Cuando era niño, ¿qué significado tenía para usted la Copa Mundial de la FIFA?
Me maravillaba y me interesaba mucho, pero nunca imaginé que algún día llegaría a participar en una Copa Mundial como jugador y como seleccionador. Rozaba los límites de lo imposible. Cuando era niño, ni se me ocurría soñar algo así. Solíamos seguir el campeonato y pasárnoslo en grande viendo sus jugadas, estupendos jugadores e imaginando cómo sería el ambiente. En aquella época, ni una sola vez se me pasó por la cabeza que un día yo participaría en un Mundial.

Y ya de adulto, ¿qué piensa cuando las conversaciones derivan hacia la Copa Mundial de la FIFA?
Ahora es diferente. Después de haber participado en la fase de clasificación para la Copa Mundial y en la fase final de la competición propiamente dicha, le he tomado el gusto a estar en ella. Es un certamen fantástico, en el que todas las naciones tienen la posibilidad de jugar, y donde se forman amistades y relaciones humanas duraderas entre personas procedentes de todos los rincones del mundo. El fútbol tiene una vertiente que, si uno se fija detenidamente, es un reflejo de la vida misma. Así es cómo he llegado a disfrutar del hecho de competir en Copas Mundiales. Probablemente participaré en mi segundo Mundial [en 2006], y puede que incluso en un tercero. Para entonces, ya habré cumplido todos mis sueños.

Cuando la Asociación Brasileña de Fútbol le pidió en julio de 2001 que se hiciera cargo de la selección nacional de Brasil, ¿cuál fue su reacción?
Mi primera reacción fue consultar la tabla de clasificación para ver en qué posición se encontraba Brasil, qué problemas había, quién iba a jugar y dónde, cuántos puntos necesitaríamos y por dónde íbamos a flaquear. Hice todo eso antes de aceptar la oferta para averiguar si teníamos posibilidades. Creo que fue una época muy importante en mi carrera, pero nunca trabajé en ningún club con la idea de abrirme paso hasta la selección nacional.

En todos los clubes donde he trabajado, mi objetivo ha sido siempre entregarles lo mejor de mí mismo, dejar huella y hacer historia con el club. Por eso, cuando me ofrecieron el cargo, me reuní con el equipo técnico que colaboraba entonces conmigo y llegamos a la conclusión de que valía la pena correr el riesgo de que Brasil no se clasificara, aunque hubiera sido la primera vez en 17 o 18 Copas Mundiales. No obstante, nos sentíamos obligados a hacerlo, porque una oportunidad como aquélla sólo nos llegaría una vez en todas nuestras carreras. Aceptamos la oferta y pusimos en práctica en la selección nacional todo lo que habíamos estado haciendo en el fútbol de clubes.

¿Qué le faltaba a Brasil cuando usted tomó las riendas del equipo?
No había un buen ambiente, y escaseaba la camaradería y el espíritu de equipo. A los jugadores les faltaba motivación y la conciencia de que estaban representando a Brasil. Yo les inculqué la idea de que formaban parte del mismo equipo y de que eso era mucho más importante que sus problemas con los periodistas, con sus clubes y con sus egos. Afianzamos estos valores durante los partidos de clasificación y de esta manera llegamos a la Copa Mundial con un equipo fantástico, casi como una familia. No se trataba solamente de un grupo. Se cuidaban los unos a los otros.

Por lo tanto, los ingredientes básicos eran trabajo, disciplina y pasión.
Por supuesto. Estoy hablando de optimismo, dinámica de grupo y trabajo duro. Cosas como cambiar la forma en la que trabajaban los jugadores de más talento, para que pudieran ayudar a otros que no poseían la misma habilidad, y levantar un equipo que compartiera una finalidad común. Trabajamos con ahínco esos aspectos y, con el tiempo, lo logramos.

¿Por qué le pusieron de mote El Dictador?
En ocasiones, cuando me hacen esa pregunta, soy muy sincero conmigo mismo y digo lo que de verdad pienso sobre ese tema. No siempre respondo lo que la gente quiere oír. La gente confunde a veces autoridad, disciplina y organización con autoritarismo. No estoy hablando de la autoridad de imponer, sino de la autoridad de enseñar y educar de una forma común y corriente. A veces, no gusta que sea así, porque se prueba a manipular ciertas situaciones en los clubes o equipos de fútbol, y eso no se puede permitir. Pero cuando eso ocurre, te encasillan como les apetece.

En Brasil hay que ser muy fuerte para imponerse y no llevarse a la Copa Mundial a ciertos futbolistas muy populares. Háblenos de ello.
Se trataba de una situación en la que sólo al seleccionador de Brasil le correspondía tomar una decisión y, en aquellos momentos, ése era yo. Si íbamos a jugar a un ritmo un poco más acelerado, que era precisamente lo que yo pretendía, como más participación y entrega en todas las demarcaciones, no podía llevarme a Romario. Si hubiera planeado un estilo de juego distinto, entonces sí que habría considerado su nombre. El Mundial se disputaba en Corea y Japón. Después de estudiar detenidamente la forma en la que jugaban los demás equipos, que usaban un juego de mucha velocidad, comprendí que no era el momento adecuado y tomé aquella decisión. Las elecciones de un seleccionador son a veces correctas y otras incorrectas. Pero a mí me correspondía tomar una decisión y eso es lo que hice.

Los europeos ven a Brasil como un país de magos del fútbol, todos ellos con personalidades extraordinarias. ¿Resulta más difícil hacer que jueguen juntos, conjuntar esos talentos individuales en un trabajo de equipo?
Sí. La de Brasil es una selección llena de estrellas. Todos sus jugadores tienen una pericia fantástica. Lo más difícil para un entrenador es hacer que comprendan que debemos jugar con la categoría organizativa que tienen los europeos. Una selección brasileña que juegue con la organización de los europeos, con conciencia táctica, es maravillosa, una de las mejores del mundo. Pero resulta difícil conseguir que los jugadores entiendan esas decisiones. Trabajé con Brasil durante un año y, poco a poco, fui inculcando la idea con la ayuda de vídeos y datos estadísticos, a veces sacados incluso de los equipos de los clubes en los que ellos jugaban. Les demostré que, si éramos disciplinados, estábamos organizados, levantábamos una estructura a la europea y sacábamos el máximo provecho de nuestras cualidades técnicas en el marco de esa estructura, triunfaríamos. Nuestra victoria en la Copa Mundial es la prueba.

Tan sólo encajamos un gol de un remate de cabeza, a pesar de que los equipos brasileños siempre han pasado muchas dificultades para defenderse de balones altos, especialmente contra rivales europeos. Pero aquel gol se produjo contra Costa Rica, un equipo con un estilo muy sudamericano, entrenado por un compatriota brasileño. El gol no se marcó con un cabezazo en el aire; de hecho, fue un remate en plancha. Este ejemplo demuestra la importancia que tiene una defensa sólida y bien comandada y saber cuándo atacar y cuándo defender, porque Brasil, cuando disfruta de la posesión, puede usar genialmente sus talentos individuales. El país es una cantera de talentos, debido a que los jugadores crecen en un ambiente muy duro. Juegan en campos llenos de suciedad o en espacios reducidísimos, donde se las arreglan para disputar partidos de tres, cuatro e incluso cinco jugadores por equipo y, a menudo, como balón usan lo que pueden. También contribuye el hecho de que Brasil disfruta del clima perfecto para el fútbol, pero lo que realmente marca la diferencia es esa capacidad de improvisación.

A pesar de los innumerables problemas de forma que padeció Ronaldo antes de aquella Copa Mundial de la FIFA, usted conservó la fe en él. ¿Puede explicarnos los motivos?
Siempre mantuve aquella fe porque la gente con la que trabajaba, los fisios y los médicos, por ejemplo, me dieron seguridad. Me dijeron que podía llevármelo porque, si hacíamos todo lo que había que hacer, estaría al 70 por ciento de forma cuando empezara el Mundial y que mejoraría a medida que avanzara la competición, como efectivamente ocurrió. Por la confianza plena que yo tenía en mi personal, siempre dejé que Ronaldo creyera que estaría en perfectas condiciones para jugar en el Mundial. Cuando llegó el momento, Ronaldo estaba en condiciones de jugar el Mundial.

¿Qué dijo a sus jugadores antes de la final de 2002, sobre todo teniendo en cuenta que, cuatro años antes en París, habían caído derrotados en la final del campeonato?
Hablamos de la final de 1998, pero no analizamos las circunstancias, pues el episodio pertenecía al pasado y, además, no quisimos remover más el incidente de Ronaldo. Hablamos de las finales en general y de cómo enfocarlas. Comentamos el tema durante algún tiempo, especialmente la víspera del partido. Todo el mundo trató de tranquilizarse un poco, y recuerdo que los jugadores montaron una partida de golf en el pasillo del hotel, que tendría unos 50 metros de largo. La idea era que se relajaran un poco y que no pensaran más en el episodio de 1998, que no había sido bueno para nadie. Pero hablamos de nuestro futuro y de cómo podíamos ganar. Lo importante era que los jugadores se calmaran para que cuando llegara el momento de disputar la final, la afrontaran como un partido más. Debíamos aparecer muy seguros de nosotros mismos, ser conscientes de lo que teníamos que hacer pero, al mismo tiempo, seguir relajados. Al final, saltamos al terreno de juego en perfecta forma.

Relajados, pero con la obligación de ganar, puesto que en Brasil acabar segundo es como acabar el último... (Scolari completa la frase del entrevistador)
Sí, en Brasil, llegar segundo es como ser el peor del mundo. Sin embargo, los jugadores estaban tan concentrados en su objetivo en aquellos momentos que no tuvimos necesidad de obligarlos a imaginarse posibles jugadas de antemano. Tan sólo un poco antes del saque inicial, repasamos algunos detalles en la pizarra, y así funcionó. Cuando los brasileños se unen para jugar en la selección nacional, tu trabajo con ellos es muy diferente a como trabajarías si fueras un entrenador de un club, digamos, europeo. Aquí la cultura es muy distinta, y ese detalle hay que entenderlo para poder usarlo en tu provecho en el momento preciso.

¿En la final fue más decisiva la cultura brasileña o la mentalidad de los jugadores?
Creo que los aspectos más decisivos fueron la habilidad técnica de los jugadores brasileños y la serenidad de que hicieron gala durante la final. Sabían que, si mantenían una defensa férrea, llegaría el gol, ya fuera en el primer minuto, en el quinto, en el décimo o en el decimoquinto. Sabían que marcarían. Lo único que tenían que hacer era seguir muy concentrados en la zaga para que Alemania no tuviera ocasiones de gol, y hacer su juego normalmente. A un equipo que tenga a Rivaldo, Ronaldo y Ronaldinho no tiene que preocuparle cómo marcar goles. Por eso, se trataba únicamente de mantener la calma y de saber bien cómo controlar el partido. Eso es lo que pasó.

¿Tenía planeado usar esa táctica en la final?
Sí. Es la que habíamos estado trabajando y, si quieren un buen ejemplo, hay está el primer gol de Brasil, que fue consecuencia de que uno de los jugadores hizo algo totalmente extraño para su carácter. En este caso fue Ronaldo, que no acostumbra a perseguir a los defensas, pero robó la pelota y peleó por ella. Es el tipo de futbolista que se pega a sus rivales hasta convertirse en su sombra y siempre corre junto a ellos. No obstante, se le quedó tan grabada la idea de que teníamos que demostrar el espíritu de la <i> Seleção</i> y trabajar por el equipo que presionó al defensa, robó el balón y se lo pasó a Rivaldo, que creó el primer gol. [Nota de la redacción: el guardameta rechazó el disparo de Rivaldo y Ronaldo marcó de rebote]. En otras palabras, era así como había que hacerlo. Ésa era nuestra filosofía, aparte de ser un equipo que trabajaba unido. Por eso estábamos tan tranquilos.

Con siete victorias en siete partidos y 18 tantos anotados, ¿diría usted que la victoria de 2002 estuvo a la altura de la de 1970, ampliamente considerada por muchos como la mejor Copa Mundial de la FIFA de la historia?
Soy el tipo de persona que dice lo que siente y, a veces, la gente me malinterpreta. Pero creo que, aunque sólo hubiéramos marcado cinco goles para ganar la Copa Mundial, para mí no habría diferencia. Sé que resulta muy bonito que la gente te diga que tu fútbol es atractivo y elegante, pero no es posible jugar bien siempre. En ese caso, lo más importante son los tres puntos que necesitas para pasar a la siguiente ronda. Si juegas bien pero no pasas de ronda, no entras en la historia y la gente se olvida de ti. El Brasil de 1982 era un equipo fantástico, pero ganó Italia. La Seleção de 2002 era uno de los mejores combinados brasileños. Con todo esto quiero decir que Brasil ha producido equipos fantásticos, pero sólo cinco victoriosos, y el nuestro fue uno de ellos. Hicimos buenos partidos, ofrecimos buenas actuaciones, y estoy convencido de que dimos espectáculo. Fue un equipo casi perfecto. Pero si no lo hubiera sido y, pese a todo, hubiéramos ganado, yo estaría igual de contento.

¿Qué se le pasó por la cabeza al oír el pitido final?
Pensé lo lejos que había llegado como entrenador y a lo que había llegado en la vida. Fue maravilloso. No supe qué otra cosa pensar o decir. No sé si abracé a los jugadores, si lloré o si hablé con mi familia. Todo era tan especial que no sé cómo explicarlo. Es una sensación única, y desearía que todos pudieran sentirla. Lamentablemente, en cada ocasión, sólo un seleccionador y un equipo pueden vivirla. Es muy difícil describir la emoción que te embarga en esos momentos.

¿Qué tal fue el regreso a Brasil?
En primer lugar, no dormimos en toda la noche. Estuvimos juntos charlando, gastándonos bromas y comentado lo que acabábamos de hacer, todo lo que había pasado. Dormimos en el avión. Después, tuvimos la recepción de bienvenida en Brasilia, la mayor que he recibido en toda mi vida. Habría unas cien mil o doscientas mil personas esperándonos, y por lo menos un millón en las calles. Normalmente nos habría llevado aproximadamente media hora llegar al palacio a ver al Presidente, pero tardamos unas tres horas por las descomunales celebraciones públicas. Jamás habríamos imaginado que fueran tan magníficas.

Para entonces, estábamos deseando llegar a casa, sentarnos con nuestras familias, nuestras parejas, nuestros hijos, y hacernos a la idea de la enormidad de la hazaña que habíamos conseguido. Queríamos pasar algunas semanas de descanso y hablar de las cosas que nos habían pasado, de una experiencia que nunca olvidaríamos. Al compartirla con los demás, también ellos podían sentir todo lo que nosotros habíamos vivido.

Aime Jacquet, el seleccionador del equipo francés que ganó en 1998, declaró que durmió con el Trofeo junto a su cama. ¿Hizo usted algo similar?
No. No nos dejaron la Copa. Se la llevaron inmediatamente. No obstante, no creo que haya un entrenador en todo el mundo, por muy reservado que sea, al que no le conmueva un momento como aquél.

[ Agarra el Trofeo] Vuelve de nuevo a mí. Espero levantarlo de nuevo, en Alemania. Es un trofeo precioso. Simboliza todo lo que tiene que ver con el fútbol. Es una pena que cada uno de nosotros no pueda tener en casa un trofeo de la Copa Mundial, quedárnoslo para siempre. Pero pertenece a nuestra federación, porque es ella quien lo ha ganado. Es precioso.

¿Recuerda cómo era el Trofeo Jules Rimet?
Por supuesto. Era un poco diferente. Tenía un grabado aquí. Quienquiera que cree un trofeo como éste es un gran artista, porque es un símbolo fantástico. Sólo un genio puede crear trofeos como éste o como la Copa Jules Rimet.

¿Qué pensó cuando puso las manos sobre él por primera vez, al término de la final?
Tan sólo quería tenerlo un ratito en las manos y después levantarlo. Me habría gustado que ese preciso momento hubiera quedado inmortalizado en una foto histórica, para que todos mis seres queridos pudieran verme. Me sacaron la foto después, y la tengo en casa. Eso fue lo que pensé en aquel momento.