Usted celebró en 1974 con su triunfo en la Copa Mundial de
la FIFA su mayor éxito deportivo. ¿Cómo vivió aquel torneo en
Alemania?
Aquél era ya mi tercer Mundial. Jugué el primero
siendo joven en Inglaterra en 1966, luego el segundo en México en
1970 y, por último, el tercero en Alemania. En cuanto a éxitos, el
mayor fue convertirnos en campeones del mundo, aunque anteriormente
ya habíamos quedado segundos y terceros. Fue una época
asombrosamente próspera para el fútbol alemán. La mejor Copa
Mundial fue probablemente la de México, pero la más fructífera fue
la de Alemania. Éramos uno de los equipos favoritos, jugábamos en
casa, y al principio quizás nos tomamos las cosas un poco a la
ligera. Pero luego empezamos a jugar mejor y todo salió bien.
¿Qué ambiente se respiraba en el país entonces?
Hace ya mucho tiempo de eso. También en Alemania
figurábamos como una de las grandes selecciones que competirían por
el título con los holandeses y los brasileños. Al principio tuvimos
algunos problemas por nuestra derrota contra la antigua República
Democrática Alemana, pero luego nos recompusimos y a partir de ahí
todo marchó bien.
¿Cuál fue el partido clave de la Copa Mundial que determinó
luego el curso del torneo?
Yo diría que nuestro partido contra la República
Democrática Alemana nos enseñó que el camino no sería tan fácil.
Aquella derrota nos despertó de un golpe. Después de aquello nos
dimos cuenta de que ante se trataba de correr y correr, y de
luchar. Y si, además de eso, jugábamos bien, tendríamos muchas
posibilidades de lograr nuestros objetivos.
¿Cómo vivió usted la final en el Estadio Olímpico de
Múnich, y en particular la desventaja inicial?
Había una atmósfera maravillosa. El inconveniente
era que la gente estuviera tan lejos, pero al final todos se
alegraron de haber acudido. Al principio caímos en desventaja, pero
luego remontamos. Hubo de todo para las personas que vinieron al
estadio. Creo que, para aquellos tiempos, por el entusiasmo y el
ambiente que se respiraban, fue un partido colosal.
¿Qué sintió cuando sonó el pitido final? ¿Estaba ansioso
por oírlo? ¿Supuso un gran alivio?
Para mí aquel partido era una despedida. Yo ya
había sido 80 veces internacional, aunque apenas tenía 30 años.
Podría haber jugado tres o cuatro años más, pero antes del
campeonato de Alemania pasé momentos difíciles. Anteriormente
habíamos quedado segundos y terceros en la Copa Mundial, y la gran
meta era coronarnos campeones. Nadie se acuerda del segundo, del
tercero o del cuarto clasificados en un Mundial, por muy bien que
jueguen. Pero a un campeón del mundo no se le olvida tan
rápidamente. Eso es lo máximo que un futbolista puede lograr. Ésa
es la meta que yo tenía en mente y, al mismo tiempo, quería
retirarme justo en la cima de mi carrera. En los últimos minutos
teníamos muchas ganas de oír el pitido final, sobre todo porque los
holandeses presentaron un equipo muy fuerte.
¿Se dieron cuenta de la importancia de su gesta nada más
sonar el pitido final o tuvieron que esperar al día siguiente?
Cuando has participado ya en dos campeonatos
mundiales, te das cuenta relativamente pronto. Para mí enseguida
estuvo claro que habíamos alcanzado nuestro objetivo, y aquello fue
para mí lo más bonito, acabar como campeón del mundo.
¿Cómo se sintió al agarrar por primera vez la Copa con las
manos en la tribuna y levantarla en el aire?
No he reflexionado especialmente sobre aquella
emoción. En mi caso, fue lógico sentir una pequeña satisfacción
extra, porque mucha gente había dicho que yo no estaba en forma
para jugar mi tercera Copa Mundial, a pesar de haber participado
anteriormente en dos grandes mundiales. Sin embargo, al igual que
en los dos ediciones anteriores, jugué en todos los partidos y
conseguí llegar a la meta más alta. Eso es un buen motivo para
sentir una cierta satisfacción personal.
Günther Netzer dijo una vez en una entrevista que Wolfgang
Overath había nacido para jugar en la selección nacional.
Los dos éramos creadores de juego, directores
natos. El problema estribaba en cómo poner a dos jugadores tan
similares en un mismo equipo. Los dos habíamos intentado hacer
nuestro juego. Los dos pretendíamos el puesto. Pero hasta el día de
hoy, hemos guardado una estrecha amistad, nos mantenemos en
contacto y hablamos muy a menudo por teléfono. Fue una historia
maravillosa, si se tiene en cuenta que rivalizábamos en el campo y,
sin embargo, en nuestra vida privada nos entendíamos perfectamente
como amigos. Günther tuvo la mala suerte de que, cuando yo volví a
jugar, ya no pudo hacer nada por recuperar el puesto, porque
conmigo el equipo estaba ganando. Si hubiéramos perdido alguna vez,
él habría tenido otra oportunidad, sobre todo porque, tanto en la
competición como en los entrenamientos, estaba mejorando.
¿Qué recuerdos le trae la Copa a la memoria cuando la
sostiene en sus manos?
He competido tres veces por esta cosa: la ganamos
una vez, quedamos segundos otra, y terceros otra. Para un
futbolista, no hay nada más grande que proclamarse campeón del
mundo con su selección. El fútbol no es un deporte que se juega en
solitario, sino en equipo. Nosotros conquistamos la Copa Mundial, y
ahí quedará eso para siempre. Por eso es lo máximo.
Jürgen Kohler ha dicho que es una pena que no se pueda
beber de ella. ¿Qué le parece a usted la Copa estéticamente?
Como no bebo, no siento ningún deseo de hacerlo
ahí. Es una Copa maravillosa, que yo encuentro bellísima. Y aunque
no fuera tan bella, lo más importante es lo que representa.
