Señor Beckenbauer, ¿cuál es su primer recuerdo de una Copa Mundial de la FIFA? ¿Cuál fue la primera Copa Mundial que usted vivió?
Mi primera Copa Mundial fue la de 1954. Yo tenía nueve años. Lógicamente, la repercusión de aquel certamen fue enorme, puesto que Alemania se proclamó campeona del mundo. Por aquel entonces teníamos un equipo callejero y recreábamos en la calle nuestra propia versión del duelo entre Alemania y Hungría. Cuando acabó la final, el país entero lo celebró por todo lo alto. Hasta entonces no éramos conscientes de lo que significaba conquistar el título mundial. Nos unimos a las celebraciones y después jugamos nuestra propia final. Tuve la suerte de llevar el dorsal número 10. Nos habíamos cosido los números a las camisetas porque pensábamos que nos sentarían estupendamente. Ése fue mi primer contacto con un Mundial de fútbol.

¿Llevaba el 10 en honor a Fritz Walter?
Fritz Walter era mi ídolo, por supuesto, y por eso me había correspondido el dorsal 10 en aquel equipo callejero.

En 1966, cuando todavía era muy joven, usted formó parte por primera vez de una selección alemana en una Copa Mundial. ¿Qué sintió entonces un jugador de su juventud?
La Copa Mundial de 1966 marcó un hito en mi carrera. Por un lado, se trataba de mi primer Mundial y, por el otro, Alemania no partía como favorita en ninguna apuesta. Nadie nos consideraba verdaderos favoritos, así que la sorpresa fue particularmente importante cuando nos metimos en la final y plantamos cara a Inglaterra. El partido acabó con empate a 2-2 después de 92 minutos, y el combinado inglés nos superó tan sólo en la prórroga con aquel gol fantasma que supuso el 3-2 y que todavía hoy sigue suscitando polémica. Esos recuerdos nunca te abandonan.

Y después llegó el título de 1974. ¿Cómo vivió la edición que organizó su propio país?
En 1974 estábamos sometidos por primera vez a una auténtica presión. En general, todo había transcurrido sin mayores problemas en las ediciones de 1966 y 1970. Me estoy refiriendo también a la seguridad. En 1974, la situación era totalmente diferente. El mundo del deporte había cambiado radicalmente a raíz del atentado de los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972. A partir de aquel momento, los jugadores dejaron de tener la libertad de la que habían disfrutado hasta entonces. Sin duda, eso fue algo que todos acusamos.

La preparación de nuestro equipo para aquel certamen había dejado bastante que desear, y eso nos pasó factura en el partido frente a la antigua RDA. Aquella derrota sirvió para que el equipo despertara y empezara a funcionar como un verdadero bloque. Al final, eso nos bastó para ser campeones del mundo. No obstante, en una hipotética clasificación que incluyera las ediciones más brillantes de la Copa Mundial, el título sería sin duda para México o Inglaterra. El Mundial de 1974 tuvo demasiados problemas.

¿Cómo era el ambiente en el equipo? Hubo una discusión después del partido contra la RDA...
En el vestuario se produjeron muchas discusiones que no salieron de allí. Sin duda, las más importantes tuvieron que ver con el partido contra la RDA y, sobre todo, con el asunto de las primas. Hubo situaciones bastante desagradables que no se habían dado en los anteriores Mundiales en los que participé.

Hablemos de la final. ¿En qué momento se dieron cuenta de que podían hacerse con la victoria?
Después de que Gerd Müller anotara el 2-1 nos quedó relativamente claro que podíamos mantener la ventaja en el marcador hasta el término del encuentro. Quizá fue una suerte que Holanda se adelantara en el primer minuto de juego y que, como consecuencia del gol, dejara de jugar con la concentración que había mostrado hasta aquel choque. De este modo, nos dio la posibilidad de volver a entrar en el partido. Lógicamente, el empate de Paul Breitner tras el penal a Hölzenbein y el 2-1 al filo del descanso nos favorecieron psicológicamente.

Además, Johan Cruyff había visto la tarjeta amarilla por protestar. Estos detalles me indicaron que los holandeses estaban nerviosos y que saldríamos airosos de la segunda mitad. Holanda había modificado su estrategia y el líbero Arie Haan había pasado a ocupar un puesto en el mediocampo para fortalecer la línea de creación de juego. Nosotros nos mantuvimos muy sólidos en defensa, aunque el combinado holandés nos arrinconaba cada vez más en nuestra área. No obstante, a pesar de la presión, creamos varias ocasiones claras de marcar algún gol más.

Paul Breitner ha dicho que notó cierta arrogancia en la selección holandesa tras el 1-0 y que esa actitud había facilitado la reacción de Alemania.
No sé si fue o no arrogancia. Es posible que los holandeses pensaran que aquél iba a ser su día después de adelantarse tan pronto, y eso les llevó a jugar con menos concentración. Así nos dieron la oportunidad de meternos de nuevo en el partido.

Usted fue el primer jugador que tuvo en sus manos el trofeo que la Copa Mundial estrenó en 1974. ¿Qué sintió en un momento como aquél?
El antiguo trofeo Jules Rimet fue robado y nunca se encontró, así que la FIFA tuvo que crear uno nuevo. Por lo tanto, sabíamos que el equipo que ganara aquel certamen sería también el primero en alzar la nueva Copa.

¿Fue aquél un momento particularmente especial para usted como futbolista?
No. No era más que un trofeo. Lo especial fue conquistar el título de campeón del mundo.

Usted también ganó una Copa Mundial como entrenador, en 1990. ¿Cómo vivió aquel certamen y aquel éxito? ¿Fue muy diferente a conquistar el título como jugador?
Como entrenador tenía más responsabilidad. Lógicamente, un técnico ve el juego y una competición de tal magnitud desde una perspectiva completamente diferente. Fuimos a Italia con un equipo muy potente y, además, tuvimos la suerte de quedar encuadrados en un grupo relativamente complicado. Yugoslavia y Colombia eran dos selecciones ante las que no podíamos bajar la guardia. Nuestro primer rival fue Yugoslavia, que contaba con un gran equipo (e incluso algunos lo tenían como favorito), por lo que preparamos el partido a conciencia y jugamos muy concentrados. Ganamos por 4-1 y todo marchó sobre ruedas a partir de entonces.

¿Estaba convencido de que el equipo lograría el título o albergaba dudas al respecto?
Desde el principio estuve seguro de nuestras posibilidades. Habíamos realizado una preparación excelente y el ambiente en el equipo era inmejorable. La armonía reinó en el vestuario en todo momento; las discusiones y discrepancias fueron prácticamente inexistentes. Si duda, aquélla era la atmósfera ideal. Creo que al final nuestro equipo fue un justo campeón, puesto que también ofreció el mejor fútbol.

Cierta anécdota cuenta que, en una ocasión, usted perdió los estribos en el vestuario y le cerró la puerta en las narices a alguien. ¿Cuál fue el motivo de aquella reacción?
Sí, es cierto (sonríe). Ocurrió tras los cuartos de final contra la antigua Checoslovaquia. Ganábamos por 1-0 en el minuto 70. Nuestra ventaja habría sido mayor si los defensas rivales no hubiesen evitado tres goles sobre la línea. En cualquier caso, estábamos dominando el partido, hasta que Checoslovaquia se quedó con un jugador menos por expulsión. A partir de aquel momento jugamos sin ganas. El equipo se mostró indolente en los últimos 20 minutos y el combinado checoslovaco volvió a meterse en el partido. La última fase del encuentro fue más igualada y Checoslovaquia tuvo varias ocasiones para empatar como consecuencia de nuestra dejadez. Eso era algo que no podía permitir.

¿Cuál fue en su opinión la clave del éxito? ¿El partido contra Yugoslavia, como dijo antes?
Digamos que sirvió para marcar el camino que debíamos seguir. El primer partido es siempre muy importante, porque te permite comprobar si te has preparado bien y conocer cuál es tu posición de partida. Está claro que el de Milán fue un gran comienzo.

Tras la final, se le vio caminando solo sobre el césped. ¿Qué se le pasó por la cabeza en aquellos momentos?
Aquello era el final de una etapa para mí. Se trataba de mi último partido al frente de la selección alemana. Lógicamente, estaba feliz de haber logrado el mayor de los éxitos en aquel encuentro. No obstante, también sentía tristeza por dejar el puesto después de seis años de éxitos. Fuimos subcampeones del mundo en 1986, alcanzamos las semifinales de la Eurocopa en 1988 y coronamos esa etapa con el gran triunfo de 1990. En aquel momento quería estar solo, y el césped era el único sitio donde podía estarlo.

El seleccionador argentino Carlos Bilardo, que le había derrotado cuatro años antes, dijo en una entrevista que en 1986 ni siquiera tuvo ocasión de tocar la Copa. Eso le había fastidiado y quería resarcirse en 1990, pero no se atrevió. ¿Qué le habría dicho usted si se le hubiera acercado y le hubiera preguntado: "¿Me dejas la Copa un rato"?
Le habría dicho que sí, claro. Todos pueden mirar y tocar la Copa. Para eso está.

¿Cuál fue para usted la victoria más importante y hermosa, la de 1974 o la de 1990?
Sin duda, ganar una Copa Mundial es lo más grande. No hay en todo el mundo un acontecimiento deportivo más importante que la Copa Mundial de fútbol. Ser campeón del mundo es lo máximo que puedes conseguir. Quizás valoraría un poco más la victoria de 1990, porque un seleccionador tiene muchas más responsabilidades. Como jugador sólo tienes que concentrarte en tu rendimiento, mientras que, como seleccionador, debes encargarte de organizar todo el equipo.

¿Puedo pedirle que tome la Copa en sus manos una vez más? ¿Cómo se siente al tocarla de nuevo? Lothar Matthäus se emocionó.
Sí, ¿cómo no?

¿Es un objeto particularmente especial para usted?
Sí, claro. Siempre es un placer volver a tocarla. Debo admitir que es igual de pesada que entonces (sonríe). Es bonito sostener algo así y saber que la has ganado en dos ocasiones, una como jugador y otra como entrenador. Es una sensación realmente agradable.

¿Qué opina del trofeo desde el punto de vista estético?
Me parece bastante más bonito que la antigua Copa Jules Rimet, que, sin duda, también tendría su significado y atractivo en su día. No obstante, por diseño y estilo prefiero ésta. Hay que felicitar a su creador porque ha hecho un gran trabajo.