“Sonríele a la vida para que ella te sonría”, suele decirse. Miriam Moreno y Sara Isabel Collazos rebosan buen humor desde el inicio de su aventura en la Copa Mundial de Fútsal de la FIFA Colombia 2016, en calidad de voluntarias. “Ha superado con creces nuestras expectativas”, coinciden ambas.

La sonrisa acompaña a Sara allí donde va, y la de su madre nunca le anda a la zaga. Se refleja en un estado de ánimo positivo y en la satisfacción comunicativa de vivir una experiencia fuera de lo común. Y también quizás en el hecho de estar juntas, si nos fijamos en la simbiótica relación que mantienen.

“No lo pensamos mucho antes de inscribirnos, fue como una evidencia. Le dije a mamá: ‘¿Me acompañas?’, y ella contestó ‘sí’, directamente”, explica la hija, una persona que se caracteriza por su iniciativa.

Y esa forma de abordar las nuevas experiencias se ha reflejado en su trabajo de voluntaria: a pesar de no tener más que 18 años, Sara no tardó en convertirse en una de las personas de referencia de su entorno, gracias a su don de gentes y su energía. “Me ha impresionado ver su facilidad para establecer contactos con todas estas personas de culturas y orígenes diferentes”, confiesa ilusionada la madre, mirándola.

“Va a terminar el torneo con muchos más números de teléfono que yo, eso seguro”, dice divirtiéndose, antes de que Sara tome la palabra. “A mí me ha gustado verte practicar el inglés cuando hacía falta, mamá”.

Colombia 2016 ha supuesto una novedad para las dos mujeres, oriundas de Envigado: es la primera vez que trabajan juntas. Miriam ha aprovechado un hueco en su trabajo para aportar su grano de arena al desarrollo del torneo en Medellín.

En cuanto a Sara, que todavía está estudiando, la historia ha sido distinta. “Pedí que me diesen las tardes libres para poder estar en el estadio varias horas antes del partido y hacer bien mi trabajo”, señala. Al contrario que su madre, ella ya tenía experiencia como voluntaria.

Contactos con los jugadores y una promesa
La experiencia ha sido tan rica como variada —recibir a las selecciones en el aeropuerto, ayudarlas en los hoteles o responder a las necesidades del momento cerca de la pista—, con multitud de sorpresas agradables.

“Tengo una fijación con Egipto. Siento que ese país y su cultura me llaman. Por desgracia, nunca había encontrado a ningún egipcio, así que fue una alegría saber que Egipto iba a jugar en Medellín”, recuerda Sara. “Lo hice todo para ir a buscarlos al aeropuerto, y para poder acercarme al equipo en el estadio. Los jugadores fueron encantadores conmigo, al ver mi entusiasmo. Ahmed Moza incluso me enseñó algunas palabras en egipcio”, afirma ilusionada.

Miriam también se lo pasó muy bien con el sorteo. “Asia me fascina, y hemos tenido a Irán y a Tailandia. Pero confieso que también siento debilidad por Azerbaiyán, por lo agradables y amables que fueron con nosotros. Incluso me tomé una copa con varios de sus jugadores después del partido”, recuerda entusiasmada esta ingeniera informática de profesión.

“Fue duro no poder mostrar mis emociones durante el partido de octavos de final entre Azerbaiyán y Tailandia, pero yo estaba en la zona de la cámara y tenía que ser profesional hasta el final”, cuenta, mientras Sara guiña el ojo para señalar el estilo de ropa asiática que lleva su progenitora.

Y el corazón de la muchacha también latió con fuerza en muchas ocasiones. “Creé un vínculo con Azerbaiyán, especialmente con Vassoura, un auténtico encanto. El responsable del equipo incluso se ofreció a invitarme a la final de Cali si se clasificaban. Me consideraban un amuleto”.Y la madre, de 58 años, ya había anunciado lo que ocurriría en ese caso. “No ibas a irte sin mí, y espero que me lleves a Egipto”.

El final de esta experiencia se anuncia triste, pero una cosa es segura: madre e hija habrán disfrutado cada segundo. Se irán llenas de recuerdos y con todavía más ganas de viajar. Y, sin duda, también con varias direcciones en su agenda...