Usted disputó tres Copas Mundiales de la FIFA. ¿Qué
importancia tuvo cada una de ellas en los aspectos personal y
profesional?
Desde un punto de vista personal, yo era como cualquier
brasileño, desde niño soñaba con jugar un Mundial. Cuando veía a
Pelé, a Rivelino y a todos esos grandes jugadores, soñaba con
participar en un Mundial algún día. Poder disputar tres supuso una
gran experiencia de aprendizaje, ya que en 1990 teníamos un equipo
muy bueno, aunque no conseguimos ganar.
En 1994 ganamos, aunque ese torneo fue el que de verdad nos
hizo darnos cuenta, a mí y al pueblo brasileño, que el talento por
sí solo no basta para ganar un Mundial. También debe haber unidad
en la meta, organización, planificación, disciplina y
determinación. De hecho, para hacer un equipo ganador se necesitan
muchos ingredientes. El Mundial de 1994 fue muy importante para el
país, porque animó a las empresas a adoptar un enfoque más
planificado y organizado, en lugar del tradicional estilo brasileño
de la improvisación. Ayudó mucho al país.
El Mundial de 1998 nos enseñó otra lección. En la vida, como
en el fútbol, no hay ninguna fórmula que garantice la victoria.
Nosotros pensábamos que habíamos encontrado esa fórmula, y
queríamos repetir lo que habíamos hecho en 1994. Sin embargo, no
fue suficiente. Debimos haber puesto a punto nuestra técnica,
nuestras tácticas y también todo lo demás relacionado con el
fútbol. Es como cuando un deportista gana una medalla olímpica un
año y luego no consigue clasificarse para las siguientes
Olimpiadas. El fútbol también puede ser así.
¿Cuál es el primer recuerdo que tiene como niño de la Copa
Mundial de la FIFA?
Lo que más recuerdo es el momento en el que los jugadores
subían a recibir las medallas y el trofeo del Mundial. Eso me causó
una gran impresión de pequeño. En cada Mundial cerraba los ojos e
imaginaba a nuestra selección subiendo allí en aquel momento. Eso
me dio mucha fuerza.
Ha mencionado la Copa Mundial de la FIFA 1998. ¿Qué
recuerda de la final contra Francia?
Pienso que lo que le pasó a Ronaldo fue terrible
emocionalmente para Brasil. Y aunque no creo que fuera lo que
decidió el destino de la Copa, sí que nos afectó, porque somos un
pueblo muy emotivo. Al estar muy próximos a Ronaldo, lo que ocurrió
nos alteró, y no pudimos concentrarnos en el partido. No dejábamos
de pensar en lo que estaba sucediendo, y nos sentíamos muy
inquietos. Pero eso no fue lo que le hizo perder el Mundial a
Brasil. Lo que pasó fue que pensamos que habíamos encontrado una
receta para la victoria, y nos olvidamos de todo lo demás que había
que hacer.
Hay quien dice que ese encuentro fue un duelo entre dos
estilos, el suyo y el de Didier Deschamps. ¿Está usted de
acuerdo?
Él era un jugador potente, con una buena técnica. Pero la
selección francesa del Mundial era muy buena en defensa y en el
mediocampo. Estaba bien organizada y bien posicionada. Al margen de
esto, lo que más me chocó de ese Mundial fue que hasta aquel
momento Zidane nunca había subido al área para rematar de cabeza. Y
cuando un equipo está bien organizado y hace bien su trabajo, todo
actúa en su favor. La buena suerte o la mala no existen en el
fútbol, lo único que importa es hacer las cosas correctamente, y
ellos cumplieron.
¿Qué importancia tuvo usted para el equipo durante su etapa
de capitán?
Yo era igual de importante que los demás jugadores, ni más ni
menos. Creo que lo fundamental fue nuestra convicción. El año
anterior ya habíamos jugado un partido en París, y después nos
sentamos y hablamos sobre cuál debería ser nuestro objetivo.
Queríamos ser campeones del mundo, y teníamos que superar todos los
obstáculos con los que nos topáramos y hacer los sacrificios
necesarios. Llegamos a la conclusión de que el grupo en su conjunto
era más importante que cualquier individuo, y de que no íbamos a
repetir los errores de 1990. Nos preguntamos cuáles eran nuestras
expectativas, y nuestra respuesta era ser campeones del mundo. Para
conseguirlo, teníamos que esforzarnos, organizarnos y poner todo
nuestro empeño. No habría lugar para la presunción, nuestro
principal objetivo tenía que ser ganar el Mundial. Para lograrlo
debíamos centrar todos nuestros esfuerzos en esta meta y en
resolver cualquier problema que tuviésemos.
¿Cómo se convirtió usted en capitán? ¿Fue una decisión de
Parreira o de los jugadores?
Fue una decisión del seleccionador Parreira. Cuando uno es
capitán, el brazalete que lleva no es tan importante. Lo que
importa de verdad es la meta que te hayas fijado. Yo ya ejercía de
capitán incluso antes de ponerme el brazalete, igual que hicieron
otros compañeros cuando me nombraron capitán a mí. Eso se debe a
que hace falta más de una persona para conducir a un equipo. Como
yo lo veo, un líder no es alguien que impone sus opiniones, sino
alguien a quien guía el grupo. Yo sólo cumplía las órdenes, y me
centraba en los objetivos que ya se habían decidido.
Cuando tomábamos decisiones colectivas, era mucho más fácil
atraer la atención de alguien dentro del campo, recordarle a la
gente lo que habíamos acordado previamente, y cuáles eran las
responsabilidades y la función de cada persona. Sin embargo, esa no
era mi esfera, el plantel tomaba antes esas decisiones.
¿La frustración de 1990 ayudó al equipo a triunfar en
1994?
Sí, contribuyó mucho, porque todos nosotros queríamos pasar a
la historia como vencedores. Cuando nos reunimos aquella vez en
Francia, llegamos a la conclusión de que queríamos ser campeones
del mundo, y para eso no podíamos cometer los mismos errores que en
1990. Ya conocíamos bien lo que representaba un Mundial, y para
algunos jugadores sería su última oportunidad de ser campeones.
Queríamos entrar en la historia, y que Brasil restableciese su
hegemonía. Después las cosas adoptaron su curso natural.
En aquel momento, ¿sentía el peso de los 24 años sin
conquistar el título mundialista de Brasil?
Por supuesto. La gente no comprende lo que supone para Brasil
estar 24 años sin ganar un título. Puede que nuestra Seleção no
fuera la más brillante técnicamente, pero era la que más
personalidad y fortaleza de carácter tenía. En Brasil, muy pocos
jugadores son capaces de rendir bajo una presión de ese tipo,
porque no es sólo la de un Estado, sino la de todo Brasil.
Nuestros propios hinchas nos sometían a una gran presión, con
las noticias que aparecían en los periódicos y en la televisión.
Así que el grupo se retrajo mucho, no quisimos mezclarnos con las
noticias de lo que ocurría en Brasil, para que no nos afectasen.
Realizamos un estudio psicológico, y llegamos a la conclusión de
que si seguíamos recibiendo noticias de Brasil no podríamos salir
al campo y entrenarnos con nuestra típica exuberancia brasileña. No
íbamos a poder enfrascarnos en el entrenamiento en sí, ya que nos
preocuparían demasiado las malas noticias. Por eso nos abstrajimos
del mundo y nos centramos únicamente en el Mundial.
Pensemos por ejemplo en un país como Camerún. Con todo el
respeto para los cameruneses, nunca han ganado nada, y aún así ya
vio lo que ocurrió cuando uno de sus jugadores falló un penal que
los habría clasificado para Alemania 2006. Si eso sucedió en
Camerún, ¿se imagina lo que ocurriría si Brasil llegara a la final
y fallase un penal? Éramos conscientes de toda esa presión, pero no
nos condicionó. Nuestra única preocupación era alcanzar nuestro
objetivo.
¿Qué nos puede decir sobre Carlos Alberto Parreira como
seleccionador?
Parreira es un tipo de técnico distinto al que
están habituados la prensa y los hinchas brasileños. Nosotros
estamos acostumbrados a entrenadores que hablan mucho, que gritan
mucho desde la línea de banda. Parreira es una persona más
tranquila, muy inteligente, y muy bien preparado, igual que el
entrenador Zagallo.
Ellos tomaban todas las decisiones, dirigían bien al equipo,
porque todos sabíamos lo que se esperaba de cada uno de nosotros.
Él sabía cómo transmitir a cada jugador cuál era su función y, al
mismo tiempo, nos permitía hablar de cosas entre nosotros. Nos
preguntaba cómo jugaban los equipos europeos, las características
de cada futbolista, cómo se entrenaba cada equipo. Gracias a todo
esto, estaba muy bien preparado, y cuando saltábamos al campo ya
sabíamos lo que teníamos que hacer.
¿Puede hablarnos un poco de la táctica? Taffarel dijo que
en 1994 él no tuvo mucho trabajo, porque Brasil se defendía muy
bien. ¿Cuál era la principal virtud de aquel equipo?
El entrenador Parreira siempre decía: "Los jugadores
brasileños saben jugar cuando tienen el balón". Nuestro único
problema era cómo organizarnos defensivamente cuando no lo
teníamos. Para aprovechar toda la calidad técnica que teníamos a
nuestra disposición, debíamos ser capaces de recuperar la posesión
de la pelota con la mayor rapidez posible.
En lo referente a la táctica, todos asumían que el hecho de
que Brasil alinease a dos centrocampistas recuperadores era una
estratagema defensiva, pero era justamente lo contrario. La idea
era jugar lo más lejos posible de nuestra portería, y recuperar el
balón cuanto antes para que Bebeto, Romário y Zinho pudiesen
participar, y que les diese tiempo a subir a Jorginho, Branco y
Leonardo. Por lo tanto, nuestro trabajo era llevar al equipo lo más
arriba posible, lo más lejos que pudiéramos de nuestra meta. Como
resultado, cuando nuestros rivales sacaban el balón de la defensa,
se abrían, y nosotros podíamos conseguir el balón a sólo 20 o 30
metros de su arco.
¿Cuál diría que fue el partido más difícil de aquel
torneo?
En mi opinión, el más complicado fue el de Estados Unidos,
porque, dejando a un lado la cuestión técnica, había un ambiente
muy intenso, todo el estadio estaba contra nosotros, y era el Día
de la Independencia estadounidense. Todo eso tuvo una influencia
enorme. Desde un punto de vista psicológico, el partido contra
Holanda también fue duro, porque, después de ir ganando 2-0,
dejamos que nos empatase, 2-2. A partir de entonces destacó la
madurez del equipo cuando volvimos a ponernos por delante. Ese
encuentro supuso mucho para la plantilla, porque Branco acababa de
incorporarse al equipo y fue quien volvió a inclinar la balanza a
nuestro favor. Eso reforzó la determinación del equipo.
¿Cuándo estuvo seguro de que Brasil ganaría ese título
mundialista?
Bueno, uno nunca está seguro hasta que lo proclaman campeón.
Pero desde muy pronto estuvimos convencidos de que lo
conseguiríamos, porque teníamos un objetivo muy claro, a diferencia
de 1990. Teníamos una auténtica convicción, y estábamos centrados.
Cuando hablábamos entre nosotros antes de los partidos o en los
entrenamientos, podía verse la resolución en la mirada de los
jugadores, como si ya estuviesen en el campo, pensando en lo que
tenían que hacer.
¿Qué importancia tuvieron Bebeto y Romário para el
equipo?
Tanta como Taffarel, Aldair y Dunga. Todos desempeñaban una
función. Por supuesto, sabemos que los jugadores que marcan los
goles son vistos de forma distinta por la prensa y los aficionados.
Pensemos en Aldair, por ejemplo. Era casi el jugador perfecto: una
técnica depurada, fuerte, ágil y muy habilidoso. Luego estaban
Branco, Jorginho... Todos ellos tuvieron una importancia
fundamental a la hora de decidir el destino de aquel torneo. Y el
propio Taffarel, claro está, que nunca fallaba a la hora de la
verdad. No se puede decir que un jugador te gane el Mundial. Es
evidente que puedes tener futbolistas extraordinarios, pero ganar
es muy difícil sin un grupo unido.
¿Qué les dijo a sus compañeros antes de la final?
Les dije que íbamos a hacer lo que mejor sabíamos, jugar al
fútbol, así que no teníamos nada que temer. También les dije que si
alguna vez habían soñado con jugar la final de un Mundial, ahora
era el momento de cumplir esos sueños y de ver cómo nuestros
nombres entraban en la historia. Les dije que no podíamos dejar que
la presión y el estrés nos afectasen, y que todo dependía de
nosotros.
¿Cree que la final fue un buen partido?
Sí, fue un encuentro muy equilibrado, como cabe esperar de un
Brasil-Italia en un Mundial. Nosotros tuvimos ocasiones de marcar,
e Italia también. Por primera vez en la historia, el Mundial se
decidió en los penales, y los periodistas siempre habían dicho que
los jugadores brasileños no tenían el suficiente equilibrio
emocional como para lanzarlos bien. Eso nos dio la oportunidad de
echar por tierra otro mito. Habían pasado 24 años desde nuestra
última victoria y fue una manera de demostrar lo bien que nos
habíamos preparado. Aquella generación de jugadores pudo demostrar
por qué estaba ahí, en aquel momento preciso.
Su tarea consistía en anular a Baggio. ¿Cómo se preparó
usted para eso?
Yo estaba listo para jugar un segundo, 90 minutos o
todos los partidos en aquel Mundial. Esa era la mentalidad de todos
los integrantes de la Seleção. No se puede decir que se tratara
sólo de Dunga o de Taffarel, todos estábamos listos para ser
titulares, jugar un minuto o los 90 completos, y para marcar a
quien nos mandaran.
En lo que a nosotros respectaba, no cabe duda de que Baggio
tenía un talento extraordinario, pero hay que recordar que nuestras
sesiones de entrenamiento eran incluso más difíciles que jugar
contra otros equipos. Teníamos a Ronaldo, a Viola y a Cafu, para
que se haga una idea del tipo de calidad de la que estamos
hablando. La plantilla tenía tanta calidad que durante los
entrenamientos de hecho estábamos jugando. En el banquillo teníamos
hombres tan buenos o mejores que los adversarios. Pero volviendo a
Baggio, no hay duda de que si se le daba un segundo, medio metro o
incluso diez centímetros, podía decidir el partido.
En su opinión, ¿la final fue el mejor partido del
torneo?
No creo. Hubo encuentros en los que jugamos muy bien, como
contra Camerún. Aunque un partido en el que se decide el título
siempre es más memorable. Ganar un Mundial no es sólo cuestión de
técnica, la perseverancia y la unidad también son importantes. La
clave, no obstante, era permanecer mentalmente serenos. Sin eso no
habríamos podido mostrar nuestro verdadero talento. Por lo tanto,
un equipo que gana el Mundial lo hace porque es muy estable
emocionalmente.
Durante la final, el trofeo no estaba muy lejos del campo.
¿Era consciente de eso aquel día?
No, y para serle franco, no pensaba en la Copa en absoluto,
sólo en convertirme en campeón del mundo. Claro que levantar
finalmente el trofeo es algo maravilloso, pero ahora pienso mucho
más en eso que entonces.
Cuando fui a jugar a Japón, la gente me decía: "Sólo 17
personas han sido capitanes de una selección campeona del Mundial,
y tú eres una de ellas". Entonces fue cuando empecé a darme
cuenta de la importancia de lo que habíamos conseguido. Sin
embargo, durante el Mundial en lo único que pensaba era en ganar el
partido. Como acabo de decir, antes del partido nos imaginábamos en
el podio de los vencedores, así que sólo pensaba en ganar. En mi
imaginación, veía a todo nuestro grupo allí de pie, esperando a ser
proclamados campeones. Allí estaba toda una generación de jugadores
que lo habían ganado todo, pero que en Brasil aún no se les había
reconocido el mérito que tenían. Sabíamos que para que eso
sucediese, teníamos que ganar el Mundial. Ese era nuestro único
pensamiento.
¿Qué sensación había entre los jugadores cuando se dieron
cuenta de que el partido iba a ir a la prórroga?
Yo no elegiría la palabra "tranquilo" para
describir el ambiente que había en la plantilla. Estábamos tensos
por la situación, pero sabíamos lo que teníamos que hacer y
creíamos en nosotros, así que la palabra correcta es
"centrados". El equipo estaba centrado de verdad,
totalmente consciente de que no podíamos concederles ningún
espacio, de que no podíamos permitirnos ningún fallo, porque si
cometes un error en la final del Mundial no te queda tiempo para
recuperarte, sobre todo contra selecciones tan experimentadas como
Alemania, Argentina o, en esta ocasión, Italia. Así que no podíamos
permitirnos el más mínimo fallo, y debíamos esperar al momento
oportuno para finiquitar el partido.
Usted lanzó un penal. ¿Cómo se produjo esa
decisión?
La decisión se tomó durante los entrenamientos. Nosotros
siempre habíamos dicho que el talento tenía que complementarse con
la dedicación y la práctica. Cuando dije que jugábamos
entrenándonos y que nos entrenábamos jugando, me refería
exactamente a eso. En los adiestramientos practicábamos los penales
como si fuese en un partido: centrados todo el tiempo, con
confianza e imaginando que intentábamos marcar contra el portero
rival. Con Zetti, Gilmar y Taffarel teníamos a tres guardametas
especialistas en detener penales, así que era tan difícil como
hacerlo contra el adversario.
Me había entrenado para eso. En los entrenamientos hay un
momento en el que tienes la sensación de que es real, pero cuando
estás en el partido es diferente. Tirar penales en los
entrenamientos es una cosa, pero cuando llega la hora de lanzar de
verdad, y no hay segundas oportunidades, es algo totalmente
distinto. Cuando el seleccionador Parreira vino hacia nosotros y
dijo mi nombre, me sentí como si me zambullese en un charco de agua
helada. Pero al mismo tiempo que experimenté esa conmoción, empecé
a acordarme de cuánto había querido jugar con Brasil desde niño.
Después de todo lo que me había ocurrido en 1990, hicieron de mí el
chivo expiatorio, y la gente estuvo cuatro años criticándome. Así
que era mi gran oportunidad. A pesar de que el fútbol es un deporte
de equipo, en ese momento todo se reduce a la habilidad individual.
Tenía que estar por encima de toda la gente que me había estado
criticando, y no decepcionar a mis seguidores. Era mi gran
oportunidad de hacerlo.
¿Qué le pasó por la cabeza cuando realizó el largo trayecto
desde el círculo central hasta el punto penal?
Unos momentos antes, Taffarel había detenido el tiro de
Massaro, el balón rebotó hacia el mediocampo, y yo lo atrapé. En
ese momento empecé a pensar en todo lo que había sucedido en mi
carrera profesional, sobre todo en Italia 90. Me dije: "Si
fallo, no podré volver nunca a Brasil. Será mi final". Pero al
mismo tiempo, empecé a pensar en todas las cosas que he mencionado:
en mis sueños, en cuánta gente me estaba animando en Brasil y en
todo el mundo, por no hablar de mis parientes y amigos. Toda esa
gente creía en mí, tenía una gran confianza en mí, y ahora era el
momento de demostrarles que era digno de ella. Me dije: "Me he
entrenado para esto, así que puedo hacerlo. Esto depende sólo de
mí".
Después de ensayar mucho con Gilmar y Taffarel, cuando
intentaba golpear el balón con fuerza y ajustado al palo, ellos
sabían cuál era mi estilo preferido, así que empecé a cambiarlo
durante nuestras sesiones de entrenamiento, y también sabía que, al
haber jugado yo en Italia, el rival habría estudiado mi estilo de
disparo. En la final, pensé que sería un buen momento para lanzar
de un modo distinto, y tuve la buena suerte y la habilidad de poder
marcar.
Taffarel dijo que Márcio no había fallado ni un solo tiro
en los entrenamientos. ¿Usted estaba preocupado por alguno de sus
compañeros en aquel momento?
No. Teníamos confianza. Éramos conscientes de la
responsabilidad que cada uno de nosotros había asumido por nuestro
equipo y nuestro país. La confianza mutua era una de las
características de nuestro equipo, ya que teníamos un vínculo muy
fuerte. Cuando Branco, que volvía tras una lesión, se sintió capaz
de contener al jugador más rápido de Holanda, depositamos una gran
confianza en él. Cuando pones tu confianza en un compañero y él lo
sabe, su autoestima crece, y eso le ayuda a rendir bien.
¿Le sorprendió que Baresi y Baggio fallasen sus
lanzamientos?
Fue una sorpresa, por la calidad y el historial de esos
jugadores. Pero los registros también muestran que lanzar un penal
no es tan fácil como la gente cree, ya que la calma y las
condiciones físicas también son factores significativos. En Brasil
siempre decimos que los penales son tan importantes que debería
lanzarlos el presidente. Si fallas, puedes empañar toda tu carrera
en una fracción de segundo. Cuando alguien se dispone a lanzar un
penal, lleva esa responsabilidad sobre sus hombros, y sabe que si
falla no lo olvidará nadie. Ya se imagina entonces la tensión que
siente un jugador cuando tiene que tirar un penal decisivo, y la
calma que debe tener en ese momento.
¿Qué le pasó por la cabeza cuando falló Baggio?
Lo primero fue celebrarlo, abrazar a mis
compañeros. Es un momento de júbilo, y uno no se controla. Todo es
muy espontáneo, y en el mismo momento que sucede, no puedes
creerlo. Sólo empezamos a asumirlo después de ver las imágenes en
televisión. Entonces nos dimos cuenta de que todo lo que había
ocurrido era verdad, no era un sueño. Fue fantástico.
¿Puede describirnos el momento exacto en el que tuvo en sus
manos el trofeo por primera vez?
El momento más memorable, incluso para los
jugadores brasileños, fue subir al podio para recibir el trofeo. Es
un sentimiento distinto a cualquier otro. Justo después de que yo
recibiese la Copa pasó algo muy interesante. Los fotógrafos querían
que posase con el trofeo, pero yo no quería, y los reprendí.
Pensaban que aún estaba enfadado con ellos por sus críticas, pero
no era así. Simplemente, no me interesaba posar. De hecho, quería
celebrar la victoria con mis compañeros y amigos, sin preocuparme
por las fotos. Yo creía que las cosas debían ser espontáneas y
naturales, como era nuestro equipo. No había que planear nada, y
hasta mi manera de regañar a los fotógrafos fue natural. Lo único
que quería era ser feliz y celebrarlo, lo mismo que estaban
haciendo todos los brasileños en aquel momento.
Usted dijo que Carlos Alberto le dio el trofeo a Pelé, y
que usted era el siguiente en la fila. ¿Qué supuso eso para
usted?
Es un hito en la carrera de un futbolista. Hasta entonces,
Brasil sólo había tenido tres capitanes campeones del mundo. Yo era
el cuarto, de 120-150 millones de personas. Creo que debo dar las
gracias a Dios por haberme concedido esa oportunidad. Quizás es un
poco como la historia de Cafu. Uno no sabe por qué lo han elegido
para estar en ese puesto concreto en aquel momento, sobre todo en
Brasil, donde existe esta pasión incomparable por el fútbol.
La gente siempre me pregunta si ese Mundial fue más
importante que el de 2002, y yo siempre contesto que no. Todos los
torneos que ha ganado Brasil son importantes. La única diferencia
es que en 1994 Brasil llevaba 24 años sin ganar. Eso implica una
presión, una sensación de una deuda que hay que saldar. El país
estaba atravesando un momento difícil por aquel entonces, y nuestro
pueblo necesitaba algo para levantar su amor propio, para poder
continuar trabajando, seguir siendo competitivo y prosperar.
Ha mencionado al pueblo brasileño. ¿Puede describir su
reacción cuando volvieron ustedes con el título?
Fue algo increíble, desde Recife a Rio de Janeiro, dos
ciudades muy acogedoras. Pero la gran sorpresa se produjo en
Brasilia, una ciudad que se considera política y algo reservada.
Sin embargo, cuando llegamos allí, el centro estaba abarrotado,
parecía un hormiguero. Sólo había espacio para el camión de
bomberos y los jugadores de la selección. En todos los demás sitios
había un mar de gente con la alegría dibujada en los rostros.
Llevar algo de alegría al pueblo brasileño fue el mejor premio de
todos. Nuestros compatriotas habían sufrido mucho, pero aun así son
trabajadores, dinámicos y muy competitivos. Siempre que sucede algo
malo, los brasileños son los primeros en ayudar.
Fue fantástico saber que podíamos llevar algo de alegría a
toda una generación de gente que nunca había visto a Brasil
proclamarse campeón del mundo. Todo el planeta decía que Brasil
hacía el mejor fútbol, que tenía a los mejores jugadores, a los
mejores entrenadores, pero aun así no era capaz de ganar de nuevo
el título mundial. En la vida, todos nacemos para ganar, aunque al
final todo se reduce al esfuerzo que dedicamos, así que le
enseñamos a una nación cómo volver a ganar. El talento es lo más
importante, y puede marcar la diferencia, aunque hay algo más. No
hay ninguna "receta mágica" brasileña, tan sólo un
enfoque competitivo y profesional, que es como se debe afrontar
todo. Claro que se necesita talento, alegría, determinación y
sueños, pero sin planificación, organización y trabajo es muy
difícil tener éxito. Tenemos que proporcionar el marco preciso para
que el talento pueda fluir de forma natural.
¿Cómo se sintió al ganar?
Me sentí orgulloso de ser brasileño, sobre todo porque la
gente necesitaba algo con lo que animarse después de lo que le
había ocurrido a Ayrton Senna. En ese momento, pudimos sentirnos
orgullosos y decir que Brasil había regresado a la cumbre del
fútbol mundial. Éramos campeones del mundo, el mejor equipo del
globo, y sentir eso no tiene precio. El Mundial es una competición
tan grande que todo el planeta se detiene para verlo.
No digo que otros deportes sean menos importantes, pero un
triunfo en un Mundial de fútbol tiene relevancia económica y
cultural. El país pasa a ser conocido en todo el mundo por ello.
Otros deportes tienden a representarse sólo a sí mismos con sus
competiciones, pero el fútbol encarna a todos los deportes que se
practican en ese país. Puede hacer que tu país sea un mercado
atractivo, unir a facciones enfrentadas, y no discrimina en función
de la riqueza. Puede unir a la gente, que sólo quiere festejarlo y
pasar buenos momentos.
El fútbol y el Mundial son enormemente importantes, y para
quienes participamos no hay nada más grande. Tu nombre pasa a ser
muy conocido en todo el mundo, y allí donde vas la gente te
reconoce, porque has jugado un Mundial y lo has ganado.
Esa final ante Italia supuso la culminación de todos los
esfuerzos del equipo. ¿Fue el mejor día de su carrera?
¡Sin duda! Disputar un Mundial marca un hito en tu carrera.
Tener la oportunidad de competir en uno, y mejor aún, de ganarlo,
delante de todo el planeta es la cima de la carrera de cualquier
futbolista. Sí, es un día que recordaremos durante el resto de
nuestras vidas.
El tiempo pasa, y se ha convertido en parte de la historia,
pero no podría haber un tesoro mayor en nuestras vidas que este. El
Mundial que ganó Brasil [en 1994] fue un testimonio de la amistad
de aquel grupo. Era un grupo de gente de talento, que se esforzó y
compitió entre sí sin sacrificar la amistad, el respeto mutuo, la
ética, el profesionalismo o la transparencia. Eso representó mucho.
El seleccionador Parreira utilizó una frase muy interesante para
resumirlo, describiéndolo como "amigos para siempre". Esa
Copa simbolizaba eso. Lo que nos convirtió en grandes amigos no fue
ganar esa Copa, sino que fueron el trabajo y el compañerismo lo que
nos hizo ganar el título en primer lugar.
¿Qué siente al tener de nuevo el trofeo en sus
manos?
Me choca ver lo rápido que han pasado los años. La alegría
entonces era indescriptible. Poca gente puede ganar este trofeo. No
es mío, ni de los demás capitanes: pertenece a la gente, porque
representa al fútbol.
Cuando nuestro seleccionador, Carlos Alberto Parreira, afirmó
que quería que la gente lo tocase, lo que quería decir es que a
nosotros no nos pertenecía nada, ni el partido, ni la selección
nacional, ni siquiera el Mundial. Todo es de la gente, y eso es lo
más importante en el fútbol. Mostramos a nuestra gente que éramos
seres humanos normales, como ellos, y que nuestra alegría se
producía al hacer feliz a otros, al entretenerlos, al ver cómo iban
a los estadios a celebrarlo, todo de un modo pacífico. Nuestra
felicidad vino de darle a la gente un triunfo en el Mundial para
que ellos mismos lo celebrasen. Esa alegría, esa motivación y ese
sentimiento hacen que los jugadores redoblen sus esfuerzos sobre el
campo para producir un espectáculo hermoso.
¿Qué opina de la Copa estéticamente?
Estéticamente muestra un balón, que representa al
planeta, y el planeta está entrelazado con el fútbol. En el uno
radica la fuerza del otro, a través de la unión de ambos elementos.
Creo que representa a toda la humanidad unida detrás de algo
físicamente pequeño, en este caso un balón, pero que simboliza algo
tan grande que consigue unir a la gente, utilizando una esfera.
