La temporada de 1960 marcó un hito fundacional en el fútbol sudamericano, ya que ese año comenzó a jugarse lo que hoy se conoce como la Copa Libertadores de América, una de las competencias de clubes más prestigiosas del mundo.

El primer ganador de la entonces llamaba la Copa de Campeones fue el Peñarol, un fiel exponente de la garra charrúa que así comenzó a forjar su fama internacional de equipo copero. El título le permitió al Carbonero disputar la primera edición de la Copa Intercontinental ante el poderoso Real Madrid, que venía de ganar su quinta Copa de Campeones de Europa consecutiva de la mano de Alfredo Di Stefano, Ferenc Puskas y Paco Gento.

“Aquel era un equipazo que supo aguantarnos en Montevideo y nos ganó fácil en Madrid. Eran otros tiempos: tardamos más de 30 horas en llegar a España luego de varias escalas, sin alimentarnos bien, mal dormidos… Dimos muchas ventajas. Era todo nuevo para nosotros”, recuerda a FIFA.com el ex delantero uruguayo Luis Cubilla, uno de los líderes de ese Peñarol junto al ecuatoriano Alberto Spencer, su inolvidable compañero de ataque, y al zaguero Néstor Gonçalvez.

Tras el 1-5 global con el afamado rival, el presidente del club uruguayo Gastón Güelfi anunció, palabras más, palabra menos: “El año que viene volveremos a ser campeones de América y le ganaremos la Copa a los europeos. Peñarol será campeón del mundo”.

Un día como hoy, pero 51 años atrás, aquella promesa se hacía realidad...

El paso previo a la gloria máxima
En vistas a semejante objetivo, el club realizó importantes incorporaciones a principios de 1961, sobresaliendo las de José Sasía y el peruano Juan Joya, ambos delanteros provenientes de los argentinos Boca Juniors y River Plate. “Ellos le agregaron poder gol al equipo, pese a lo cual no perdió equilibrio. Éramos buenos, pero con ellos fuimos mejores”, explica Cubilla.

Metido en el recuerdo, el hoy entrenador de 72 años evoca con convicción aquella edición de la Libertadores. “Es cierto que participaron sólo ocho equipos, pero todos los partidos fueron bravos. En semifinales eliminamos a Olimpia, subcampeón del año anterior, y la final se la ganamos a Palmeiras, que jugaba realmente bien”, justifica.

Al 1-0 en Montevideo, con gol de Spencer, le siguió el 1-1 en San Pablo, esta vez con tanto de Sasía. Así, Peñarol se ganó por derecho propio una nueva posibilidad de medirse con el mejor de Europa, lo que significaba otro desafío a la medida del gigante uruguayo.

Un oponente de peso
Contra todos los pronósticos, su rival por la Intercontinental no fue ni el Real Madrid ni el también candidato FC Barcelona, verdugo de los Merengues en octavos de final de la competición europea. Aquel Blaugrana de Ladislao Kubala, Luis Suárez y Sándor Kocsis había hincado la rodilla ante el sorprendente Benfica de Portugal, que lo había vencido por 3-2 en Berna.

Al mando del conjunto luso estaba el revolucionario húngaro Béla Gutmann, quien era considerado uno de los precursores del sistema táctico 4-2-4. En sus filas ya asomaba un joven de Mozambique de apenas 17 años llamado Eusebio, pero además contaba con otros grandes talentos como Coluna, José Augusto y Simões, todas figuras de la selección portuguesa que fue tercera en la Copa Mundial de la FIFA Inglaterra 1966™.

“Ellos aparecían como favoritos, y si bien recién despuntaba, enfrentar a Eusebio era como enfrentar ahora a (Lionel) Messi…. Pero antes no podías estudiar a los contrarios y nosotros no éramos un equipo cualquiera”, rememora Cubilla. “Sabíamos a qué jugábamos y queríamos que nos respetaran. Entonces, viajamos al primer partido convencidos de que, humildemente, podíamos dar pelea”.

Gloria carbonera
Cubilla no recuerda detalles puntuales del encuentro de ida, que se jugó en Lisboa el 4 de septiembre y ganó el Benfica 1-0 con tanto de Coluna. Para la revancha, que sucedió 13 días después en Montevideo, Roberto Scarone dispuso que Ernesto Ledesma bajara a jugar de volante para hacerle marca personal al autor del gol, anulando así al armador del Benfica. Ofensivamente, a Peñarol le salieron todas: con dianas de Joya (2), Spencer (2) y Sasía, se impuso por un inolvidable 5-0 y forzó un desempate, ya que no contaba la diferencia de gol.

El tercer partido se disputó el 19 de septiembre, de vuelta en un repleto Estadio Centenario. “Sabíamos que no sería fácil porque ellos ya estaban aclimatados. Hubo pierna fuerte y nos dijimos algunas cosas, pero era normal para aquella época”, narra Cubilla. Peñarol pegó temprano por intermedio de Sasía, pero Eusebio, de penal, marcó su primer gol internacional e igualó el encuentro. Un nuevo tanto de Sasía, sobre el cierre del primer tiempo, le devolvió la ventaja al Carbonero, que ya nunca miró hacia atrás…

“Para nosotros fue una hazaña vencer al Benfica, pero eso no quiere decir que haya sido de casualidad. Aquella fue una victoria merecida de un equipo tocado por la estrella de campeón, que después siguió logrando grandes éxitos. En esa época, para ganar hacía falta jugar bien, pero además tener corazón. Y ese Peñarol lo tenía”, concluye Cubilla.