Hay jugadores a los que en ocasiones se sanciona por haber faltado a un entrenamiento. En el caso de Ralf, del Corinthians, la reprimenda puede ser precisamente por lo contrario. Eso es lo que cuenta el lateral Fábio Santos a FIFA.com: “Bromeamos diciendo que es un monstruo, que no se cansa nunca. El día siguiente a los partidos, los titulares tan solo pueden hacer un trabajo de recuperación, pero él ya se entrena normalmente con el resto del grupo. El preparador tiene que recordarle que afloje el ritmo”.

Ese extraordinario vigor físico convierte al volante en una pieza fundamental del sistema del Corinthians, indiscutiblemente exitoso, ya que ha permitido al club conquistar la liga brasileña y la Copa Libertadores. Y acaba de situarlo en la final de la Copa Mundial de Clubes de la FIFA Japón 2012, en la que se medirá con el Chelsea este domingo. 

Pero que nadie espere que Ralf, de aspecto tímido y voz tranquila, se atribuya ningún mérito ni se vanaglorie. Tras la victoria de los suyos sobre el Al Ahly, habló con FIFA.com a la salida del vestuario del Estadio Toyota. El jugador admite que quizás en ocasiones se exceda en la carga de entrenamientos. Pero quiere dejar bien claro que no lo hace en absoluto por egoísmo. “La gente bromea, a veces hasta me llaman loco por tener esta disposición. Pero es una característica mía, tener esa virtud, esa voluntad de querer siempre más, de buscar más”, afirma. “No hago nada para perjudicar a los compañeros”.

Sin apenas formación de base
Hay una buena explicación para el empeño del jugador, que va mucho más allá de su excepcional preparación física. Para justificar el intenso despliegue que realiza dentro de la cancha, cubriendo una gran cantidad de espacios con zancadas largas y resueltas, Ralf recurre a los muchos recuerdos que conserva de su comienzo difícil, por no decir accidentado, en el fútbol. 

No se incorporó a las categorías inferiores de un club hasta muy tarde, cuando dio sus primeros pasos en el modesto Taboão da Serra. Luego vino una brevísima etapa en el São Paulo, donde prácticamente no tuvo tiempo de demostrar sus cualidades. Terminó excediendo la edad de actuar con los filiales, y decidieron prescindir de sus servicios. Viajó al Maranhão, a más de 2.000 km de casa. Sin mucha estructura allí, se vio obligado a regresar al estado de São Paulo, hasta conseguir un fichaje por el XV de Jaú, todavía lejos de la élite. Y fue entonces cuando encontró su rumbo y empezó a subir peldaños. Pasó por otros tres clubes y recaló finalmente en el Corinthians en 2009. 

Esa aventura explica la entrega de este volante de 28 años. “Lo hago también porque lo necesito, al no haber pasado por una cantera ni haber tenido oportunidades de crecer al principio de mi carrera. Ahora tengo a mi disposición unos profesionales magníficos, y me ayudan a perfeccionarme”, cuenta el medio, que muchas veces amplía sus sesiones en la ciudad deportiva del Corinthians para trabajar diversos fundamentos. E insiste: “No es para perjudicar a nadie”. Eso está fuera de toda duda.

Un líder a su manera
En un plantel en el que todos se entienden a la perfección, Ralf es uno de los jugadores más respetados. Aunque no tenga interés en lucir el brazalete de capitán, algo que rechazó cuando Tite promovió que ese puesto fuese en cierto modo rotatorio durante los últimos meses (actualmente lo ocupa Alessandro). Su incesante dedicación en las prácticas sirve de termómetro para el equipo. No es de los más habladores, pero acaba ejerciendo de líder mediante el ejemplo. Y más aún para los compañeros que conocen su historia. 

“Hasta es un pecado que haya aparecido en el fútbol tan tarde. De haber tenido una infraestructura que le sacase todo el provecho, ya llevaría tiempo como titular indiscutible de la selección”, dice Fábio Santos. “Pero, en mi opinión, aún hay que prestarle mucha atención. En Brasil no hay ningún futbolista que desempeñe su función como lo hace él. Y no se acomoda. Tiene 28 años, lo más probable es que siga progresando”.

El centrocampista no aspira a nada más que eso. “Nunca me doy por satisfecho con mi rendimiento. Cuando crea que todo está bien, tendré que dejar de hacer lo que más me gusta, que es jugar al fútbol”, confiesa. Y eso difícilmente puede ser un problema. El cuerpo técnico del Corinthians lo sabe mejor que nadie: Ralf no para nunca.