Cuanto más amplias son las expectativas, mayor es la alegría al producirse la liberación. El último gran resultado de la Albiceleste en la Copa Mundial de Fútsal de la FIFA databa de hacía 12 años, desde su última clasificación para unas semifinales mundialistas en Chinese Taipei 2004.

Hasta ahora, claro.

Argentina ha logrado ahuyentar en Colombia 2016 al pesado fantasma que suele aparecerse después de la liguilla inicial. Los subcampeones de las eliminatorias sudamericanas siempre se mostraban incisivos, pero nunca en la recta final, a diferencia de España y Brasil, con las que comparten el prestigio de haber participado en todas las citas mundialistas. Pero hoy los argentinos están decididos a enfundarse otro traje, y Fernando Wilhelm el primero.

En Colombia algo ha cambiado, y su capitán está bien situado para hablar de ello, mientras cursa su cuarto Mundial. “Argentina siempre ha tenido buenos jugadores para llegar lejos, pero la cosa se decidía por detalles. Tenemos un nuevo director técnico y un nuevo sistema que se nos adapta a la perfección para explotar al fin nuestro potencial”, precisa Wilhelm.

El 6 hace referencia al trabajo de su ex compañero de selección Diego Giustozzi, con quien ha compartido muchas experiencias dentro y fuera de la cancha. “Es joven y capaz de encontrar un mejor eco entre los jugadores. No hay barreras entre él y nosotros. Eso facilita el diálogo. Además, Diego habla mucho”.

En cuanto al capitán, salta a la vista que no necesita hacerlo con mucha frecuencia, viendo el estado de ánimo que mueve a sus compañeros. Al ver a los sudamericanos en acción, una palabra te viene a la mente: equilibrio. Se deja sentir a todos los niveles: en el juego, en la plantilla y, sobre todo, en el comportamiento.

“Yo hablo cuando hay que hablar, pero debo admitir que mi trabajo de capitán es sencillo. Los jugadores saben cuándo hay que ponerse manos a la obra, y cuándo pueden divertirse”, confirma el jugador del Benfica, quien muestra su autoridad ordenando a sus compañeros que bajen el volumen de la música a la salida de los vestuarios, tras la inapelable victoria contra Egipto (5-0) en cuartos de final.

Rituales eficaces
Porque el equilibrio ideal consiste en poder hacer las cosas en el momento adecuado y de forma proporcionada. Y la música forma parte del arsenal argentino para marcar la diferencia.

El ritual siempre es el mismo antes de un partido: sonido a tope para procurarse emociones positivas. Y los jugadores argentinos no se plantean ponerse los auriculares para escuchar la música en solitario, sino que siempre lo hacen en grupo.

Los finales de encuentro deparan otro ritual: el equipo se agrupa en círculo y entona un cántico... Señores dejo todo, voy a ver a Argentina, porque los jugadores, me van a demostrar, que salen a ganar, quieren salir campeón, ¡qué lo llevan adentro, como lo llevo yo!

“Nunca dejamos de entonarlo muy fuerte, incluso en las derrotas. La letra habla de nuestra voluntad de darlo todo sobre la cancha por el país. Es también una manera de entrar en comunión con los aficionados, y de darnos energía al mismo tiempo”, revela el jugador de 34 años.

Los argentinos necesitarán mucha de esa energía contra Portugal. “Basta con mirar los resultados de este Mundial para comprender que todo el mundo está a un nivel similar, o casi. No habría sabido elegir un rival en semifinales si hubiese podido”, señala Wilhelm, quien posee el arte de sentir el juego y de cerrar mejor que nadie los huecos cuando el rival intenta el contragolpe.

“De todas formas, no nos adaptamos al rival. Lo importante es jugar con nuestro ADN: presión, posesión del balón e identidad de juego. Queremos dejar el menor espacio posible a la improvisación”.  

Ricardinho y sus compañeros están avisados: les costará encontrar espacios entre las líneas argentinas en la semifinal de Cali. “Va a ser un lindo desafío enfrentarnos a él. Su reputación está justificada. Es una bendición para el fútsal; no exageramos con sus calificativos. Portugal, por otra parte, puede contar con otras armas”, avisa Wilhelm, decidido a no contentarse con una simple participación honrosa más.