Señor Valdano. ¿Cuándo comenzó a soñar con jugar o ganar una Copa Mundial de la FIFA?
Desde que tengo uso de razón. De todos modos, no sé qué es más curioso: si soñarla de niño, a los tres años, o seguir haciéndolo a los 20 o 25. Yo creo mucho en los sueños como motor de la voluntad. Digo más: mi carrera fue irregular. Recuerdo que llegué a jugar una promoción para no bajar a segunda división con el Alavés, y la noche anterior soñé también con jugar algún día una final de la Copa del Mundo. Era un delirio en ese momento soñar con algo así, pero yo creo que está muy en la mentalidad de los futbolistas vocacionales imaginarse lo más grande. Y lo más grande es jugar una final, y, en lo posible, meter un gol, ¿no?

¿A qué edad se dio cuenta que deseaba ser futbolista?
A los tres años o cuatro años. Yo siempre soñé con ser futbolista y nunca tuve la menor duda de que lo iba a hacer. Luego fue más difícil de lo que me imaginaba, pero esos sueños son un motor de mi vida profesional.

¿Por qué le pusieron el apodo de filósofo?
Porque he sido un vehículo entre el mundo del fútbol y el mundo de la cultura. Hay muchos vehículos que vinieron del mundo de la cultura al mundo del fútbol. Grandes escritores como Mario Benedetti, Vargas Lloza, Sábato y Osvaldo Soriano. Pero hubo muy pocos futbolistas que se interesaron por el mundo de la cultura. Yo siempre he tenido una tendencia reflexiva muy marcada. Y así fue: el periodismo que necesita diferenciar el zoológico del fútbol, me asignó a mí el apodo de filósofo.
Antes de México 1986, usted jugó dos partidos en España 1982. ¿Qué sucedió entonces?
Pasaron dos cosas muy malas. Yo entré en el primer partido cuando Argentina perdía con Bélgica 1 a 0, precisamente cuando nos marcan el gol. Cumplí una buena actuación con el equipo obligado a reaccionar, por lo que en el segundo partido ya aparezco como titular contra Hungría. Lamentablemente, sufrí una lesión lo suficientemente importante como para dejarme fuera del Mundial. Una lesión de rodilla y de tobillo muy fuerte. Y bueno, pensé que se había terminado mi aventura en los mundiales, que había perdido mi gran oportunidad, porque me encontraba en un gran momento y se jugaba en España, que era mi ámbito. No pensaba que iba a tener otra chance como esa.

O sea que no pensaba en concretar su sueño cuatro años más tarde...
No, no. Me marcó tanto esa lesión que no me cabía una idea optimista en la cabeza. Luego, poco a poco, se fue construyendo la ilusión del Mundial de 1986. Pero en aquel momento, eso no entraba ni en mis sueños.

¿Pero qué fue lo que falló en 1982? En México, por ejemplo, se habló de divisiones internas y así y todo se alcanzó el título...
En 1982 estaban los mejores jugadores de 1978 y los mejores de 1986, pero no en plenitud: (Mario) Kempes empezaba su decadencia y (Diego) Maradona comenzaba a asomar en el mundo futbolístico. Sin embargo, creo que no sólo los nombres propios hacen a un equipo, sino también los momentos. Respecto a la división de 1986, es verdad que habíamos hecho una fase de preparación decepcionante. El equipo llegó con pocas posibilidades, poca confianza. Hasta con un clima de división interna. Pero a medida que fue pasando el Mundial se fue conformando un grupo fuerte y de mucha personalidad. Diría que fue el ejercicio de transformación más grande que haya visto en mi vida. En el primer partido teníamos dudas sobre si le podríamos vencer a Corea y en el último no teníamos ninguna duda de que le íbamos a ganar a Alemania.

¿Cómo solucionaron ese problema?
El plantel habló mucho. Había una gente muy madura dentro de ese grupo, por lo que se hicieron reuniones que purificaron el ambiente. Y no hay que obviar el fútbol: los buenos resultados también ayudan a mejorar el ambiente y la convivencia.

En el ámbito personal no tenía dudas. De hecho, marcó el primer gol en el debut contra la República de Corea...
Si. fue muy importante encontrar ese gol antes que el partido en sí, tanto para mí como para la selección. Nos quitó toda la angustia, la presión y empezamos a funcionar como un equipo verdadero. De todas maneras, ahí habían dos focos de influencia: uno era el equipo y el otro Maradona, que era capaz de elevarnos hasta otra dimensión.

¿Es cierto que Maradona quería entrenar todo el tiempo y que el cuerpo técnico se lo impedía?
Si, es verdad. Maradona se aburría mucho en la concentración, como todos, y la única manera de resolver el aburrimiento era jugar. Pero (Carlos) Bilardo no quería que restáramos fuerzas en el entrenamiento, sobre todo por la altura que hay en la ciudad de México. Teníamos que cuidar el capital físico. A veces nos veíamos en esa situación extraña: el equipo quería jugar, entrenar y el técnico no nos dejaba. ¡El mundo al revés!

¿Cuánto influyeron sus dos goles en el primer partido para el resto del campeonato?
Recibí una gran energía inicial que me sirvió para todo el torneo. Cuando llegamos a México, tenía muchos problemas físicos para la adaptación a la altura y luego sufrí una fuerte lesión. Llegué al primer partido con lo justo y, de hecho, había sido duda hasta último momento. Pero bueno, vemos que la confianza tiene propiedades curativas. ¿no?

En la fase de grupos se toparon con Italia, la defensora del título. ¿Qué recuerda de ese empate?
Empezamos perdiendo con un penal muy riguroso, aunque la reacción fue inmediata. El equipo luego empató con facilidad y sacó el partido delante. Fue el único empate que cosechamos en el Mundial, aunque creo que jugamos con mucha tranquilidad porque no necesitábamos mucho más que ese resultado. Si hubiéramos necesitado más, seguramente lo habríamos conseguido. Ya nos sentíamos muy fuertes.

Y después llegó su tercer gol, ante Bulgaria. ¿Diría que fue un partido sencillo?
Fue el partido más cómodo que hayamos jugado en el Mundial. Con el nerviosismo natural de un partido que teníamos que ganar sí o sí para terminar primeros, pero con un juego muy fluido. En el análisis final, creo que el resultado de dos goles quedó corto para lo que pudimos haber logrado.

Todos recuerdan el partido con Inglaterra, pero antes debieron pasar un choque durísimo ante Uruguay. ¿Qué recuerda de ese clásico del Río de La Plata?
Fue un partido muy complicado para nosotros. Uruguay puso todo su talento en el banco de suplentes, y salió a jugar con un equipo de gran fortaleza física. A ese primer equipo nos impusimos con facilidad pero, una vez que empezamos a mandar en el marcador, ellos hicieron ingresar a jugadores que tenían muchísimo talento y nos complicaron muchísimo. A Maradona le anularon un gol que podría haber definido las acciones, pero llegamos 1-0 a los últimos minutos y vivimos situaciones de mucha angustia. Además, estábamos en esa fase donde había que ganar o irse. No se podía especular.

Ante Inglaterra se palpaba un ambiente caldeado debido al reciente pasado bélico que involucraba a ambos países. ¿Cómo tomaron esa situación?
Hicimos un gran esfuerzo para que fuera sólo un partido de fútbo, porque los medios de comunicación querían sacar la situación de contexto. Era inevitable rememorar la guerra de las Malvinas porque aún estaba cerca todo lo ocurrido. A eso debe sumarse que un clásico futbolístico como Argentina-Inglaterra es de por sí ya muy especial. Son encuentros donde hay mucho nerviosismo, y eso lo notamos los dos. Creo que Argentina jugó su peor encuentro del Mundial, pero los goles de Maradona lo han elevado al carácter de súper encuentro. Tal vez no ameritaba tanto.

En el segundo gol de Maradona, usted acompañó toda la jugada. ¿Podríamos decir que fue un testigo privilegiado?
Yo era como el traveling de la televisión, acompañando en el segundo palo como corresponde a un buen delantero. Sin embargo, la mayor sorpresa me la dio él en las duchas, cuando me dijo que me estuvo buscando para darme el balón en mi mejor posición. O sea que hizo lo que hizo y aparte tuvo tiempo de mirar a su alrededor para pasarme el balón, lo que a mi me parece un insulto a la profesión (risas). Eso quiere decir que estábamos ante un genio. Claro que si me la hubiera dado, yo solo la habría resuelto con mucha facilidad, aunque en ese caso no habría sido el mejor gol de la historia de los mundiales.

Luego llegó la semifinal ante Bélgica, un partido que de seguro le trae gratos recuerdos...
Claro que sí. Cuando vimos que Bélgica le ganaba a España en cuartos de final, lo celebramos como propio. Ya nos veíamos en la final. Nos daba miedo España, que había crecido mucho durante el campeonato. En cambio, a Bélgica le emocionó tanto la victoria que nos daba la sensación que se daban ya por cumplidos, que ya habían conseguido su objetivo. De todos modos, jugamos un partido muy serio. Y con un gran Maradona otra vez, les ganamos con facilidad, tuvimos bastantes ocasiones de gol.

En la final ante Alemania se dio el gusto de anotar el segundo gol argentino. ¿Podría describirnos esa jugada?
Recuerdo que fue una pelota descolgada por (Nery) Pumpido, quien salió a jugar en corto conmigo que estaba dentro del área de Argentina. Había acompañado a Briegel, que era el lateral de Alemania y con el que tuve un duelo terrible toda la tarde. Allí saqué un jugador, aunque el segundo me barrió con tanta mala suerte para él que la pelota llegó a los pies de Maradona. Allí realicé una diagonal bien marcada, mientras Maradona se la pasaba al Negro (Héctor) Enrique. Él me la pasó a mi, por lo que se me hizo todo fácil. No tuve que cambiar de dirección, sino que cuando llegué al área contraria me puse de perfil a la bola y le pegué muy suave al ángulo contrario. Ahí termina la alegría mas grande de mi vida.

Pareciera que fue ayer, ¿verdad?

Si, como todos los grandes recuerdos, los grandes impactos, uno los tiene muy presentes, ¿no? Y cuando quedo ante la videncia de que han pasado veinte años, ¡no lo puedo creer!

¿Pensaba entonces que el partido estaba terminado?
¡Totalmente! Con el 2-0, recuerdo mirar a las tribunas y diciéndome 'somos campeones del mundo'. Pero claro, me había olvidado de un pequeño detalle: al frente estaba Alemania, y Alemania no muere nunca. Nos metieron dos goles de manera muy parecida, de corner. Y bueno, Alemania siempre es Alemania, ¿no?. Pero no perdimos la tranquilidad, seguimos jugando y a falta de cinco minutos para finalizar el encuentro concretamos el gol de la victoria por intermedio de (Jorge) Burruchaga. Así que la angustia hasta el final fue relativamente corta.

¿Cuál fue el ambiente en el Azteca una vez finalizado el encuentro?
Fue un espectáculo extraordinario en cuanto a la luz, al color , a los gritos... Yo pensé que era un recuerdo mío, el recuerdo del ganador. Pero hace poco, cenando con Rummenigge, me dijo que para él fue el partido más grande que jugó en su vida. ¡Y por el escenario! Era un ruido raro, habian muchos argentinos y alemanes, pero sobre todo mexicanos. No era un ruido futbolístico, era un ruido de fiesta.

Hablando de fiesta, ¿cómo fue la llegada a Buenos Aires?
También forma parte de esas cosas inolvidables del fútbol. Fue una gran fiesta con más de tres millones de personas en la calle. Todo fue asombroso: la llegada a la Casa Rosada, la salida al balcón histórico de la Plaza de Mayo, festejar con la gente. Todo eso forma parte del ritual del fútbol y de la manera desproporcionada que tenemos los argentinos de vivir el fútbol.

¿Recuerda que sensación tuvo la primera vez que tocó el trofeo de la Copa Mundial?
Es impactante, pero cuesta trabajo tocarla. ¡Todo el mundo quiere apoderarse de ella! Yo sólo la pude tocar en el avión yendo de vuelta a Argentina, pues antes no pude. La verdad es que di media vuelta olímpica y me metí en el vestuario. Quería estar solo y disfrutar de ese momento. La copa la toqué más tarde.

¿Qué análisis haría del trofeo desde lo meramente estético?
Es un balón que, a la vez, representa un mundo. Eso explica la universalidad del fútbol. Y también están las personas que mucha gente no descubre. Están allí, con los brazos estirados en una actitud de éxtasis, de gloria, sosteniendo el mundo. Pues el fútbol es eso: un deporte de personas, de pasión, de éxtasis. Es muy bonita, ¿no?