• Tahití fue la primera campeona de Oceanía distinta de Australia o Nueva Zelanda
  • Todos sus jugadores, excepto uno, eran amateurs en la Confederaciones 2013
  • Encajaron 24 goles, la mayor cifra de la historia del torneo

La Copa FIFA Confederaciones reúne a los mejores del mundo. Los campeones de Europa y de Sudamérica, el campeón de la última Copa Mundial de la FIFA™ y los reyes de África… La flor y nata de las seis confederaciones.

Pero en la edición de Brasil 2013, entre esa élite, se coló un exótico modesto... Tahití. 

“Al principio del torneo, vi claro que los brasileños nos estaban adoptando como si fuésemos su selección”, recuerda para FIFA.com el capitán, Nicolas Vallar. “Cuando empecé a oír los cánticos de Tahití desde las gradas, sentí una emoción como nunca antes en mi vida”.

Es habitual que los espectadores neutrales se vuelquen con la causa de un modesto que parece tenerlo todo en contra. Pero los hinchas brasileños fueron más allá, al mostrar auténtico cariño hacia los tahitianos.

Los campeones de Oceanía
El combinado isleño no participaba en el torneo por caridad. Obtuvo el billete para la prueba después de protagonizar el año más exitoso de su historia deportiva. El triunfo ante Nueva Caledonia en la final de la Copa de Naciones de la OFC 2012 convirtió a los Toa Aito en campeones de Oceanía, la primera nación distinta de Australia o Nueva Zelanda en conseguirlo.

Ese logro, por sí solo, fue más de lo que podía haber imaginado ninguno de los integrantes de un plantel predominantemente amateur. Encontrarse luego entre las mejores selecciones del mundo en Brasil, frente a España, Uruguay y Nigeria —todas ellas campeonas continentales—, superó sus sueños más atrevidos.

“Teníamos que ser realistas en cuanto a nuestras posibilidades”, explica Vallar, defensa central del A.S. Tefana tahitiano. “No pensábamos que pudiésemos ganar los partidos, así que optamos por tratar de divertirnos, y de divertir también a los hinchas”.

Un enfoque positivo
Y eso fue precisamente lo que hicieron. A las órdenes del seleccionador Eddy Etaeta, decidieron no adoptar la táctica habitual de un modesto en un gran torneo. El equipo no se echó atrás para apostar por los contragolpes, sino que quiso jugar al fútbol. No fue el mejor fútbol desplegado en un certamen internacional, pero le valió ser respetado. Fue un enfoque honroso.

Cuando marcó un gol en su primer encuentro, de un potente remate de cabeza de Jonathan Tehau en Belo Horizonte frente a Nigeria, un grande de África, el público respondió cantándolo como si hubiese sido obra de su propia Seleção conquistando el título. El equipo lo celebró formando improvisadamente unas canoas tradicionales imaginarias e imitando el gesto de remar.

Aquella derrota por 6-1 sería su resultado más respetable del torneo. Y ese gol, el único que anotase. A pesar de sucumbir por 8-0 a manos de Uruguay y 10-0 ante España, vigente campeona del mundo, Tahití no dejó de lanzarse arriba, intentando hacer circular el balón. Estaba en un torneo mundialista y se había propuesto jugar al fútbol, por mal que le saliese.

“Fue nuestro momento entre las estrellas”, afirmó el guardameta Mickaël Roche, quien tuvo que ir a buscar el balón al fondo de sus redes 24 veces en Brasil. “Siempre recordaré a la gente que hubo en las gradas y lo que hizo por nosotros. Fue inolvidable”.

Y en una de esas imágenes imborrables de la historia de la Copa Confederaciones, la selección española se quedó bastante tiempo en el césped del Maracaná para sacarse fotografías e intercambiar camisetas con esos hombres de enorme corazón llegados de una pequeña isla perdida en el medio del océano.