Dentro de los límites de la pista de fútsal, donde los márgenes pueden ser muy finos, disponer de una pequeñísima ventaja adicional puede ser todo lo que se necesita para conseguir que el balón traspase la línea de meta. Poder correr un par de centímetros más, imprimir una pizca más de potencia a un disparo o disponer de apenas un poco más de valentía puede marcar diferencias.

Sin embargo, en la Copa Mundial de Fútsal de la FIFA Colombia 2016, ese escaso margen ha consistido, muy a menudo, en una ayuda procedente del otro lado de la línea blanca, una onda de energía que llega desde las gradas, y que, en casi todos los casos, ha venido muy bien para impulsar a los modestos. 

Confinado dentro de los coliseos del fútsal colombiano, el ruido puede aumentar hasta alcanzar un volumen ensordecedor, que reverbera por debajo del techo y resuena en toda la pista, haciendo que un quinteto, revitalizado, se lance a por un partido.

La selección anfitriona conoce perfectamente este efecto: no hay más que fijarse en el empate que logró en el último minuto frente a Uzbekistán. Y, para las naciones de menor renombre, aunque no se haya traducido necesariamente en más puntos, el resultado ha sido una inyección de orgullo y pasión.

Ver que sus gritos desde las gradas se reflejan en lo que ocurre dentro de la pista es uno de los principales motivos por el que los aficionados dirigen su apoyo hacia el equipo modesto. “Se nota que rinden más cuando tienen el apoyo del público, les ayuda, y es agradable contribuir a eso”, explica Ariel Díaz, que asistió al encuentro de las Islas Salomón en Bucaramanga.

Otro seguidor, Andrés Durán, está de acuerdo. “Influye en el partido, es como cuando juega Colombia también, supongo que hace que los jugadores piensen ‘vamos a intentar hacerlo mejor, por todos los que nos están animando’”.

Un estímulo para los jugadores
Y no cabe duda de que ese impulso se siente en la pista. “El apoyo del público da muchísima energía, le llena a uno de optimismo para seguir esforzándose”, reconoce el capitán salomonense, Elliot Ragomo. “Los ánimos y el apoyo [de Colombia] nos hicieron seguir adelante y creer que podíamos conseguirlo”.

Su seleccionador, Juliano Schmeling, coincide por completo. “Fue asombroso sentir al público volcarse con nosotros, animarnos”. Su homólogo de Mozambique, Naymo Abdul, también lo notó, y dice que su equipo pisó el acelerador gracias a la influencia de los aficionados locales. “Si nos fijamos en el ambiente que hubo, los hinchas se entregaron de verdad. Cuando todos estuvieron con nosotros, funcionó, ya que mejoramos nuestro juego”.

“Es verdad, sentimos el apoyo del pueblo colombiano, y fue fantástico”, afirma Ricardinho, uno de los discípulos de Abdul. “Es evidente que nos motivó mucho, nos dio una dosis de potencia adicional en la cancha. Somos un equipo joven, y cosas como esta hacen que nos sintamos mejor”.

Este fenómeno se ha visto en las tres sedes: los espectadores no dudaron en abrazar la causa de los debutantes Azerbaiyán, Mozambique, Uzbekistán y Vietnam, e incluso de formaciones más veteranas como Australia, no favoritas a la hora de medirse con pesos pesados de esta disciplina, como Brasil. Y algunos tienen sus propias razones, algo más personales que animar a David frente a Goliat en el fútsal.

Ya sean los gratos recuerdos de viajes a países como Marruecos, un pariente de Azerbaiyán fallecido hace mucho o el entusiasmo contagiado por los apasionados seguidores que han acompañado a sus selecciones al otro lado del mundo, como ocurre con la vibrante hinchada de Uzbekistán, muchos aficionados han encontrado sus motivos para adoptar ahora a una nueva selección. O, como explica simplemente Durán: “Aquí nunca habíamos visto a equipos como las Islas Salomón”.