¿Es cierto que cuando era pequeño escribió en una redacción
escolar: "
Cuando sea mayor disputaré una final de la Copa Mundial de
la FIFA"
?
Sí, tenía diez años. El tema de la redacción era
"¿Qué quieres ser de mayor?". Yo puse que quería ser
futbolista, jugar en el Cosmos de Nueva York y ganar la Copa
Mundial. Volví a recuperar esta redacción en 1998, gracias a mi
profesora que había guardado todos estos años porque le pareció
que, aunque el texto sonaba un poco utópico, rebosaba
resolución.
¿De qué manera influenció la trayectoria deportiva de su
padre en su vocación futbolística?
Su mayor influencia fue dejarme aprender por mí
mismo. Nunca me presionó para entrar en este mundo. Pero, una vez
dentro, me ayudó a elegir bien y a tener un punto de vista realista
del oficio. Además, nunca hemos tenido ningún problema porque él
siempre ha dejado que me realizara.
¿De dónde viene su sobrenombre "Snake"
('serpiente')?
Todo empezó durante mi primera temporada en primera
división, en el Mónaco. Durante las sesiones de entrenamiento,
siempre le pedía a Marc Delaroche, el guardameta suplente, que se
colocara bajo los palos, y durante una hora, ¡bum, bum, bum!, le
lanzaba disparos sin parar. Él siempre me decía: "son tiros de
serpiente, nunca se sabe adónde va a ir a parar el balón". Al
final, la frase se convirtió en "tiros del serpiente" y
así se me quedó.
¿Cuál es su demarcación favorita? ¿Se le podría catalogar
como media punta?
Yo creo que mi puesto favorito está sobre el
terreno de juego, en medio de los otros diez. Ahí es donde
verdaderamente me encuentro bien. Pienso que la etiqueta que mejor
se me ajustaba era la de "decisivo". He estado en muchos
clubes, he tenido excelentes entrenadores y nunca he tenido
problemas. En cuanto a la demarcación, era un asunto completamente
distinto en el que no quería entrar, lo que no hizo sino exagerar
la leyenda. Pero no dependía sólo de mí, era necesario que el resto
de jugadores estuviera de acuerdo, aunque nunca me han puesto
ninguna pega.
Antes de Francia 1998, muchos decían: "El dúo
Djorkaeff-Zidane no va a funcionar". ¿Habló de este tema con
Zidane?
No, porque funcionó. Cuando todo va bien, hablar no
sirve de nada. En la selección francesa, todo el mundo sabía que
nos entendíamos a la perfección. De hecho, el propio entrenador
hizo todo lo posible para establecer un sistema de juego en torno a
nosotros dos.
Era una situación similar a la de los dúos brasileños
Bebeto-Romario, Rivaldo-Ronaldo. ¿Es usted de los que creen que los
grandes jugadores siempre acaban por encontrarse sobre el terreno
de juego?
Sin duda. Es mucho más fácil jugar con los grandes
que con futbolistas mediocres. Yo he tenido la suerte de
encontrarme con muchos a lo largo de mi carrera deportiva, por eso
he gozado de tantos éxitos.
¿La Copa Mundial de 1998 se ganó gracias al trabajo de
equipo o gracias a las individualidades?
Las dos cosas. Una Copa Mundial es totalmente
impredecible, sobre todo una vez llegados a las semifinales.
Francia era el equipo más inteligente y además disponía de una gran
variedad de tácticas ofensivas y defensivas. Era un combinado capaz
de reaccionar ante cualquier situación en diez minutos.
Practicábamos todos los tipos de fútbol: anglosajón, latino,
sudamericano, y no necesitábamos esperar hasta el descanso para
cambiar de sistema de juego.
El gran talento de Aimé Jacquet reside, precisamente, en el hecho de haber empezado a construir el equipo desde que se hizo cargo de la selección en 1993. Después de la Eurocopa 1996, ya tenía perfilado el núcleo del conjunto y después se dedicó a darle los toques finales hasta 1998. En la actualidad, todos somos amigos, algo que no sucede muy a menudo en el mundo del fútbol.
Entonces, fue una mezcla de complicidad entre los jugadores
y de su buen entendimiento con un entrenador, lo suficientemente
inteligente como para dejarlos que se expresaran libremente sobre
el terreno de juego...
Sí, exactamente. Además, los 15 o 16 titulares
jugaban en grandes clubes extranjeros, donde desempeñaban un papel
importante. Se podría decir que fue el primer éxodo de jugadores
franceses. Zidane y Deschamps en el Juventus, Desailly en el AC
Milan.
Una de sus funciones era la de lanzar penales, ¿en todos
los partidos o sólo contra Dinamarca?
Prácticamente en todos los partidos. Los encargados
éramos Zidane o yo. Si él veía que yo estaba seguro, me dejaba
lanzar a mí, y viceversa. El equipo funcionaba por instinto. No
necesitábamos hablar mucho durante los partidos. Una mirada de
Deschamps, de Laurent Blanc, de Marcel (Desailly) o de Petit nos
bastaba para entendernos.
¿En qué momento supo que el equipo podía conseguirlo?
No hubo un momento preciso. A menudo tengo la
impresión de que estábamos programados, no sólo para participar o
jugar, sino para ganar la Copa Mundial. Después de dos años de
trabajo, te encuentras de repente en la final y entonces sabes lo
que tienes que hacer.
¿El momento más delicado para usted fue la tanda de penales
contra Italia?
Sí, porque entonces yo jugaba en el Inter de Milán
desde hacía dos años y en los penales, Pagliuca era un poco como mi
bestia negra, incluso en los entrenamientos. Ese día, él tenía
ventaja sobre mí. Además, también estaba muy cansado y necesitaba
recuperarme. Lizarazu me dijo: "No te preocupes, yo estoy
bien". Y pasamos.
En las semifinales, todo el mundo pensaba que vería un gol
de Djorkaeff. Sin embargo, lo que hizo fue ponerle el gol en
bandeja a Thuram.
Tras una primera parte bastante floja, nos leyeron
la cartilla en el vestuario. Después del descanso, los croatas se
lanzaron al ataque y marcaron enseguida, eso nos sirvió de acicate.
Yo estaba casi al borde del área contraria cuando vi algo que
parecía "negro y azul" que me adelantaba como una
exhalación: "¡Thuram! ¿Pero que hace ahí?". Me metí entre
dos defensas, él estaba solo delante del portero. Se la pasé y
marcó. Fue extraordinario. A partir de ese momento, supimos que
íbamos a pasar a la final.
En la final sucedió algo parecido: volvió a hacer caso a su
instinto y lanzó un saque de esquina, pero en vez de colocar el
balón, lo envió un poco retrasado.
Es cierto que hay reglas definidas y, normalmente,
siempre era Zidane el que ejecutaba los saques de esquina. Pero en
un equipo como el de 1998, con jugadores que se complementaban tan
bien, el entrenador nos dejaba un cierto grado de libertad que nos
permitía, en un momento dado, tomar este tipo de decisiones. Claro
que, el balón también podía haber golpeado el suelo y provocar un
contragolpe con el riesgo de encajar un gol, pero me decidí a
ejecutarlo con conocimiento de causa. Zidane ya había marcado de
cabeza, se veía que estaba bien, así que lo lancé yo.
Después del lanzamiento se quedó inmóvil, pero tras el gol
se desplomó e inmediatamente Zizou corrió a abrazarle. ¿Qué sintió
en ese momento?
Esperaba que no se acabara nunca, porque
¡disfrutamos tanto en ese partido! He disputado finales de la Copa
de Europa, de la Copa de Francia, pero no hay punto de comparación.
La satisfacción que se siente cuando llegas al descanso de la final
de la Copa Mundial de la FIFA con una ventaja a tu favor de 2-0 es
indescriptible. Disfrutamos muchísimo y jugamos maravillosamente.
Por mi, podíamos haber seguido dos o tres horas más.
¿Fue la culminación de dos meses de trabajo en grupo, un
momento de complicidad extrema?
Fue la culminación de toda una vida. Cuando
comienzas en este deporte, tu máxima aspiración es alcanzar la
final de la Copa Mundial. Disputarla junto a jugadores de primer
orden, que además son tus amigos, y ganarla todos juntos es algo
indescriptible. Incluso si el día de mañana la selección de Francia
gana otras Copas Mundiales, ésta seguirá siendo especial.
Tras el pitido final, ¿se dio cuenta inmediatamente de que
todo había terminado, de que lo habían conseguido?
Cuando al árbitro pitó el final del partido, creo
que por mi cabeza pasaron imágenes de 1974 y 1978. Me acordé de
Pelé, de Maradona y de muchos otros y pensé: "Tú también vas a
tocar ese trofeo, hoy vas a ser tú quien lo alce".
¿Habló con Ronaldo?
Sí, es un buen amigo mío. Fui a hablar con él, pero
no para consolarlo, porque en ese momento no hay nada que decir,
sino para decirle que estábamos muy contentos de habernos
enfrentado a un excelente equipo brasileño y que, como todavía era
muy joven, podía disputar más Copas Mundiales. ¡Y no me equivoqué!
Me encantó esa final, porque fue limpia y muy correcta. Incluso con
el 3-0 mantuvimos la humildad. No siempre es así. Por ejemplo,
volví a ver la final de Argentina 1978, entre Holanda y el equipo
anfitrión, y me fijé en que hubo de todo, ¡hasta patadas en la
cabeza!
Cuando fueron a recibir el Trofeo, ¿fue como una explosión
interior?
Pensábamos que, cuanto más tarde nos dieran el
Trofeo en la tribuna oficial, más tiempo tendríamos para saborearlo
entre nosotros, sobre el terreno de juego, porque después, la Copa
Mundial pasaría a ser propiedad de toda Francia. Me dio la
impresión de subir 300 escalones, cuando en realidad sólo eran unos
diez. Subíamos y subíamos. Era una locura.
Intentemos reconstruir el momento [
Nota de la redacción: le pasan el Trofeo].
Estéticamente, es muy hermoso. ¡Es tan bonito que
uno no se cansa de tocarlo!
¿Le gustaría verlo en un museo?
Me gustaría más verlo en una plaza de París, o de
otra capital, donde todo el mundo pueda tocarlo. Pero no en un
museo. Tendría que estar en un lugar público porque pertenece a
todo el mundo.

