San Siro -o para usar su nombre oficial, el estadio Giuseppe Meazza- es la magnífica sede de dos colosos del fútbol italiano, el AC Milan y el Internazionale de Milán. Tampoco es exagerado decir que es un símbolo del fútbol para los amantes de este deporte en el mundo entero, de una manera parecida a cómo los acordes de La Scala resuenan mucho más allá de los confines de Milán entre los aficionados a la ópera. Situado al borde oeste de la ciudad, con una capacidad para 82,955 espectadores, sus empinadas rampas de acceso y sus gradas de tres pisos le dan todo el aire de una fortaleza inexpugnable.

Como corresponde a un recinto de tamaña grandeza, San Siro ha sido dos veces anfitrión de la más importante competición futbolística internacional. Las Copas Mundiales de la FIFA 1934 y 1990 vivieron encuentros históricos en uno de los escenarios más majestuosos del balompié.

La estructura original se construyó conforme a un modelo típicamente inglés, con cuatro gradas separadas y espacio para 35,000 aficionados. En el otoño europeo de 1926, se disputó el partido inaugural, un clásico milanés para iniciar la tradición, y a fecha de hoy el Inter sigue vanagloriándose de ganar aquella primera contienda por 6-3. La selección nacional italiana hizo su primera visita al estadio el 20 de febrero de 1927, y empató 2-2 con Checoslovaquia. Sin embargo, el verdadero bautismo llegaría siete años más tarde, con la Copa Mundial de la FIFA 1934.

San Siro albergó tres partidos de la segunda edición del torneo mundialista. El primero fue un apasionante triunfo por 3-2 de Suiza sobre Holanda. El duelo de cuartos de final que siguió fue igual de reñido, y en él Alemania surgió victoriosa ante Suecia (2-1), pero no fue sino hasta el 3 de junio de 1934 que el estadio se ganó un lugar en el corazón de los tifosi italianos. En el ambiente se podía palpar la pasión, pues Italia encaraba la semifinal contra Austria, una de las principales potencias futbolísticas en aquel entonces. Sobre un campo empapado, Italia se adjudicó una victoria por 1-0 gracias a un gol de Enrico Guaita en el minuto 19. Al final, los azzurri de Vittorio Pozzo acabarían alzándose con el título ante Checoslovaquia en Roma y levantando el trofeo Jules Rimet por primera vez en su historia.

Para cuando la Copa Mundial de la FIFA regresó a San Siro, en 1990, el viejo recinto había recibido un nombre nuevo, por no mencionar una remodelación completa. En 1980, el San Siro se convirtió el Stadio Giuseppe Meazza tras la muerte del delantero italiano que había brillado en los dos clubes de Milán y que sigue siendo hoy en día el máximo goleador del Inter de todos los tiempos.

Una década más tarde, el Giuseppe Meazza estaba prácticamente irreconocible. En nada se parecía al estadio que había albergado aquellos partidos de la Copa Mundial de la FIFA en 1934. Aunque ya se le había añadido una segunda grada en 1956, los cambios más espectaculares se produjeron antes de Italia 90 con la construcción de una tercera grada y de los once pilares que sustentan su techo.

El día del partido inaugural de la Copa Mundial de la FIFA 1990, el estadio ofreció al mundo un espectáculo asombroso: en la ciudad de Il Duomo había surgido la catedral del fútbol de la nueva era. Igual de asombroso fue el espectáculo que ofreció sobre el césped. El vigente campeón, Argentina, se disponía a arrancar el certamen contra una selección de Camerún que muchos pensaron había concurrido para que cuadraran los números. La lógica deportiva sufrió un poderoso revés cuando, frente a 73,780 espectadores, el gol de François Omam-Biyik en el minuto 67 anunció la llegada del fútbol africano.

Si San Siro fue el escenario de la gran sorpresa de aquella fase final, también vio lo mejor de la selección a la postre campeona, Alemania Occidental. Con tres estrellas del Inter en su equipo (Andreas Brehme, Lothar Matthäus y Jürgen Klinsmann), los seguidores locales dieron un notable apoyo vocal a la selección de Franz Beckenbauer. Y de los seis partidos disputados en Milán, los alemanes estuvieron presentes en todos menos uno. Fue aquí en donde los ulteriores campeones del mundo despacharon a Yugoslavia (4-1), a Emiratos Árabes Unidos (5-1), a su archienemiga Holanda (2-1) y a Checoslovaquia (1-0). El único combinado que fue capaz de oponer poderosa resistencia fue Colombia, que consiguió obtener un digno empate 1-1.

Por supuesto, San Siro no necesita una Copa Mundial de la FIFA para atraer a las estrellas del fútbol del mundo entero. El estadio ha sido testigo de triunfos memorables durante las décadas de su existencia por parte de ambos clubes de Milán, que entre ambos han ganado más de 30 títulos de la Serie A. Muchos astros mundiales han honrado con su presencia el recinto vistiendo los colores del Milan y del Inter, pero han sido dos familias de la ciudad las que han contribuido más que nadie a la gloria del estadio. Cesare Maldini y su hijo Paolo son el hilo que une la primera victoria del AC Milan en la Copa de Europa, en 1963, con el resto de su triunfal palmarés. Por parte del Inter, Massimo Moratti es el propietario de la entidad que presidió su padre, Angelo, durante las dos Copas de Europa (1964 y 1965) que se adjudicó el club.

El estadio de San Siro, hogar del Milan desde 1926 y del Inter 1947, es el coliseo más impresionante del fútbol italiano. Desde los partidos de la Serie A hasta las Copas Mundiales de la FIFA, posee una historia y una alcurnia que pocos estadios del planeta pueden igualar.

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