De 1982 a 1998, usted intervino en cinco Copas Mundiales de la FIFA, quedó segundo dos veces, en 1982 y 1986, y conquistó el título una vez. ¿Qué recuerdos tiene del campeonato mundial?
Para cualquier futbolista, participar en un campeonato mundial es lo máximo. Yo tuve la suerte y la alegría de poder estar en cinco. Cada certamen fue diferente: hubo grandes éxitos, pero también eliminaciones precoces. Cuando eres joven, te contentas sencillamente con estar ahí. Aunque no llegaras a entrar realmente en acción, la experiencia de por sí sería formidable. Luego tienes otras metas. Es una cita con los mejores del mundo. En esos 16 años, yo estuve en cinco campeonatos mundiales, llegué tres veces a la final y dos veces a cuartos de final. En lo que atañe a mi persona, creo que puedo enseñar un currículo muy competitivo.

Aquí en Alemania, no llegar a la final se convierte a menudo en un gran problema. Si no lo consigues, simplemente has fracasado. Pero eso no siempre es así. Porque si te fijas en otras grandes potencias del fútbol, muchas de ellas caen eliminadas en la ronda preliminar. En estos 16 años, los alemanes, de hecho, siempre logramos llegar por lo menos hasta cuartos y alcanzar hasta tres veces la final. Fueron años de éxito que encajan muy bien en una gran carrera futbolística.

¿Cuál fue para usted, dejando de lado por ahora la Copa Mundial de 1990, la mejor experiencia en los campeonatos mundiales?
En 1982, yo era el último escalón del escalafón. A mis 21 años era un jugador muy joven y sólo entré en acción dos veces. No tenía contactos en la selección, que estaba compuesta por una mafia de Colonia, otra mafia de Múnich, y otra mafia de Hamburgo. Yo entonces jugaba en un club pequeño, el Borussia Mönchengladbach. Daba igual lo bueno que fuera mi rendimiento, no tenía nada que hacer. Había que pasar por el aro.

El año 1986 fue el de mi salto definitivo a la selección durante la Copa Mundial de México, en la que fui titular desde el principio, marqué goles importantes y jugué buenos partidos. Llegamos a la final con un equipo relativamente modesto en cuanto a juego. Si no nos hubiéramos derrotado a nosotros mismos tras el empate a 2-2 contra Argentina, probablemente nos habríamos proclamado campeones del mundo. Luego vino la que fue para mí la Copa Mundial más importante, la de 1990 en Italia. De aquello sólo se pueden decir cosas positivas.

En 1994 viajamos a Estados Unidos como grandes favoritos, con un equipo que era idéntico al de 1990, tal vez incluso más fuerte por las incorporaciones de Stefan Effenberg y Matthias Sammer. Con estos dos jugadores, la calidad de la selección aumentó. Sin embargo, el espíritu de equipo no era el mismo, los papeles no estaban tan claros como cuatro años antes. De ahí que, en 1994, nos volviéramos a derrotar a nosotros mismos. No fue sólo que fuimos eliminados por Bulgaria en cuartos de final, porque aquel partido lo teníamos que haber ganado. Lo que de verdad falló fue el espíritu de equipo, y por eso nos despacharon tan pronto de la competición.

Caímos en cuartos de final, igual que en 1998, cuando abordamos como favoritos el partido de cuartos contra Croacia y la derrota nos costó la eliminación. Ya no funcionaba la jerarquía. Ya no había jefes en la manada ni líderes a quienes seguir. Cada cual sólo se ocupaba de defender su posición. De ahí que el espíritu de equipo sufriera, y probablemente eso también influyó en los resultados.

En 1986 usted disputó la final contra Diego Maradona...
Eso es sólo cierto en parte. He jugado muy a menudo contra Maradona. La Copa Mundial de 1986 no fue sólo el campeonato de Argentina, sino también el mundial de Diego Armando Maradona. Para mí, Maradona fue el mejor futbolista de las dos décadas en las que yo jugué como profesional, no sólo en la selección nacional sino también en su equipo. Naturalmente, Franz Beckenbauer, como entrenador, sentía mucho respeto por él y sabía que yo ya le había hecho algunos buenos marcajes en choques anteriores. Por eso cambió nuestro sistema habitual.

De esa forma, Maradona no entró tanto en acción, pero nuestro juego ofensivo también sufrió un poco. Caímos muy pronto en una desventaja de 0-2 y tuvimos que volver a cambiar el sistema. Los defensas pasaron a jugar por delante de mí, y yo actuaba como centrocampista. Felix Magath llevaba el dorsal número 10 y yo el número 8, y detrás de nosotros estaban Hans-Peter Briegel o Andreas Brehme, que desempeñaba la labor defensiva en el medio campo. Nuestro juego de ataque no había funcionado durante los primeros 60 minutos. Después del 0-2 nos reorganizamos y yo pasé a desempeñar una labor más ofensiva, con el fin de poder generar más presión. En dos jugadas convencionales tuvimos la necesaria pizca de suerte para empatar. En nuestra euforia, quisimos neutralizar un pase en profundidad adelantando la defensa para buscar el fuera de juego, pero uno de los defensas se quedó rezagado... Si hubiéramos llegado a la prórroga, habríamos ganado también ese partido.

Pero pensar en lo que hubiéramos podido hacer no sirve de nada. Creo que Argentina, por las buenas actuaciones que realizó a lo largo de todo el torneo de 1986 con ese fuera de serie que era Diego Armando Maradona, mereció coronarse campeón del mundo. Nosotros también nos quedamos contentos con nuestra segunda plaza. Si antes de empezar la competición nos hubieran dicho que íbamos a llegar tan lejos, no nos lo habríamos creído, porque sabíamos que en realidad no teníamos un gran equipo.

A eso hay que añadir que tuvimos muchos problemas con las lesiones: Karl-Heinz Rummenigge no llegó a recuperarse del todo a lo largo del torneo, y también Rudi Völler y Klaus Allofs estaban tocados: es decir, todo nuestro ataque estaba averiado. Visto por ese lado, podíamos estar muy contentos con la segunda plaza en este primer gran torneo a las órdenes de Franz Beckenbauer como entrenador.

A lo largo de todos esos años, ¿hay algún encuentro de la Copa Mundial que usted destacaría, alguno del que pueda decir: "Ése fue mi mejor partido"?
Jugué algunos buenos partidos, pero creo que el encuentro inaugural de la Copa Mundial 1990 está por encima de todos los demás. En aquel choque contra Yugoslavia pusimos los cimientos de la posterior conquista del título. Ganamos por 4-1 a una selección yugoslava muy potente, que luego sólo caería eliminada en cuartos de final contra Argentina en la tanda de penales. Yo contribuí a ese triunfo con dos goles. Ése fue mi partido internacional número 75, y creo que es el mejor de los 150 que he disputado con Alemania.

Usted marcó el 1-0.
Marqué dos goles. El primero fue el 1-0 en la primera mitad y, después de que Yugoslavia recortara distancias con el 2-1, yo puse el 3-1 tras una carrera en solitario a lo largo de medio campo. Fueron buenos goles, pero para nosotros lo más importante fue ganar claramente el partido y alcanzar una cierta calma en el seno del equipo. No había jugadores descontentos, porque los papeles estaban bien asignados: estaba el once titular y estaban los suplentes. También los periodistas nos dejaron en paz, porque no tenían nada con lo que inquietarnos. Y el partido también causó impresión entre nuestros adversarios, que empezaron a tener un cierto respeto por nosotros y a decir: "Los alemanes siguen fuertes. Hace cuatro años fueron subcampeones del mundo y ahora empiezan con la misma autoridad en un torneo importante con una victoria contundente". Aquel triunfo sirvió para ganarnos el respeto de los contrarios.

¿Cómo percibió usted en general el certamen de 1990 y el ambiente a lo largo de la competición?
Para mí, como es natural, era como jugar en casa. Por aquel entonces yo jugaba en Italia, concretamente en el Inter. Y gracias al sorteo de la FIFA, disputamos los cinco primeros partidos en Milán. Por supuesto que eso fue una ventaja, no sólo para mí, sino para toda la selección alemana. Porque Jürgen Klinsmann y Andreas Brehme también jugaban allí. De ahí que tuviéramos una pequeña ventaja, pues no sólo nos apoyaron con energía los hinchas alemanes, sino también los seguidores del Inter de Milán, ya que nosotros formábamos parte del club. En aquel estadio siempre reinaba una atmósfera formidable.

Desde el principio demostramos de forma verdaderamente impresionante que queríamos pelear por el título, no sólo en los encuentros de la primera ronda, sino sobre todo en el choque de octavos de final contra Holanda, que siempre tenía chispa. Holanda contaba en sus filas con tres futbolistas que jugaban en el AC Milan, de ahí que los espectadores del estadio se decantaran por la una o por la otra selección. Para los italianos no se trataba de un duelo entre Holanda y Alemania, sino entre el Inter y el AC Milan. Por lo demás, los holandeses apoyaban, como es lógico, a la selección holandesa, y los alemanes a la alemana. Hubo partidos fantásticos en aquel fenomenal ambiente de Milán. No sólo obtuvimos buenos resultados, sino que también hicimos buenos partidos. Por tanto, creo que, a pesar de los altibajos que tuvimos en la final, merecimos ganar el campeonato, porque de hecho jugamos bien a lo largo de todo el torneo.

Además, fuimos superando los obstáculos de las distintas rondas en pugna con selecciones fuertes, como por ejemplo Holanda en octavos de final, Checoslovaquia en cuartos, Inglaterra en aquella emocionante semifinal disputada en Turín que se resolvió en la tanda de penales, y Argentina en la final. Se puede decir que fue una reedición del certamen de 1986, pero con un final más feliz para la selección alemana. Aunque en esa final no estuvimos muy brillantes, a juzgar por lo que se vio a lo largo del torneo la selección que se coronó campeona del mundo fue la que mejor fútbol había hecho.

¿Cuál fue el partido clave que decidió el resto del torneo? ¿El de Yugoslavia?
Aquel primer partido nos enseñó el camino, y la victoria sobre Holanda nos redobló la confianza. Holanda tenía, como siempre, una selección muy poderosa, con excelentes individualidades. Además, era famosa la rivalidad que existía entre holandeses y alemanes. Esos partidos fueron tremendamente agotadores, pero también contribuyeron a reforzar nuestro aplomo.

¿Qué recuerdos tiene de la final en Roma?
La final también fue como un partido en casa, no sólo porque Rudi Völler y Thomas Hässler jugaban entonces en el Roma, sino más bien porque los italianos se pusieron del lado de los alemanes después de la derrota de Italia contra Argentina en la semifinal. Además, Maradona no era demasiado popular en Roma, porque jugaba en el Nápoles. Si la final hubiera tenido lugar en Nápoles, probablemente la selección argentina se habría sentido más arropada. Pero el encuentro se celebró en Roma, y nosotros naturalmente nos alegramos de no tener que enfrentarnos a los anfitriones. Sabíamos que los argentinos ya no tenían el maravilloso combinado que había triunfado cuatro años antes. Se habían colado en la final después de muchas tandas de penales y malos resultados. Empezaron con mal pie contra Camerún, y el equipo ya no recuperó del todo el equilibrio. En el fútbol, ocurren muchas cosas que luego resultan difíciles de creer al recordarlas: es cierto que fue un penal un tanto dudoso el que nos permitió marcar el gol decisivo. Pero Dios bendito fue justo y dejó ganar al mejor.

¿Por qué no lanzó usted el penal como capitán del equipo?
En la primera mitad había tenido problemas con las botas. La suela se había desprendido, y en la segunda parte me puse otras con las que nunca había jugado. Un modelo completamente nuevo. De hecho, yo siempre solía llevar botas muy usadas, pero por desgracia en aquella ocasión no tenía un segundo par a mano. No se pensaba en esas cosas. Entonces apareció el representante de adidas y me dijo que sólo tenía aquéllas. Tuve que ponérmelas, porque ante todo quería seguir jugando. Me dieron las botas, pero no me sentía seguro con ellas. No hay ninguna regla que diga que sólo un jugador puede tirar las penas máximas, y nosotros contábamos en la selección con magníficos lanzadores de penales, como Littbarski. También él podría haber chutado. Pero mis ojos se posaron en Andi Brehme, con quien había compartido habitación durante el campeonato. Andi y yo habíamos hablado de muchas cosas en privado, y yo sabía que para él lanzar el penal era la cosa más natural del mundo.

¿En qué momento de la final sintió que podían proclamarse campeones?
Llegamos a la final con mucha confianza, pero Argentina no cesó de intentar romper nuestro ritmo con diversas tretas y pequeñas faltas. Por eso no logramos alcanzar la fluidez de juego que exhibimos contra Holanda o contra Inglaterra. Esos partidos fueron más abiertos.

Argentina sólo había salido a destruir nuestro juego y a esperar alguna genialidad de Maradona. Pero, en el fútbol, uno nunca puede estar seguro de nada hasta que el árbitro no pita el final. Se puede encajar un gol en contra en el último segundo. Por eso no nos lo creímos hasta que el árbitro hizo sonar el pitido final.

¿Cómo se sintió al oírlo?
Esos sentimientos no se pueden describir. Es pura felicidad. Uno no sabe muy bien dónde meterse ni con quién celebrarlo. Venían asistentes, compañeros de equipo, suplentes, algunos seguidores. Había mucho movimiento en el campo, pero en esos momentos no te das verdadera cuenta de lo que pasa. Eso llega días o semanas más tarde, cuando se ha pasado revista a todo. En el campo, uno sólo está contento de haber acabado y de haberlo logrado. Te alegras de poder sostener la Copa con las manos.

A propósito de eso, hay una pequeña anécdota que quiero comentarle. Carlos Bilardo, seleccionador de Argentina ese año, nos ha contado que cuando se proclamó campeón con Argentina en 1986, no llegó a levantar la Copa con las manos. En 1990, después de la final, él quería acercarse a usted y preguntarle si le importaría hacerse una foto con él y con la Copa. Sin embargo, al final no se atrevió porque no quería molestarlo durante su celebración. ¿Qué habría hecho usted si él se lo hubiera pedido?
Enseguida lo habría invitado a nuestra celebración, porque en primer lugar soy respetuoso con todo el mundo, y en segundo lugar se produjo una escena parecida en la semifinal. Nada más ganar contra Inglaterra después de que Waddle disparara por encima del travesaño el penal decisivo, yo no fui a celebrar el triunfo con mis colegas alemanes, sino que me acerque a donde estaba él.

Yo podía comprender muy bien cómo se sentía. Por supuesto, no podía ayudarle, pero lo sentí mucho por él, y si Carlos Bilardo se hubiera acercado a mí, seguro que nos hubiéramos hecho una foto con él, porque de hecho estábamos rebosantes de alegría. En esos momentos, te sientes generoso y estás dispuesto a hacer cualquier cosa por los demás. Fue una pena que no ocurriera así. Tal vez podamos arreglarlo en alguna otra ocasión.

¿Cómo se sintió usted al subir a la tribuna en Roma y al tomar la Copa por primera vez en sus manos?
Yo estaba un tanto absorto, un tanto emocionado, porque no sabía lo que me pasaba. Era una distinción muy especial, no sólo ganar el campeonato mundial con la selección, sino ser el primero en recibir la Copa como capitán. Todo el mundo quiere ganarla. Fue una emoción singular. No quería meter la pata, o que se me cayera la Copa. Te pasan tantos pensamientos por la cabeza... Pero luego, cuando el Presidente te entrega la Copa y tú la levantas en alto, sientes una gran satisfacción. Aquella alegría, los fuegos artificiales y el ambiente fueron fabulosos.

Aquí tiene el trofeo que levantó aquella vez. Sosténgalo de nuevo en sus manos. Y díganos: ¿Le despierta alguna emoción o le trae recuerdos?
Si usted me viera ahora la piel, sabría cómo me siento. Son recuerdos magníficos. Es algo que no llegas a creerte del todo, que estás sosteniendo la Copa que todo el mundo sueña con tener en sus manos.

A menudo se oye decir que hay mucha gente que la ha tocado, pero hay muy pocos que realmente...
Yo he sido uno de los 16 capitanes que han podido levantar esta Copa en primer lugar, para la selección y para el país. Eso es muy especial.

Jürgen Kohler dijo que fue una pena que no se pudiera beber de ella.
Bueno, teníamos otros recipientes en los vestuarios para eso. La importancia de esta Copa es mucho mayor que la de un campeonato alemán o italiano, o la de cualquier otro trofeo.

¿Es algo excepcional, algo que rara vez se vive, una experiencia única tal vez?
Yo tuve la suerte de vivirlo una vez. Todos los que aman el fútbol y disfrutan practicándolo han soñado con ganar esta Copa. Yo fui uno de los pocos jugadores, de los pocos grandes jugadores, que han tenido esa suerte.

La Copa sigue teniendo un gran atractivo actualmente.
Sí que atrae. Todo el mundo quiere ganarla.

¿Cómo la encuentra estéticamente?
En términos de diseño, es una Copa bien lograda que cumple bien con su cometido.