Minuto cuatro de juego de la final de la Copa Mundial de la FIFA™. Suecia, ante su público, marcó el 1-0 frente a Brasil por mediación de Nils Liedholm. En el momento en que el balón se detuvo junto a la red, el brasileño Didi se introdujo en la meta y lo agarró con ambas manos, lo puso debajo del brazo y caminó en dirección al mediocampo. No corrió ni trotó, como haría quien quisiese ganar tiempo para buscar el empate: caminó, deliberadamente lento, para llevar el esférico hasta el círculo central del estadio de Rasunda, en Solna.

Aquel paso, así como su postura serena, incluía un mensaje. Exactamente el mismo que transmitía Waldir Pereira cuando tenía la pelota en los pies, y no debajo del brazo: no hacen falta agobios ni ostentaciones. Para quien sabe jugar el balón, las cosas se resuelven solas. 

“Yo ya estaba en la posición de extremo izquierdo, listo para el saque, y vi a Didi andando despacio con el balón en los brazos. Fui desesperado en dirección a él, gritando: ‘¡vamos, Didi, estamos perdiendo!’. Y él dijo: ‘calma, muchacho. Nuestro equipo sigue siendo mejor que el suyo. Tranquilo, que este partido lo remontamos”, explica Zagallo a FIFA.com. “Y, al oír eso, de repente todo el mundo se calmó. Empatamos cinco minutos después, y el resto es historia. Así era Didi: hacía que todo pareciese fácil, fácil”.

¿Para qué ensuciarse?
Cuando encabezó la reacción brasileña en aquel 5-2 sobre Suecia que valió a su país el título mundial de 1958, Didi ya era un veterano de 30 años, absolutamente idolatrado primero en el Fluminense y luego en el Botafogo, aunque también cuestionado precisamente por la nobleza con que paseaba dentro de la cancha. Mucha gente confundía la calma y el derroche de sabiduría con lentitud o falta de voluntad. Por ejemplo, así fue como su paso por el Real Madrid estelar de Alfredo Di Stéfano y Ferenc Puskás, en 1959, tras ser aclamado como uno de los mejores del torneo mundialista, acabó en frustración, como recordaría él mismo en una entrevista con la revista brasileña Placar, en 1987.

“A los españoles les encantaban los jugadores que entraban en plancha, que caían al suelo. Y yo nunca le hice un barrido a nadie. Salía del campo con la camiseta y las medias limpias, y ellos no lo entendían. Tenía que meter la mano en el barro y pasarla por la camiseta”, contó, sin perder la nobleza, ni siquiera en la entrevista. “¿Y de qué valía todo eso, si yo llegaba arriba y habilitaba a los delanteros delante del arco? Pero ellos se enojaban”.

Un futbolista como Didi, que en cada gesto —cualquier pase lateral, caminar con el balón debajo del brazo— transmitía tanto de su personalidad, era el personaje ideal para un cronista hiperbólico como Nelson Rodrigues, cuyas palabras se convirtieron casi en la definición oficial del fútbol brasileño de aquellos decenios de 1950 y 1960. Fue él quien describió la elegancia de Didi en el terreno de juego como la de un “príncipe etíope”, que acabaría convirtiéndose en su peculiar apodo. Son líneas y más líneas de crónicas que se recrean con la sutileza del centrocampista en la conducción de la pelota. “Didi trata el balón con cariño. Parece, a sus pies, una orquídea singular y sensible, que debe ser cultivada con refinamiento y deleite”. Todo así de exagerado, y con cierta razón: quizás no haya habido ningún jugador más lírico que Didi.

El respeto de los grandes
Y lo más interesante en el personaje de Didi tal vez sea el liderato que, desde esa placidez que rozaba la soberbia, ejercía sobre sus compañeros y, más tarde, pupilos. Porque, después de colgar las botas con una discreta etapa en el São Paulo en 1966, el brasileño regresó al Sporting Cristal de Perú, en el que ya había militado en 1963, ahora exclusivamente como entrenador. 

Tras ganar la liga peruana en 1968, fue invitado a hacerse cargo de la selección del país camino de la Copa Mundial de la FIFA 1970. Confeccionó un equipo temible, que alcanzó los cuartos de final —donde cayó precisamente a manos de Brasil— en buena medida gracias a un joven de 20 años al que Didi dio la alternativa: Teófilo Cubillas. En declaraciones a FIFA.com, el peruano resume la importancia de contar con un astro de su talla como mentor. “Didi fue el responsable de mis goles de falta, de mis disparos y del hecho de que, a pesar de ser diestro, me volviese ambidiestro a base de entrenarme”.

Pero, si se trata de encontrar una figura que dé fe de la importancia de Didi, puede que valga la pena escuchar estas palabras, pertenecientes a una entrevista concedida en 1958, durante el torneo mundialista. “Yo no soy nada comparado con Didi. Nunca llegaré a los pies de Didi. Él es mi ídolo, mi referencia. Los primeros cromos que compré eran de él”. ¿Quién firma estas frases? Nada menos que Pelé. Ayuda a entender lo encantador que era el fútbol sin agobios de Didi, ¿no es así?

¿Sabías que...?

  • El lance que hizo famoso a Didi fue bautizado con lirismo: la “hoja seca”, un disparo que subía como si fuese a pasar lejos del travesaño y, a partir de un cierto punto, empezaba a caer verticalmente, como una hoja seca que se desprende de un árbol.

  • Didi declaró que la “hoja seca” le había costado caro: de tanto torcer todo el cuerpo para practicar los lanzamientos de falta que caían vertiginosamente, desarrolló un problema en la columna vertebral que lo acompañaría toda la vida.

  • Otro sobrenombre que Didi recibió de la prensa internacional, encantada con su desempeño en la Copa Mundial de la FIFA 1958, era simple y categórico: “Mr. Football”.

  • Waldir Pereira sufrió complicaciones tras someterse a una operación quirúrgica en el aparato digestivo a los 72 años y falleció en Río de Janeiro en 2011. Se le rindieron homenajes en todo el mundo, incluido un minuto de silencio en el Santiago Bernabéu.