'h.
Pero luego encarrilamos el encuentro de manera fantástica.
Aparte de la final, el choque contra Dinamarca fue uno de
los más logrados del equipo de Francia.
Habíamos ganado los dos primeros partidos, pero
queríamos imponernos en el tercero para ponernos en cabeza en
nuestro grupo. Yo me dije: "tienes que hacer jugar a todos tus
muchachos, para expresarles tu confianza". El resultado fue
maravilloso, pero nos costó mucho a pesar de las apariencias.
Dinamarca fue audaz y se adelantó en el marcador. Hizo falta todo
el dinamismo del grupo para darle la vuelta a la situación. Nuestro
potencial no era de 11 jugadores, sino de 22.
Luego vino el duelo eliminatorio contra Paraguay. ¿Esperaba
usted aquel desenlace?
En absoluto. Sabíamos que sería difícil, porque las
selecciones sudamericanas están habituadas a las grandes citas.
Nuestra superioridad aparente no se materializaba, y la salvación
se hacía esperar. Fue difícil vivir aquellos momentos desde el
banquillo. No obstante, no creo que tuviera miedo: dominábamos y,
por tanto, lo normal era que pasara algo. Fue lógico que ganáramos
en la prórroga, no fue inmerecido.
Después de aquello, se suprimió el gol de oro. ¿Cree usted
que esa decisión fue acertada?
Sí, yo no estoy a favor del gol de oro. Imagínese
si hubiéramos perdido: habría sido injusto. El gol de oro no da
ocasión a los equipos de disponer de un poco de tiempo para
arreglar la situación. Pase lo que pase, creo que siempre hay que
dar una oportunidad al adversario.
Contra Italia, ¿el partido fue tan reñido como esperaba?
Sí, pero la preparación me resultó fácil, porque
los jugadores de mi selección que jugaban en Italia se tomaron ese
partido muy en serio. Aunque jugaron extraordinariamente
concentrados, tuvieron dificultades a la hora de concretar su
dominio. Debo confesar que en la tanda de penales pensé: "El
menos concentrado, pero sobre todo el menos lúcido, va a
perder". Y así fue. Es un partido ejemplar en la historia de
la selección francesa, sobre todo la primera mitad. Superó
claramente a los italianos, como nunca antes lo había hecho.
Para la prueba de la tanda de penales, ¿había usted
designado a los jugadores de antemano, o lo hizo al final del
partido?
No había designado a nadie de antemano,
precisamente porque muchos de los nuestros jugaban en Italia.
Nuestro primer tirador era Youri Djorkaeff. Al ver que tenía
enfrente a su compañero Pagliuca en la portería, lógicamente se
retiró. Yo tenía una lista que incluía, entre otros, a los jóvenes
Thierry Henry y David Trezeguet. Luego pasó todo enseguida: uno,
dos, tres, cuatro, cinco, ¡paf! Se acabó la discusión. Puede
parecer aleatorio, pero francamente no se elige a cualquiera. Todo
está calculado. Cuando no te esperas ser designado así, de repente,
la concentración es inmediata. El equipo se mantuvo unido, y todo
salió a la perfección.
Usted se enojó con sus jugadores en el descanso del partido
contra Croacia. ¿Fue beneficioso?
Los croatas tenían un equipo muy bueno, técnico,
muy dotado. En el minuto 20, estábamos muy mal. Fuimos al descanso
con desventaja en el marcador por primera vez desde el comienzo de
la competición. Por tanto, intervine. Pero en cuanto volvimos a
saltar al campo, ¡paf! Conseguimos el gol. Yo le estaba diciendo a
Philippe Bergeroo, mi entrenador adjunto: "Creo que me he
pasado". Hay que tener mucho cuidado, porque las palabras
pueden ser tremendamente desequilibrantes. Pero apenas terminé la
frase, logramos el empate. El segundo tiempo fue memorable. La
selección francesa se despertó y cobró una dimensión
fantástica.
¿Cómo definiría usted la final?
Yo diría: un gran orgullo. Tuvimos la suerte de
enfrentarnos a los mejores jugadores del mundo. Yo me acordaba de
algunos partidos que habían disputado desde 1958... Durante 48
horas, una atmósfera espléndida envolvió el encuentro. Se trabajó
con mucho empeño en la concentración, en la colocación. Los
jugadores evolucionaban en un clima de éxito. La final se esperaba
con enorme impaciencia. En el último entrenamiento, la mañana del
partido, estuve a punto de decirles: "Calmémonos, es a la
tarde cuando jugamos".
¿La incertidumbre en torno a la presencia de Ronaldo no le
inquietó?
En absoluto. Siento mucha admiración por el señor
Zagallo, una gran persona, un gran jugador, con un palmarés
magnífico. Le dije que me harían falta dos vidas para igualar su
carrera. Conociendo sus principios, pensé que era cierto que pasaba
algo. Todo el mundo estaba convencido de que Ronaldo estaría, y por
supuesto que estuvo. Pero su presencia no nos desestabilizó lo más
mínimo.
A diferencia del partido contra Croacia, ¿frente a Brasil
enseguida vio las cosas claras?
Enseguida. Sabíamos muy bien lo que teníamos que
hacer. Las cosas sencillamente encajaron en su sitio. Por la cuenta
que nos traía, lo mejor era ver a estos técnicos maravillosos lo
más lejos posible de nuestra portería, no dejarles abordarnos en
las zonas peligrosas. En el segundo tiempo nos hicieron pasar
apuros. Con el 2-0, pasamos un rato muy malo por culpa de Ronaldo
especialmente. Pero la presencia de los unos y los otros era
imponente, la superación era muy fuerte... Hizo falta todo eso para
batir a ese equipo.
¿Durante el partido llegó a pensar: "Vamos por el buen
camino"?
No, jamás. Tengo la suficiente experiencia para
saber que todo ocurre muy rápido frente a grandes jugadores capaces
de dar la vuelta a la situación, de hacerte dudar incluso con dos
goles de ventaja. Fue solamente cuando Manu Petit marcó el tercero
al final del partido que pensé: "¡Ya está! ¡Somos campeones
del mundo!". Pero no antes.
¿Qué sintió al oír el pitido final?
Algo que ni siquiera hoy soy capaz de definir. Fue
como un corte. Ahora me acuerdo bien de ello, pero entonces me
quedé pasmado. Luego me horroricé al pensar que no había saludado
al señor Zagallo, y sin embargo lo había hecho, había ido a
abrazarlo. ¿Quién me llevó a ver a la gente de mi pueblo que estaba
en la esquina opuesta? ¿Quién me levantó? No lo sabía. Ahora,
cuando recuerdo el certamen de Francia 1998, luego necesito 48
horas para reponerme. Seguro que, después de nuestra entrevista,
empezaré otra vez a darle vueltas. Ya no hay remedio: no hay quien
me saque de mi Copa Mundial.

