¿Qué le evocan las palabras "Copa Mundial"?
Las palabras "Copa Mundial" me evocan los mejores recuerdos y las alegrías más intensas, las más bonitas de mi vida deportiva. Yo he participado en varios Mundiales: al término de uno de ellos concluyó mi carrera, después de conquistar el título. Se puede imaginar la gran satisfacción, la gran felicidad que me evocan esas palabras.

¿Todavía mantiene alguna relación con los jugadores que conoció durante las diversas ediciones de la Copa Mundial de la FIFA en las que ha participado?
Bueno, con los clubes, en algunas ocasiones y circunstancias, hemos vuelto a encontrarnos y hemos seguido unidos por ese gran afecto que sentimos por la Copa Mundial conquistada. Son momentos inolvidables, y es normal que se conserven mucho tiempo las amistades hechas en ellos. Con los rivales da mucho gusto verse de nuevo, de vez en cuando, e intercambiar unas palabras.

¿Cuál era su secreto? ¿Seguía alguna preparación psicológica especial o usted ya estaba naturalmente preparado?
No, no, para nada. La preparación para el Mundial se da por sentada. Porque se trata de la máxima expresión del fútbol. Cuando uno llega a un Mundial, ya está concentrado. Por otro lado, los italianos veníamos de un campeonato muy estresante, muy vivido. Por eso digo que la concentración viene sola. El mayor peligro es no soportar la tensión. La selección italiana siempre ha afrontado la Copa Mundial con la máxima concentración.

Usted ha disputado tres fases finales, ¿verdad? Y podría haber jugado en cuatro si no hubiera sido porque, en 1970, con Albertosi...
No, estoy contento con lo que he hecho. Pero, efectivamente, en la primera fase final en la que participé, aunque no llegué a jugar, México 70, me llevé un buen disgusto. Venía de haber ganado el Campeonato Europeo en Roma, en 1968, y por eso pensaba que podía conseguir la titularidad. No pudo ser porque no me dejaron ni el seleccionador Valcareggi ni Albertosi, que por otra parte era un portero grandísimo. Me quedé muy mal. Pero luego, en las ediciones de 1974, 1978 y 1982, participé por completo.

¿Cómo compararía las tres Copas Mundiales en las que ha jugado de titular?
Empecemos por la edición de 1974. La selección italiana se presentó en Alemania con muy buenas credenciales. Además, yo había aparecido en la portada de Newsweek porque disfrutaba de una racha de dos años de imbatibilidad con la selección nacional, de 1972 a 1974. Y, sin embargo, el Mundial... No por mí, porque yo, más o menos, cumplí con mi labor, pero a la escuadra le fueron mal las cosas en un momento de cambio generacional. Teníamos jugadores nuevos, que todavía no se habían aclimatado, y al entrenador lo presionaban tres o cuatro directivos. Y ya se sabe que, cuando hay demasiados generales, el ejército se desbanda.

En 1978, sin embargo, la selección hizo un Mundial estupendo. Es decir, todos, excepto yo. No estaba en buena forma y, por lo tanto, no contribuí como habría debido para llegar a más. Todavía me reprochan que entrara aquel gol lanzado desde lejos. Actualmente, esos goles se consideran de talla europea, pero en aquella época se le echaba la culpa al portero. Tenía que haber hecho algo más. Sin embargo, podríamos haber llegado a la final, aunque no ganarla. En aquella época, Argentina estaba muy fuerte y jugaba en casa... Pero podría haber hecho algo más. Luego, nos ponemos en 1982...

Detengámonos un segundito más en 1978. Rossi y Gentile aseguran que en aquel año se formó el grupo de España 82.
Indudablemente, en la edición de 1978 se formó el equipo. Teníamos además a Bettega, que se perdió el Mundial de 1982 porque se lesionó. Fue una pérdida muy importante; era un jugador buenísimo. Pero el núcleo del equipo era el mismo que el de 1978. Los resultados que conseguimos en el Mundial de 1982 se habían forjado cuatro años antes. Lo de España fue extraordinario: al principio sufrimos mucho, con las críticas, con la orden de no hablar con la prensa... A la selección italiana, excepto en contadas ocasiones, los principios siempre le resultan duros, porque hay mucha presión, mucho miedo a no superar la primera fase.

No obstante, el mecanismo estaba ahí.
El mecanismo, sí. Pero había mucha tensión en la fase de grupos, mucha presión para los tres primeros partidos. Después de Argentina, el principio del Mundial fue muy difícil, porque todo el equipo sabía que no superar la fase de grupos significaba el fracaso general, acompañado de protestas, etc. Por lo tanto, la presión era tanta que el equipo no se expresaba libremente, estaba como retraído. Una vez superada la fase de grupos, jugamos un Mundial extraordinario.

En los tres primeros partidos, la defensa cargó con todo el peso.
Yo no diría que sufriéramos mucho en defensa; sin embargo, el equipo no jugaba como sabía. Estaba muy retraído, muy cortado. Pero no retraído en defensa, retraído en su juego. No tenía la libertad mental que se requiere para jugar bien, eso quería decir. Todo el mundo sabe cómo nos fue después.

¿Cómo le pasaba usted, que era el capitán, los mensajes al equipo?
Los mensajes... Era el capitán, tenía 40 años y, por lo tanto, autoridad suficiente para dar indicaciones. Pero, cuando la presión es muy grande, resulta difícil pasar mensajes al equipo. Una vez que tuvimos por mano la situación, cuando se dio la orden de silencio con la prensa, los mensajes llegaron más directamente.

¿A Bearzot y a usted les unía una gran complicidad, o no?
Digamos que sí, que con Bearzot me unía una complicidad muy grande. Pero no era una complicidad en el sentido negativo del término. Yo siempre he creído que cada cual tiene que estar en el lugar que le corresponde. Bearzot era el seleccionador, el responsable. Estoy convencido de que gracias a Bearzot ganamos el Mundial, porque logró mantener el equipo unido, supo dar la cara por el equipo en los momentos difíciles. Era casi como un padre para mí; somos paisanos, además. Pero siempre con el debido respeto por el puesto que ocupaba cada uno.

Los de su región hablan poco y trabajan mucho, ¿no?
Sí, para los de Friuli, al menos los de antaño, lo que cuentan son los hechos y no las palabras. Nos da pudor hablar. Según yo lo veo y según Bearzot, las palabras pesan. Cuando uno dice una palabra, es ésa, no hay vuelta de hoja. Por desgracia, el mundo moderno ha devaluado las palabras. Lo comprobamos en los falsos profetas, que pronuncias tantas palabras pero no dicen nada.

Usted estaba al corriente de todas las decisiones que tomaba Bearzot. Por ejemplo, cuando le dijo a Gentile en el último momento del partido contra Brasil: "Tú tienes que marcar".
No, no, porque yo no quería. Yo siempre he creído en el respeto por la labor de cada uno. El seleccionador debe ser el responsable. Yo, como capitán, tenía un tipo de responsabilidad. Por eso, a veces, me decía algo o se confiaba en mí, pero yo nunca permití que las cosas pasaran de ahí.

¿Pudo ver desde su posición el gol de la victoria de Tardelli?
Sí, aunque más que el gol, lo que vi fue la reacción de Tardelli. Después del gol se volvió...

¿...loco?
Era un hombre de mucho temperamento, muy instintivo, por eso tuvo esa reacción.

Cuando conquistaron la Copa Mundial, ¿se soltó usted un poco más o no?
No, nunca perdí la compostura. Me alegré muchísimo por el triunfo. Fíjese, los Mundiales, cuarenta años, capitán, los mejores resultados... Todo era alegría, las vueltas al campo, etc. Pero a mí no me han gustado nunca las expresiones exageradas de júbilo ni el entusiasmo sobre el terreno de juego.

Era la culminación de su carrera...
Cierto. Pero yo siempre he creído en un comportamiento muy serio, por respeto al adversario. A mí no me gustan esas expresiones, esa exasperación, para demostrar entusiasmo, porque siempre pienso que los adversarios están pasando momentos muy difíciles.

¿Alguna vez había imaginado que se iría así, por la puerta grande, con un título mundial en el bolsillo?
Llegamos al Mundial rodeados de una gran polémica, sobre todo yo, porque tenía 40 años. El equipo se encontraba hostigado por la crítica, pero de una forma exagerada. Y los italianos, cuando exageramos, no tenemos límites. Pero fe sí que había. Bearzot tiene una mentalidad cuadrada, nunca se ha dejado influir por nadie, ni por los periódicos ni por el ambiente. Siempre ha mantenido su forma de ver las cosas, sin dejarse influir nunca por el momento. Cuando Paolo Rossi no marcaba, lo criticaban: que si tenía que cambiarlo, que si esto, que si lo otro. Él, sin embargo, estuvo extraordinario: lo mantuvo en el equipo y, según yo lo veo, hizo muy bien.

Usted posee una montaña de récords. Perdió uno por culpa de Maldini. Luego, está aquél de los 1,142 minutos de imbatibilidad ¿no?
La imbatibilidad del portero.... Perdí el récord de convocatorias para la selección nacional con Maldini. Yo recibí 112, y él me ha superado de largo. Pero ¿sabe una cosa? Las marcas están ahí para batirlas. Además, que te supere Maldini casi es un placer, porque se trata de un jugador extraordinario.

Tengo entendido que uno de los récords de los que está más satisfecho es el de los partidos consecutivos, ¿verdad?
Sí. Algunos de los récords que tenía los he perdido ya. Pero estoy muy orgulloso de mi marca de 332 partidos consecutivos, es decir, once años seguidos en un campeonato nacional. Ahora puedo decir siempre: "Yo estaba ahí". Estaba siempre y me complace muchísimo.

Fue campeón de Europa cuando llevaba cuatro partidos jugados con la selección y puso fin a su carrera internacional a los cuarenta años después de ganar una Copa Mundial.
El principio y el fin de mi aventura con selección fueron extraordinarios. Del Campeonato Europeo al principio, en 1968, hasta la Copa Mundial de la FIFA de 1982... no se puede pedir más.

¿Sigue a los porteros de hoy en día? Usted conoció a Yashin, ¿verdad?
Sí, conocí a Yashin. Fuimos buenos colegas; amigos no se puede decir, porque estábamos demasiado lejos el uno del otro. Siempre estaré agradecido de que asistiera a mi despedida del fútbol. Él, Bats y tantos otros estuvieron presentes en San Remo aquella noche de mi adiós. Yo siempre le he agradecido su presencia; además, fue uno de los grandes de todos los tiempos, como portero.

Usted siente especial debilidad por Bats, ¿no?
Sí. Bats, para mí, era un portero muy completo, despierto, rápido, dueño y señor del área. Creo que siempre lo he tenido en muy alta consideración.

¿Cree que actualmente el papel del portero es diferente, con los cambios en la salida con los pies por delante, con la forma de recibir las cesiones hacia atrás?
Bueno... no, no, el papel del portero, a grandes rasgos, no ha cambiado. Hubo una época, con la locura del fuera de juego, que su trabajo lo obligó a realizar esas salidas. Pero ahora, el portero desempeña una labor más complicada si cabe.

Vemos que, en las salidas a ras de suelo, se le penaliza muchas veces: que si pitan un penal, que si es tarjeta amarilla; si el atacante, en lugar de pensar en marcar el gol, apunta el balón hacia el banderín, pues que si ha habido contacto. En este aspecto, nosotros lo teníamos mejor y podíamos salir con los pies por delante con decisión. Había más formalidad: el atacante buscaba el gol, no se dedicaba a provocar el penal.

En este aspecto, ha cambiado para peor, porque se ha limitado la capacidad de intervención del portero. Siempre tiene que quedarse esperando, no puede salir. Si hay contacto, se lleva una tarjeta amarilla, roja, pena máxima... Yo diría que lo han relegado a una condición de inferioridad.

Si tuviera que decidir cuál es la mejor parada que ha hecho en su vida, ¿cuál destacaría?
La mejor parada que he hecho en mi vida fue la de los últimos minutos contra Brasil donde, tras un remate de cabeza de Óscar, atrapé el balón sobre la línea. En ese momento sentí terror, auténtico terror. Los brasileños se quejaban y mantenían que el balón había entrado. Y yo sentía pavor de que el árbitro lo viera mal. Me quedé allí, con el balón bien agarrado, buscando al árbitro con la mirada para que viera que el balón estaba donde estaba.

Ya había pasado por eso nueve años antes en Rumania, también con la selección nacional. Con el balón en el mismo sitio, el árbitro va y dice "¡gol!", y nos adjudicaron un tanto en contra que no había sido. Aquellos cuatro o cinco segundos fueron terribles, pavorosos, porque no encontraba al árbitro, y esperaba que lo hubiera visto bien, porque el balón estaba fuera.

¿Hay alguna parada que le hubiera gustado hacer en un Mundial?
Hice una volada espectacular contra Alemania en Argentina 78. Siempre me han acusado de no dar espectáculo, de ser muy sobrio, y miren por dónde, ahí está aquel paradón contra Alemania.

Cuéntenos la anécdota del regreso a Roma en el avión de Pertini
Aquel Mundial se vivió en mi país con un fervor extraordinario. Regresamos a Italia en el avión del Presidente Pertini, que se había entusiasmado mucho en el estadio. Nos pidió que jugáramos una partida de escoba. El Presidente, Bearzot, Causio y yo. Nos pasamos la hora y media de viaje jugando. Pertini era un hombre capaz de hacer que te sintieras muy cómodo en su compañía, parecía uno más del grupo, era extraordinario. Aterrizamos en Roma y se desató la locura hasta el Quirinale. Pertini dice que tenemos que comer algo y va y salta: "Mi sitio es éste. Quiero a Bearzot a un lado, Zoff al otro y a todos los jugadores. Si hay sitio para los ministros y para los diputados, vale. Si no, que se vayan a un restaurante". Sabía expresarse, Pertini.

¿Cree que esa pasión de la gente por las calles, tan sólo por un partido de fútbol, es justificada?
Somos un pueblo que, socialmente, siempre ha vivido con pasión el fútbol. Es un deporte muy popular. Ha prendido en todas las clases sociales. Por eso, se celebran así las victorias y el triunfo en un Mundial, especialmente en un Mundial en el que se ha cumplido, se ha llegado hasta el final con corrección, porque eso es lo que caracteriza a Bearzot: la corrección, la responsabilidad. Cumplir con nuestro cometido y, encima, ganar, enarbolar bien alta la bandera italiana, es un placer y es justo que la gente lo celebre por todo lo alto.

Y ahora, mire la Copa, no sé si la recuerda...
Madre mía, pero, ¿cómo es que la tienen ustedes?

¿Qué le parece?
Me pareció más ligera en 1982. En España, con el entusiasmo de la ocasión, no pesaba nada. Ahora tiene su peso, su importancia.

Hemos visitado al escultor que la ha creado, Gazzaniga. Todavía vive, tiene 84 años. Ahora está limpiando el Trofeo para la próxima Copa Mundial.
Yo he acabado, mejor dicho, mis brazos han acabado en el sello de Guttuso. O sea, que siempre tengo bien presente el recuerdo de esta Copa.

¿Tiene este trofeo algún valor estético o sólo un valor sentimental?
Bueno, el recuerdo sentimental. Estéticamente, me parece una copa muy bonita. Se aleja de los cánones de las copas normales. Tiene mucho valor.