Usted participó en tres ediciones de la Copa Mundial de la
FIFA: 1986, 1990 y 1994. ¿Qué recuerdos conserva de aquellos
certámenes y qué significaron para usted?
Participar en una Copa Mundial es lo máximo para un
futbolista. Lógicamente, esto tiene algo que ver con el hecho de
que se celebre sólo una vez cada cuatro años. Por eso es un
acontecimiento tan especial. Por muchos éxitos que puedas lograr en
el fútbol de clubes, la Copa Mundial sigue siendo lo más grande. Si
además tienes la suerte de ganarla con un buen equipo, entonces has
logrado lo máximo como futbolista. Alzar la Copa de campeón del
mundo con tus propias manos es una sensación inolvidable.
¿Cuál fue su mejor partido en una Copa Mundial?
Casi siempre jugué como delantero, así que mis
mejores partidos fueron, lógicamente, aquéllos en los que marqué
goles. En 1994 anoté dos tantos frente a Bélgica en octavos de
final. Ganamos por 3-2 y pasamos a la siguiente ronda. Aquél fue un
gran partido desde el punto de vista colectivo, pero también para
mí personalmente. Fue mi mejor momento en un Mundial.
Aparte de conquistar el título, ¿cuál ha sido su mejor
experiencia en una Copa Mundial?
Personalmente, tuve la suerte de que la Copa
Mundial de 1990 se celebrara en Italia. Yo jugaba entonces en la
liga italiana, llevaba tres años en el AS Roma y tuve la fortuna de
que la final se disputara en el estadio de mi club. Jugar la final
en tu propio estadio y, además, proclamarte campeón del mundo es un
auténtico sueño. La verdad es que no se puede pedir más.
Jugar en tu ciudad, en tu estadio... Es una sensación maravillosa. Además, en aquella final, frente a Argentina, tuvimos la suerte de ser prácticamente el equipo local. El combinado argentino había eliminado a Italia en la semifinal, por lo que los aficionados italianos presentes en el estadio apoyaron a Alemania. Fue como jugar en casa y, por eso, estaba relativamente claro que acabaríamos por llevarnos la victoria.
¿Cuál ha sido el rival más complicado al que se ha
enfrentado en una Copa Mundial?
Es una pregunta difícil de contestar...
¿Cuál le ha causado más problemas?
Siempre había selecciones contra las que resultaba
especialmente difícil jugar, equipos que solían hacer un buen papel
en los Mundiales y frente a los que siempre teníamos problemas.
Contra Holanda, contra Inglaterra en la semifinal de 1990, o contra
Francia, a la que solíamos acabar ganando, los partidos resultaban
verdaderamente complicados. No obstante, siempre eran choques muy
interesantes.
En términos generales, ¿cómo fue su experiencia en la Copa
Mundial de la FIFA Italia 1990?
En aquel Mundial tuvimos la suerte de disputar
cinco partidos consecutivos en Milán. Las reglas cambiaron
posteriormente y, desde 1994, ya no se juega tantas veces en una
misma sede. Prácticamente, ahora se juega cada encuentro en un
estadio distinto.
En el estadio milanés de San Siro disputamos los tres partidos de la fase de grupos, el de octavos y el de cuartos. Era casi como jugar en casa. Milán no les quedaba lejos a los aficionados alemanes, que podían llegar tras un corto trayecto a través del paso del Brenner. Fue fantástico tener la oportunidad de jugar en un estadio así. El recorrido hasta San Siro en los días de partido era siempre estupendo, y a la vuelta nos encontrábamos grandes celebraciones en las calles, con miles de banderas saludándonos y cláxones sonando a nuestro paso. ¡Era extraordinario!
¿Había muchos alemanes?
Sí, estaba lleno de alemanes.
Entonces, ¿cuál fue en su opinión el partido que resultó
determinante para el desarrollo del certamen?
El primer encuentro, frente a Yugoslavia, fue sin
duda muy importante. Los balcánicos contaban con un gran equipo,
que nos infundía un gran respeto y nos hacía temer incluso que las
cosas pudieran torcerse. Sin embargo, jugamos un excelente partido
y ganamos por 4-1. Fue entonces cuando realmente comenzamos a creer
en nuestras posibilidades y a decirnos: "Si podemos derrotar a
Yugoslavia de esta manera, podemos llegar muy lejos en este
certamen". El posterior desarrollo de los acontecimientos
demostró que no andábamos desencaminados al pensar así.
Entonces, ¿fue también el partido más importante del
certamen?
El partido más importante fue el de octavos de
final frente a Holanda. La verdad es que aquel día pudimos encajar
algún gol en la fase inicial del encuentro. No obstante, tuvimos
algo de suerte y al final superamos con cierta comodidad una
eliminatoria contra un gran equipo. Fue una pena que un partido así
llegara en octavos de final. El certamen funcionaba de manera
diferente en aquel entonces: Holanda sólo había sido tercera en su
grupo y se había clasificado como una de las mejores en ese puesto.
Nosotros habíamos sido primeros en nuestro grupo y,
desgraciadamente, tuvimos que medirnos con el combinado holandés en
octavos. Fue un poco pronto.
Fue un partido especial para usted a causa del incidente
con Rijkaard. ¿Qué sintió en el momento en que le mostraron la
tarjeta roja?
Lo peor para mí fue que me escupieran. Lógicamente,
no es algo que desees en una Copa Mundial. No obstante, peor que
eso fue la tarjeta roja que me mostraron.
Lo cierto es que sabía controlarme en este tipo de acciones e incluso estaba orgulloso de no perder los estribos en situaciones así. Cuando al final te proclamas campeón del mundo, estas cosas se te olvidan rápidamente. No obstante, aquello me hizo perder un poco el ritmo en la competición.
Había jugado un gran Mundial hasta aquel momento y lideraba incluso la clasificación de goleadores. Me sancionaron con un partido, así que no pude participar en el encuentro de cuartos de final frente a Checoslovaquia. Puede que fuera eso lo que acabó constándome el galardón de máximo goleador. Lógicamente, puedes prescindir de algo así cuando ganas el certamen.
¡Y ya no se puede hacer nada!
Así es. Ya no se puede hacer nada.
¿Cuál fue para usted el mejor momento en la Copa Mundial de
la FIFA 1990?
La final. La sensación de viajar al estadio de Roma, un campo
que yo conocía muy bien después de jugar varios años en el Roma.
Llegamos al estadio, las gradas se llenaron... El ambiente que se
respiraba tanto dentro como fuera del estadio era fantástico.
Especialmente cuando esperábamos ansiosos sobre el césped a que el
árbitro señalara el final del partido.
A aquellas alturas teníamos superioridad numérica: teníamos dos jugadores más sobre el terreno de juego. Argentina había sufrido la expulsión de dos futbolistas y ya estaba bastante claro que alcanzaríamos la victoria, porque éramos muy superiores. En los últimos cinco o seis minutos la posesión fue casi totalmente nuestra y nos dedicamos a tocar la pelota y dejar que corriese el reloj. Cuando por fin sonó el silbato, la sensación fue maravillosa.
¿En qué momento se dieron cuenta de que podían ganar el
partido?
Varios días antes de la final, cuando todavía nos
encontrábamos en nuestro cuartel general en Elba. Italia jugaba un
día antes que nosotros en Nápoles contra Argentina. Cuando el
combinado albiceleste derrotó a la selección anfitriona, tuvimos
claro que seríamos campeones del mundo si superábamos la semifinal
contra Inglaterra. Argentina ya no era tan fuerte como cuatro años
atrás, cuando nos ganó en la final con toda justicia.
En 1986, los argentinos tenían un gran equipo, pero en 1990 ya no eran tan buenos. Habían llegado a la final a trancas y barrancas y habían tenido mucha suerte en las tandas de penales. Sabíamos que contra Italia lo tendrían muy difícil, ya que los italianos jugaban en casa y contaban con un gran equipo. No obstante, estábamos convencidos de que, si ganábamos la semifinal contra Inglaterra, seríamos campeones del mundo.
Maradona no era el mismo que cuatro años atrás en México.
No sólo Maradona. El equipo al completo ya no era
el mismo que cuatro años antes. Caniggia estaba en plena forma en
Italia 90, pero no podía jugar la final por sanción. Lógicamente,
sabíamos que el jugador más peligroso de Argentina no estaría en el
partido decisivo. Así que estábamos relativamente seguros de que
íbamos a ganar.
La final fue muy aburrida y no tuvo mucha historia. Argentina jugó con una táctica muy destructiva, con muchos jugadores atrás, y creó muy pocas ocasiones. Nosotros tuvimos la pelota y al final logramos marcar un gol. El único riesgo era que los argentinos consiguieran mantener el 0-0 hasta el final una vez más, puesto que así podrían tener alguna opción en la tanda de penales, donde ya habían superado dos eliminatorias en aquel certamen. En cualquier caso, estábamos convencidos de que seríamos campeones del mundo si lográbamos marcar.
¿Cómo vivió aquel penal? Usted recibió la infracción y
Andreas Brehme convirtió el lanzamiento.
Estaba completamente seguro de que Andi anotaría
desde el punto penal. El portero argentino, Goycochea, había
demostrado en los partidos anteriores que paraba los penales como
nadie. Estuvo a punto de alcanzar la pelota, pero, a pesar de todo,
yo estaba convencido de que la jugada acabaría en gol.
¿Qué sintió cuando el árbitro indicó el final del partido y
comprendió que era campeón del mundo?
Cuando sabes que tu equipo está capacitado para ser
campeón del mundo siempre se te pasa esa posibilidad por la cabeza.
Ganar un Mundial es el sueño de todo futbolista y de todo niño.
Lógicamente, quieres llegar a ser profesional, hacerte famoso y
ganar la liga alemana. Pero hoy nadie se acuerda de quién ganó la
liga hace cuatro años...
En el caso de Alemania, pensaríamos seguramente en el Bayern de Múnich, y probablemente acertaríamos. Lo que está claro es que, al final, algo así se olvida muy rápidamente. Sin embargo, si eres campeón del mundo, lo eres para siempre. Un jugador que se proclamó campeón del mundo hace 30, 40 o 50 años sigue y seguirá siéndolo. Éste es un título que conservas para siempre. Los campeones de liga, ya sea en Alemania o en otro país, se olvidan con rapidez, pero campeón del mundo se es para siempre. De eso éramos plenamente conscientes en aquella selección.
¿Qué sintió al alzar por primera vez el trofeo que los
acreditaba como campeones?
¡Fue estupendo! De todos modos, no era tan
importante el trofeo como la sensación de saberse campeón del
mundo, un título que conservarás para siempre. Era una sensación
maravillosa.
Señor Völler, ¿le importaría volver a sentarse, por favor?
¡Faltaría más!
¿Qué me dice del trofeo que conquistó en aquel certamen?
¿Qué siente al verlo de nuevo después de todos estos años?
Es fantástico, no cabe duda. Yo pertenezco a la
generación que conoció el antiguo trofeo. En 1974 tenía 14 años y
pude opinar sobre el nuevo. La verdad es que nos acostumbramos muy
pronto a él. Debo decir que me gusta mucho más que el antiguo.
Haber tenido esta Copa una vez en las manos y poder decir
"ahora soy campeón del mundo" es sin duda lo más
grande.
¿Y...?
La DFB obsequió a cada uno de los integrantes de
aquella selección con una reproducción en miniatura del trofeo.
Todavía lo tengo en el sótano de mi casa. Es fantástico.
